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¿Para qué sirve el diálogo?

Juan Pablo Cárdenas | Domingo 6 de noviembre 2011 - 17:37 hrs. |

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Siempre se debe recurrir al diálogo antes de emprender cualquier manifestación de fuerza. En las relaciones interpersonales, el diálogo es una tarea ardua pero que puede evitar desenlaces lamentables, cuanto desavenencias prolongadas o definitivas. Las parejas se pelean, dialogan y muchas veces de reconcilian. Hay quienes lamentan mucho haber adoptado resoluciones unilaterales sin darle al otro, como a sí mismo, la posibilidad de dialogar para encontrar una justa o digna solución a los conflictos.

En las democracias serias, el diálogo es el que inspira la vida de las instituciones  y de los habitantes del país. Incluso en plena crisis hoy  los griegos aún mantienen abiertos los mecanismos del diálogo en su Parlamento, los medios de comunicación y entre las autoridades del país con la Comunidad Europea. En los regímenes  autoritarios y excluyentes, como el nuestro, de las convocatorias a “diálogo” suelen lucrar políticamente los gobiernos, las entidades patronales y otras. En muchas mesas de diálogo hemos visto extinguirse demasiadas demandas y  movilizaciones sociales, porque con éstas se reducen demasiado las expresiones sociales, se legitiman los interlocutores oficiales y los medios de comunicación le disminuyen cobertura a lo que no representa  severa  controversia y conflicto social. La última rebelión en la Araucanía puede dar testimonio de lo que afirmamos.

Los estudiantes quisieron dialogar y recibieron todo tipo de portazos de La Moneda, del desdén parlamentario y el desinterés de los grandes  medios por ofrecerles tribuna. Una vez que salieron a las calles, concitaron el multitudinario apoyo popular y el interés mundial, solo entonces las autoridades mostraron disposición a dialogar. Después de empeñarse, ciertamente, en reprimir las manifestaciones, criminalizar las protestas y, por supuesto, desacreditar las posiciones de los jóvenes.

Las agrupaciones educacionales finalmente se sentaron a conversar para darse cuenta inmediatamente que sus propuestas no serían escuchadas y que de boca de las autoridades no habría acogida seria alguna a sus demandas. Se podría decir que los propios rectores de las universidades, muchos alcaldes y el Colegio de Profesores tuvieron que consentir que las dudas o sospechas de los estudiantes tenían bastante sustento, especialmente al momento de que el Ejecutivo mandó su propuesta presupuestaria sin acoger prácticamente nada de los solicitado y descargando recursos más bien a la educación privada que estatal. En una tozuda intención de consolidar aún más el modelo educacional vigente regido por el mercado, el lucro y la consecuente discriminación entre la educación para los pobres y los ricos.

Con la ilusión del diálogo, de verdad es que la protesta se atenuó y los enemigos de la educación libre y gratis para todos tuvieron una oportunidad exquisita para sembrar en el país la idea de que hay estudiantes y profesores sensatos, pacíficos  y dialogantes , versus los intransigentes y violentistas que ya no quieren “comulgar con ruedas de carreta”. Incluso se valieron de una irrupción pacífica en el Senado de la República para estigmatizar a quienes interrumpieron una sesión parlamentaria pero luego se avinieron con el Presidente de la Cámara Alta a abandonar el recinto sin disturbios ni forcejeos  para entregarse a la policía. ¡Sí!, para ingresar voluntariamente  a las patrullas de Carabineros  y someterse a proceso judicial. Todo un incidente,  por lo demás, que contrastó con la violencia derivada del ingreso de la policía uniformada, pocos días antes,  a la Cámara de Diputados,  por disposición del Presidente UDI y piñerista de esta rama legislativa.

Pero hoy por fin todos  los sectores educacionales  tienen la convicción de que nuestra feble institucionalidad carece de los fundamentos democráticos esenciales; esto es que las autoridades obedezcan, los derechos cívicos se garanticen y la prensa alcance sólida diversidad informativa.  Seis meses de luchas y frustraciones terminan dándoles la razón a aquellos jóvenes que desde el inicio postularon que una auténtica reforma educacional no sería posible sin un régimen democrático, partiendo por lo esencial que es una Asamblea Constituyente, una nueva Carta Magna y un plebiscito que legitime el orden institucional y dé sana convivencia  a los chilenos. En este sentido, las movilizaciones multitudinarias  -si bien todavía no alcanzan soluciones en la Educación- sin duda han servido para poner en evidencia y aprieto a todo un sistema ilegítimo, que tiene más del régimen autoritario de Pinochet que de las promesas de una Transición frustrada, ya, en sus propios fueros.

Lo que cabe ahora, es aunar fuerzas en el mundo educacional y confluir con todos los “indignados” del país en más protestas y movilizaciones.  Especialmente cuando tenemos una gran oportunidad en el estrepitoso descrédito popular de Piñera, de  sus partidarios, como de las cúpulas políticas que han cogobernado por más de dos décadas de post dictadura. Como, asimismo, la posibilidad de ser realmente atendidos gracias a esos procesos eleccionarios  venideros en que los dirigentes políticos no quieren llegar con los deméritos actuales

Y más que un diálogo, abrigar más bien un armisticio. Una solución digna y duradera que deje en el pasado tantos episodios finalmente  bochornosos, por más que fueran celebrados por el conjunto de la clase política con puños en alto y sonrisas.

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