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Patricio López

2013: Odisea de la memoria

Patricio López | 19:03 hrs.

Aunque el año en curso lleva apenas 20 y tantos días, ya se han presentado libros, exposiciones y obras teatrales sobre la memoria, en uno año que se presume estará colmado por la conmemoración de los 40 años del Golpe. Éste será entonces un eje de la discusión, pero ya sabemos que la palabra “memoria” no es neutra, lo cual supone tener en consideración que no sólo engaña el olvido. Los recuerdos también lo hacen

Cabe acentuar el punto porque en el plano político la memoria es, necesariamente, un acto con conflicto de intereses respecto al presente. El acto de quien recuerda y el modo en que lo hace es, al mismo, una forma de opinar sobre una coyuntura. Un modo de referirse a un Chile que no es igual al de la década pasada, donde la lucha siguió en buena medida concentrada en convertir la verdad que todos sabíamos en la verdad oficial. Por eso, al abrir el milenio, fue tan significativa la inauguración de la estatua de Salvador Allende en la Plaza de la Constitución.

Un sector de la izquierda y de los movimientos sociales ha continuado desde entonces, en una pulsión humanamente irreprochable, honrando a los caídos por el motivo de sus muertes, heroicas y traumáticas, dejando en un involuntario segundo plano el motivo de sus vidas. Fue el modo de resistir no sólo a la operación de olvido de la derecha, las Fuerzas Armadas y los medios de comunicación, sino también de diferenciarse de aquella facción de la izquierda que profitó de la recuperada democracia y erigió la palabra “gobernabilidad” como el eje de la nueva organización política y social.

Salvador Allende dijo en su discurso postrero que se abrirían las grandes alamedas, pero los gobiernos de la Concertación las concesionaron. Ante la impotencia de la palabra frente a los hechos, más el temor por la eufemística regresión autoritaria y la caída del Muro de Berlín, el legado de lo que construyó la izquierda hasta 1973 tendió a quedarse en el ámbito de la idealización o del testimonio. En el plano de la discusión general, ésta se entrampó entre quienes concluyeron que todo fue un gran error histórico y quienes, por el contrario, dijeron que la culpa completa fue la CIA y la oligarquía sediciosa. En cualquiera de los dos casos, el legado de esa parte de la historia del Movimiento Popular se quedó en el pasado.

Así llegamos a los 40 años del Golpe. A un país que, sin embargo, ya no es el de la transición interminable. Muchos de los que en 1973 no habían nacido, hoy se movilizan y, más que ir a estatuas o memoriales, simplemente se encarnan en Salvador Allende, disfrazándose de él, dándole vida, despojándolo de la muerte, para hacerlo marchar por las calles como uno más junto a decenas de miles.

la fotoEs interesante que esta conmemoración y sus lecturas coincidan con el debate sobre cuál será el tono del siguiente gobierno y, antes, de las candidaturas presidenciales. A quienes se ubican en la oposición y no quieren que las cosas cambien, les convienen por el momento algunas cosas: que haya una candidata disparada (pues se mantiene libre de presiones), que guarde silencio y que todo se remita a un programa que definirá ella misma. También es funcional a esos propósitos que conocidos líderes sociales se hayan transformado en precandidatos a diputados por decisión personal o de sus partidos, sin haber negociado antes ninguna consideración programática, como lo reconoció el vocero del movimiento de Aysén, Iván Fuentes, en la radio Universidad de Chile. Este mismo dirigente se preguntó en voz alta, en un ejercicio de minimalismo noventero “¿cómo no va a ser posible al menos enchular esta democracia?”.

Como puede verse, durante el año 2013 seremos observadores y protagonistas de un encuentro especialmente intenso entre el pasado, el presente y el futuro. Gestos pequeños como el del joven disfrazado de Allende son indicios de que, durante estos meses, la memoria también será un espacio ciudadano en disputa, contra todo tipo de vallas papales y particularmente contra las que querrán dejar a los caídos en sus memoriales, sin darles ningún tipo de connotación respecto al presente. Habrá que cuidarse entonces de los que insistan en el manto de olvido, pero muy especialmente de quienes prefieran llevar una ofrenda a la estatua de Allende, en vez de verlo marchar por la gran Alameda.

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