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Víctor Herrero

“Papeles de Panamá”: la verdadera cara del capitalismo internacional

Víctor Herrero | Miércoles 6 de abril 2016 7:31 hrs.


La filtración de más de 11 millones de documentos pertenecientes a la firma de abogados panameña Mossack Fonseca muestra cómo durante las últimas décadas cientos de ricos y famosos -desde jefes de Estado y grandes empresarios, a deportistas y cabecillas del crimen organizado- han escondido sus enormes riquezas detrás de firmas de fachada constituidas en diversos paraísos fiscales.

El trabajo de procesar toda esa documentación recayó en el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ, por su sigla en inglés), que agrupa a decenas de medios de comunicación de todo el mundo, entre ellos Cíper en Chile. La lista de los chilenos es tan larga como la de cualquier otro país, e incluye a Agustín Edwards, dueño de El Mercurio, el futbolista Iván Zamorano, muchos de los más prominentes empresarios y dirigentes de ese gremio e incluso –en un giro casi tragicómico- al ahora ex presidente de Chile Transparente, la filial local de Transparencia Internacional, organización que se dedica a combatir la corrupción.

No deja de llamar la atención de que nuestras autoridades -políticas, empresariales y sociales- insisten hace ya casi dos años que Chile no es un país corrupto, a pesar de que estalle un escándalo de corrupción tras otro.

Tampoco deja de llamar la atención que muchos de los chilenos, y también personajes internacionales, nombrados en la investigación de los “Papeles de Panamá” digan que no hicieron nada ilegal. Ese no es el punto. En efecto, en muchos casos se puede tratar de resquicios legales, pero no por ello es una práctica anti-ética. Porque no hay que ser adivino para saber qué motivó a estas personas y empresas a establecer empresas de fachada en paraísos fiscales: evadir impuestos u ocultar su riqueza.

Basta con recordar cuando en abril de 2013 se supo que el ex ministro de Piñera, Laurence Golborne, tenía cuentas en las Islas Vírgenes, uno de los destinos favoritos de la elite mundial para pagar menos tributos. Con toda naturalidad el entonces candidato senatorial afirmó: “Tener esos dineros fuera de Chile es menos complejo incluso que tenerlos en Chile”. Y, acto seguido, el entonces presidente de la UDI, Patricio Melero, salió a su rescate: “Cualquier chileno puede, producto de su trabajo, ganar dinero y depositarlo donde quiera, sea mucho o poco… si Impuestos Internos quiere fiscalizarlo no va a encontrar nada irregular, Laurence Golborne es una persona honesta”. A la luz de lo que sabemos ahora, no sería mala idea que el SII volviera a echar un vistazo a la contabilidad del ex ministro estrella de Sebastián Piñera.

Pero el fondo de todo este asunto no es cuán legal o no sean esas cuentas de los súper ricos de este mundo. Lo que estas revelaciones muestran –y eso que se trata de los documentos de una sola firma de abogados de Panamá– es la enorme brecha que existe entre ese 1% privilegiado y el resto de los ciudadanos. Y no se trata sólo del abismo en los ingresos, sino de la brecha en la percepción de la realidad.

Mientras la gran mayoría de las personas paga sus impuestos –en Chile sobre todo a través del IVA, tributo del 20% que se solventa cada vez que alguien adquiere un producto o servicio– los mega acaudalados se las ingenian para buscar las maneras de no contribuir al desarrollo económico y social de sus propios países.

La codicia, avaricia y falta de sentido de comunidad social que impulsa a esta casta de privilegiados, recuerda a los Borbones u otras dinastías aristocráticas europeas a fines del siglo 18. Mientras todo debajo de ellos se caía a pedazos, las monarquías europeas de 1780 vivían en la fantasía de un mundo feliz. En un mundo “Sans-souci” (sin preocupaciones) como el de Federico II de Prusia, que le puso precisamente ese nombre a su palacio de verano en las afueras de Berlín pocos años antes de que estallara la Revolución Francesa. Se dice que cuando un asesor del palacio real de Versalles le dijo a María Antonieta que el pueblo ya no tenía pan para comer, ella respondió: “Entonces, ¿por qué no les dan croissantes?”.

En definitiva, los “Papeles de Panamá” son una clara muestra de cómo el capitalismo internacional se ha desarrollado de manera desenfrenada en las últimas décadas. Desde la caída del Muro de Berlín el capitalismo perdió a su gran antagonista y ya no tuvo la necesidad de mostrar una cara amable. Su triunfo absoluto sobre los llamados socialismos reales le permitió crecer, cual maleza, de manera incontrolable. Ya no había necesidad, después de 1989, de mostrar deferencia con los trabajadores, con la cuestión social, por cuanto los sectores más oprimidos o movilizados habían perdido la “posibilidad teórica” de desertar hacia otro sistema (y no importa que ese sistema haya sido también perverso, sino que servía como mecanismo de freno al ansia incontrolable del gran capital).

Desde entonces el nuevo turbo-capitalismo fue desmontando, sin contrapeso y poco a poco, los logros conquistados en más de 100 años de batallas sindicales y sociales. El aumento de la desigualdad, incluso en países europeos y Estados Unidos, la creciente acumulación de riqueza del 1% e incluso 0,1% más rico del planeta, la sistemática explotación de los trabajadores (hoy en día empleados de empresas de servicios, no el proletariado industrial de antaño) y el reinado absoluto del mundo de las finanzas (los bancos, las AFP y las Isapre, en el caso chileno) son una clara muestra de ello.

Y es eso, por desgracia, lo que dejan traslucir los Papeles de Panamá. Que vivimos en un mundo donde mandan los ricos y poderosos, los que nos hablan de democracia y de responsabilidades y de austeridad fiscal, cosas de las que ellos mismos huyen en cuanto tengan la oportunidad.