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Año X, 18 de noviembre de 2018

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La deshumanización como trasfondo de los suicidios en el Costanera Center

Terminar con la vida en uno de los hitos urbanos más importantes de la ciudad, que a la vez se erige como el epicentro del consumismo, motiva la reflexión acerca de la influencia de la desigualdad social, el endeudamiento y la violencia del sistema neoliberal como causa de suicidios, tales como los ocurridos en el mall Costanera Center.

Claudio Garrido

  Miércoles 13 de julio 2016 20:24 hrs. 
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Las redes sociales reaccionan cada vez que Costanera Center es tendencia. Más de algún usuario deduce que la aparición del centro comercial en las redes sociales tiene que ver con una desgracia. “Una persona se suicidó”. Tal como ocurrió el 3 de julio pasado y otras seis veces más desde la apertura en 2012 del centro comercial ubicado en Providencia, propiedad de Horst Paulmann.

Los suicidios no suelen ser noticia en los medios de comunicación, salvo en casos que involucre el bloqueo del tránsito o se trate de situaciones notables, tales como las que han ocurrido en el mall capitalino. Es que llama la atención la elección del lugar. Costanera Center, el edificio más alto de Latinoamérica, que alberga el mall más importante del holding de retail más importante de la región, y a vista y paciencia del público, ha resultado ser el escenario propicio para que algunas personas terminen con su vida.

Las muertes por mano propia van acompañadas, en general, de cuadros depresivos o estados de deterioro mental, frente al cual la víctima no se ha sentido capaz de hacer frente y ha carecido de un adecuado tratamiento. En Chile, la depresión es una afección que cada vez golpea más a la población, padeciéndola dos de cada diez personas. Además, representa el 47 por ciento de las licencias médicas, según datos de la Asociación Chilena de Seguridad (ACHS).

Suicidarse en la sociedad de consumo

En conversación con Diario y Radio Universidad de Chile, el sociólogo y académico de la Universidad de Santiago (USACh), Alberto Mayol explicó desde la teoría los aspectos y fundamentos que tienen acciones de este tipo. Corresponderían a los denominados suicidios por “desintegración social”, según los conceptos instalados por el referente en la materia Emile Durkheim.

Según dice Mayol, este tipo de suicidio se da cuando “no eres capaz de integrarte en las normas imperantes de la sociedad. Si esta es una sociedad de consumo, la norma imperante, entonces, es efectivamente acceder a los bienes más cotizados y más deseados, y mientras más accedas a ellos, más integrado te encuentras”.

Como parte de esta sociedad, los bienes son eminentemente escasos y las maneras de acceder a ellos resultan cada día más violentas, debido a las mediocres condiciones laborales, los salarios insuficientes y la necesidad del endeudamiento para poder acceder a bienes y servicios, que a la postre generan una situación de vulnerabilidad frente a las dificultades para cubrir la totalidad de los gastos y las consecuencias patrimoniales y psicológicas que esto implica.

De ahí, que este tipo de situaciones puede despertar el instinto suicida. ¿Pero por qué en un lugar como el Costanera Center? Mayol explica que este tipo de muerte sucede en horarios y lugares que son significativos para la sociedad y que estos factores deben investigarse en estos casos para establecer sus causas. El agobio por las situaciones que vive la víctima la impulsaría a hacerse notar en un instante donde las personas pueden presenciar su angustia. En el contexto de una sociedad de consumo, no resulta entonces extraño que sea Costanera Center, en tanto mall de prominencia y notoriedad pública, el lugar elegido por las personas que se quitan la vida.

Una sociedad enajenada

Ha llamado la atención que en estos episodios donde queda expuesta la dignidad de una persona que acaba de fallecer, el lugar del deceso queda circunscrito por barreras o una carpa, mientras el centro comercial sigue funcionando en total normalidad. El procedimiento de emergencia muchas veces es presenciado por cientos de personas –niños y niñas inclusive-, y se realiza al mismo tiempo que las compras y el “vitrineo” pasan por el lado como si nada hubiese ocurrido. Incluso, en casos como el suicidio ocurrido el 3 de mayo de 2014, cuando una persona se precipitó al suelo desde el piso 27 del edificio del centro comercial, la acción fue grabada y viralizada en redes sociales.

Para la socióloga y académica de la Universidad de Chile María Emilia Tijoux, esta situación es una brutalidad: “Es a mi modo de ver la barbarie representada en la indiferencia de la sociedad. Costanera Center es un lugar que va mucha gente, en familia, a pasear. Entonces es algo así como el triunfo de un mercado que logra que vaya a gastar todo el mundo, pero más me preocupa la indiferencia ante el dolor y las decisiones de un lugar, de una administración que siguen funcionando”.

Es que en estas circunstancias, la pasión del consumo enajena totalmente a las personas de su propia condición, y bien esta idea es administrada por los centros comerciales ante situaciones de emergencia. “La reacción del edificio es también la que se espera de una sociedad de consumo. Es decir, al Dios que hay que adorar es al Dios del consumo, no se puede detener ni siquiera porque muera alguien”, señala Alberto Mayol.

La proyección que hace María Emilia Tijoux va en una dirección desoladora, que podría llegar a un nivel de deshumanización insospechado. “Es un ser humano que queda convertido en una especie de desecho, que a lo mejor su muerte todos desearían contemplar. Pero sigue funcionando la gente, el mercado no puede parar, la ganancia no puede parar, el capitalismo no puede parar de seguir capitalizando. Y en este caso, más espectacular todavía, porque a lo mejor después la gente irá al Costanera Center a ver cómo la gente se mata. Eso es lo que me parece más brutal”.

Un trasfondo para un fenómeno que, según indican ambos académicos, es necesario investigar a fondo, pero que deja en evidencia las penurias de una parte de la población que sufre en silencio y cuya única forma de expresar su desconcierto es ofrecer la vida como ofrenda al capitalismo, frente a la indiferencia de todo el mundo.