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Análisis semanal

Por qué La Moneda perdió el control sobre la agenda

Víctor Herrero |Lunes 1 de agosto 2016 10:08 hrs.

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¿Quién marca la agenda política semanal del país? Nadie y todos. El desplome de la popularidad de la Presidenta, unida al derrumbe moral de toda la elite debido a casos de corrupción, colusión y captura del Estado, abre un período de incertidumbre política. El ejemplo que ilustra esto es cómo La Moneda ha perdido en las últimas semanas la capacidad de dictar la agenda nacional.

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A estas alturas del segundo gobierno de Michelle Bachelet, la baja aprobación a su gestión gubernamental ya se ha vuelto tan crónica que no debería constituir noticia. Hace muchos meses que su popularidad languidece en torno al 23 por ciento. El desplome de su reputación, o el fin de la “cariñocracia” que instauró en su gobierno anterior (2006-2010), se inició en febrero del año pasado con las revelaciones sobre el Caso Caval que involucran a su nuera e hijo.

No obstante, gracias al fuerte régimen presidencial chileno, que otorga muchas prorrogativas políticas, legislativas y comunicacionales al inquilino principal de La Moneda, el gobierno todavía retenía cierta capacidad para pautear, o al menos influir, la agenda del país. Piénsese en la Comisión Engel, en los cabildos del proceso constituyente o en recibir en palacio a la selección de fútbol tras conquistar la Copa América hace un año.

Pero también esto parece haber llegado a su fin. Eso, al menos, se puede desprender de los últimos hechos políticos. De hecho, todo indica que el palacio presidencial ha perdido casi todo su poder para influir sobre la opinión pública. Y ello se debe a una mezcla de “errores propios no forzados”, sabotaje político desde las propias filas, una falta de sintonía con el sentir ciudadano y a la permanente e histórica labor de los grandes empresarios y los grandes medios de comunicación por socavar cualquier esfuerzo reformador que nos los favorezca a ellos.

Hace varios días varios personeros históricos del oficialismo iniciaron una ofensiva para forzar a La Moneda a realizar un cambio de gabinete. La lógica es la misma de los dos últimos cambios ministeriales: reencauzar el rumbo del gobierno. El principal vocero es Camilo Escalona, quien ha recibido amplia cobertura medial. La misma atención de prensa que vienen recibiendo, casi desde el mismo 11 de marzo de 2014, los antiguos prohombres y promujeres de la difunta Concertación. Y a medida que las reformas avanzaban, hayan sido mal o bien ejecutadas, y que la popularidad de Bachelet junto a la de toda la clase política y de las elites en general se iba a pique, más atención medial han recibido estos personajes. Basta con abrir las ediciones de fin de semana de los diarios La Tercera y El Mercurio para darse cuenta como las entrevistas y columnas de José Joaquín Brunner, Ernesto Ottone, Mariana Aylwin, Sergio Bitar e incluso Carlos Ominami copan las páginas políticas; sus discursos curiosamente resultan un buen acompañamiento para la cobertura de los cuerpos de economía y negocios de esos mismos periódicos, donde los representantes del empresariado y del pensamiento económico neoliberal advierten todos los días sobre los peligros que corre este país si las reformas siguen adelante.

Diariamente, los supuestos aliados del actual gobierno se encargan de sabotear el proyecto político de La Moneda. Y lo hacen a través de los medios más conservadores y derechistas de Chile. A ello se suman, claro está, los tres hermanos DC Walker (los senadores Ignacio y Patricio y el diputado Matías), el sempiterno senador de ese partido Andrés Zaldívar (quien tras la victoria de Allende el 4 de septiembre de 1970 pronunció el entonces famoso “discurso del terror” hablando de la fuga de capitales, siendo, por cierto, Ministro de Hacienda de Frei Montalva) y muchos otros políticos de ese partido.

Este fuego amigo transversal (en la que participan miembros de la DC, el PS, el PPD, entre otros) se vio coronado la semana pasada con una entrevista que el ex Presidente Ricardo Lagos dio a La Tercera. “Creo que es la peor (crisis institucional) desde que tengo memoria”, afirmó, excluyendo, claro está, la de 1973. Sus declaraciones fueron publicadas mientras la Presidenta se encontraba en Perú para el cambio de mando en ese país, lo que “añade sal a la herida” como se solía decir antiguamente. Pero tal vez lo más desconcertante que dijo Lagos fue que “yo no sé si el país aguanta año y medio con esta crisis”.

El “año y medio” del que habla el ex mandatario es exactamente el tiempo restante que le queda al gobierno de Bachelet. Ni siquiera los más acérrimos enemigos políticos de Bachelet se hubieran atrevido a decir eso.

Mientras que La Moneda tiene buenas razones para lamentar este fuego amigo, gran parte de su caída en desgracia radica en sus propias políticas. Mientras una parte de la ciudadanía teme y rechaza sus reformas (la mayoría personas de centro-derecha o derecha y de niveles socio-económicos medios y medios-altos, la que teme perder sus privilegios), otra parte está decepcionada por la poca profundidad de esas reformas y teme que “todo seguirá igual” (la mayoría personas de centro-izquierda o izquierda y de niveles socioeconómicos medio-bajos, medio y medio-altos). Así, Bachelet y su gobierno se han convertido en el famoso “jamón del sándwich”. Y como no se decide claramente por apostar más hacia un lado que el otro (o, en otras palabras, le falta voluntad política para hacer enemigos), languidece mientras gran parte del país ya da por terminado este cuatrienio.

A ello, se suman graves traspiés que muestran la falta de pericia política de la mandataria. El ejemplo más reciente es la destitución de la rectora de la futura universidad estatal de Aysén, Roxana Pey. La decisión, legalmente posible gracias a las leyes transitorias de esa entidad, generó amplio rechazo en el mundo universitario público y estatal, que teme que ello puede ser un antecedente para quebrar a futuro la autonomía universitaria. ¿Quién ganó? Nadie. ¿Quién aplaudió la decisión presidencial? Nadie. ¿Qué ha dicho Bachelet al respecto? Nada, aún.

Y en otro frente, mientras ciento de miles de ciudadanos salieron a las calles para pedir fin al sistema previsional de las AFP, la reacción lacónica de Bachelet fue decir: “Siempre debemos escuchar a los ciudadanos y ciudadanas, especialmente cuando se expresan de manera pacífica y organizada”.

Palabras lindas y de buena crianza. Pero no hubo una reacción política de fondo. Tras recordar que en su programa está la ceración de una AFP estatal, se sinceró y dijo que cualquier cambio mayor tendrá que realizarse en el próximo gobierno.

Así las cosas, el país se encuentra en un momento político extremadamente “líquido”, es decir, que cualquier cosa puede pasar. Los vaticinios actuales no son más certeros que esas prácticas de los chamanes romanos que creían ver en los intestinos de los animales el futuro de la República y, después, del Imperio.

Pero si la historia sirve de referente, el país está tan cerca del discurso derechista de la escoba de Carlos Ibáñez en 1952, como del de la revolución socialista-democrática de Allende en 1970. Y, tal como sucedió en el pasado, también el mundo occidental está en un momento político de transición.