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Análisis semanal

Colombia, Hungría, Chile y la resistencia popular a las clases políticas

Víctor Herrero |Lunes 3 de octubre 2016 6:53 hrs.

plebiscito colombia

La rabia contra los gobernantes de las democracias occidentales florece por todos lados y a cada rato. Y da bastante lo mismo si esos líderes son de un partido u otro.

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Todo indica que ayer domingo los colombianos sorpresivamente rechazaron en un referéndum un histórico acuerdo de paz forjados entre las FARC y el gobierno de Juan Manuel Santos. Mientras tanto, el gobierno conservador de Hungría, liderado por el Primer Ministro Viktor Orbán, también sufrió un fuerte revés este domingo en un plebiscito sobre las políticas de inmigración de la Unión Europea. Aunque los sondeos indicaban que un gran porcentaje de los húngaros estaba en contra de recibir y establecer centros de refugiados en su país administrados por la UE, la participación electoral fue muy inferior al 50% mínimo, por lo que sus resultados no son válidos.

Muchos analistas atribuyen la reacción negativa de los ciudadanos frente a su élite política a un hastío con una globalización que ha sido la panacea para los grandes intereses financieros, pero no para la población. De una crisis inmigratoria desencadenada por guerras occidentales en el Medio Oriente que, a su vez, también sólo buscaban favorecer a los intereses del gran capital.

Tal vez haya algo de efectivo en esos análisis, pero lo cierto es que esta reacción en cadena ha sido aprovechada por los movimientos neo-populistas de derecha. El llamado “Brexit” –cuando en junio pasado los británicos votaron a favor de salirse de la Unión Europea–, sumado a la victoria arrolladora de Donald Trump en las primarias republicanas de Estados Unidos, a la expectante perspectiva de poder ganar el poder en Francia de Marie Le Pen, a los éxitos electorales regionales del ultraderechista AfD (Alternativa para Alemania), ponen al tradicional mundo “democrático” occidental de la postguerra en una situación incómoda.

Mientras todo esto ocurre en un mundo que parece caerse a pedazos, en Chile nuestra homogénea élite política trata de desempolvar guiones y emociones del pasado, como si no estuviéramos también inmersos en el siglo 21.

No es que en nuestro país seamos ajenos a la crisis global generalizada. Las encuestas y la sensación térmica en las calles indican claramente que el hastío y la rabia también están presentes en este rincón de Sudamérica. Sólo que nuestros “líderes”, más allá de palabras y frases comunes en torno a “las desconfianzas”, están empeñados en repetir libretos que antes les han dado una buena sintonía.

Si hoy en día Canal 13 reestrenara su teleserie Machos de 2003, sería un fiasco de audiencia. Lo que hace 13 años era progresista –mostrar a un personaje como gay, aunque bastante conservador y poco activista– hoy sería anacrónico. Y lo mismo sucede con la política local, desde la candidatura presidencial de Ricardo Lagos –aplaudida por la élite, pero ignorada por la población– al libro sobre sexualidad juvenil del Municipio de Santiago.

Si bien la alcaldesa Carolina Tohá -que pertenece a ese extraño partido integrado sólo por grandes caciques y llamado PPD, y cuyo presidente Jaime Quintana acuñó el término “retroexcavadora”, pero que hoy apoya a Lagos- logró instalarse como una liberal progresista de cara a su reelección municipal en unas semanas más, lo cierto es que se trata solo de un truco electoral que busca mostrarse progresista frente a su contendor derechista como Felipe Alessandri. Resulta obvio que la derecha tradicional chilena, en esencia decimonónica, reaccionara con furia ante tanta libertad sexual. Pero se trata del libreto, de la teleserie, equivocada en tiempos equivocados. A estas alturas apelar a la sexualidad como bandera política-electoral es tan antediluviano como hablar del sexo pre-matrimonial.

Lo cierto es que la gestión municipal de Tohá, que al poco de instalarse en su oficina en la Plaza de Armas mandó a Carabineros a reprimir las ferias ciudadanas en los parques, en poco se diferencia de la de su antecesor Jaime Ravinet. Ante la duda, ambos siempre apostaron por la mano dura y la represión.

Llegada la época de elecciones, la Concertación y ahora la Nueva Mayoría siempre han buscado maneras de llamar de vuelta a sus electores históricos, apelando a temas que, supuestamente, les son muy cercanos y no transables. Pero a estas alturas de la historia política de Chile y el mundo, esos conejitos en el sombrero del mago de barrio están perdiendo su efectividad.

Que sirvan como ejemplo las palabras Ernesto Ottone, un ex comunista y el cerebro detrás del Segundo Piso de La Moneda del gobierno de Ricardo Lagos. En una entrevista reciente, Ottone sostuvo seriamente que Lagos demostró al país que era posible que alguien de centro-izquierda gobernara sin crear el caos. El error fundamental de análisis que cometió Ottone es el de suponer que su ex jefe era de izquierda. ¿En qué país un presidente de centro-izquierda le entregaría el lucrativo negocio de la educación superior a la banca privada?

La socialdemocracia europea jamás se atrevería a hacerlo. Y ni siquiera la derecha democrática, como Angela Merkel en Alemania.

Así las cosas, todo indica que nuestra clase política transversal va derecho al abismo. Sólo que no lo quieren creer aún y todavía confían en una supuesta “excepcionalidad” chilena. Como lo creyeron los partidarios de la Unidad Popular en los años 70 al decir que las fuerzas armadas chilenas eran constitucionalistas y no golpistas como en el resto de América Latina. Así como, hasta hace sólo unos pocos años, los chilenos creíamos que nuestra elite empresarial y política no era corrupta.

Así las cosas, es probable que este ciclo electoral sea el último bajo los cánones tradicionales que han regido la política local en los últimos 25 años. Pero a futuro las cosas cambiarán, pero por desgracia no necesariamente para mejor si es que la neo-derecha populista sigue avanzando. Y en eso Chile se está pareciendo al resto de las democracias occidentales. Ante la renuncia total de reivindicar y avanzar en políticas progresistas, o acaso de pensar en políticas de izquierda, el peso muerto lo estará recogiendo la ultra derecha.