Diario y Radio Uchile

Año IX, 16 de diciembre de 2017

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Lagos y Guillier: dos candidatos, un mismo problema

Carlos Hidalgo |Cartas al Director |Jueves 19 de enero 2017 13:37 hrs.

La Concertación de Partidos por la Democracia —actualmente Nueva Mayoría— fue desde los comienzos de la posdictadura la coalición que hizo posible, luego de años de refundación oligárquica y de permanente excepcionalidad, la instauración de un régimen democrático que alcanzó niveles ostensibles de estabilidad. Era lo que podemos llamar una «coalición de régimen», es decir, el núcleo organizado sobre el que descansaba la solidez de la totalidad del escenario político chileno, el actor que encarnaba y constituía la voluntad general de la nación.

Contaba en sus comienzos, y para todos sus fines, con un modelo neoliberal que poseía la capacidad de integrar a diversas franjas de la población a la dinámica del consumo, un sistema de partidos organizado sobre la base de una serie de consensos fundamentales que hacían de lo valórico el único plano de enfrentamiento entre los actores institucionales y una sociedad completamente desmovilizada que delegaba en sus representantes la definición de todo cuanto podía ser de importancia para el futuro de la nación, esto es, un pueblo que confiaba en que las decisiones tomadas en los diversos espacios de la política formal corresponderían —sin lugar a dudas— con sus intereses.

Sin embargo, ninguno de estos elementos ha sido capaz de resistir indemne el paso del tiempo. Si hoy se dice que estamos en una fase en la que existe una profunda crisis de representación es porque los soportes orgánicos que aseguraban la estabilidad del régimen entraron en una fase de agotamiento y descomposición, y en su expresión inicial la crisis es todavía una que solo alcanza a las direcciones políticas del pacto de la transición. El neoliberalismo fervientemente impulsado por las oligarquías nacionales ya no es capaz de asegurar el futuro de las grandes mayorías, el dualismo político que los defensores del modelo alababan con tanta radicalidad ha dejado de ser un relato creíble y los de abajo, antaño en silencio, han alzado su voz para pedir transformaciones que nada tienen que ver con aquello que los de arriba están en condiciones de pensar o hacer.

Este el teatro en el que las elecciones presidenciales del presente año tendrán lugar y es aquí donde la Nueva Mayoría, cada vez con mayores dificultades para ordenarse, ofrece a Guillier o a Lagos —todavía está por verse— como soluciones a una crisis que parecen realmente no entender. El primero, un candidato que se rehúsa a hablar de política y que hace todo lo posible para distinguirse de sus contendientes entendiendo que todas sus opciones de victoria vienen del borde externo del sistema institucional; el segundo, uno que no es capaz de ofrecer soluciones adecuadas al problema y que parece creer que todavía estamos en los tiempos dorados de la transición a la democracia.

Si todo sigue igual el resultado no es difícil de prever. Nos encontraremos con una derrota electoral en la que quizá sea la elección presidencial con los mayores niveles de abstención desde el retorno a la democracia, el actor que fuera alguna vez condición de estabilidad del régimen seguirá en su curso de desorganización y la crisis de representación, con el consiguiente aumento de la activación política del pueblo por fuera de los cauces institucionales, seguirá la trayectoria que hasta ahora ha tenido. Por su parte, la Derecha persistirá en su incapacidad para unificar políticamente a la sociedad bajo su conducción, lo que tendrá como consecuencia que el siguiente gobierno de Piñera solo acelerará el proceso de descomposición del escenario político general. Además, con una oposición desarticulada y con el ingreso cada vez más cuantioso de líderes políticos que provienen de afuera del pacto de la transición lo que podemos estar presenciando es la apertura, todavía informe, de un nuevo proceso de apertura democrática, algo así como un segundo proceso de transición, pero respecto del cual no existen certezas ni claridades.

Por esta razón, si las élites políticas y la oligarquía nacional valoran la democracia deben comprender una cuestión fundamental. Lo que está crujiendo en Chile son los fundamentos más profundos del pacto social. El Estado que beneficia directamente al empresariado, la democracia en la que solo algunos pueden tomar decisiones, el marco normativo que impide la organización de los de abajo y el patrón de acumulación que se sostiene sobre la precarización del trabajo y sobre la destrucción de la naturaleza. Todos estos elementos son los que deben atenderse si queremos proteger nuestra alicaída democracia. No hay que engañarse: lo que hoy es crisis de representación mañana puede ser crisis de régimen.

De ahí que hay dos maneras para enfrentar esta situación. O se abre un proceso de refundación democrática genuina y se tocan todos o algunos de los temas mentados o se sigue en la táctica de ganar tiempo esperando que la sociedad vuelva a una calma que puede no llegar. Eso sí, no vaya a ser que la sociedad no quiera esperar y decida cambiar a los de arriba o, incluso, modificar el lugar por el que tradicionalmente la política discurría.

 

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