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Año IX, 18 de diciembre de 2017

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Rogelio Rodríguez

Umberto Eco: Pensador vigente

Rogelio Rodríguez | Sábado 11 de marzo 2017 11:37 hrs.

Me encontraba en París el 20 de febrero del año pasado, cuando los canales televisivos de toda Europa informaron sobre el fallecimiento de Umberto Eco.  En todos los medios, visuales, orales y escritos, se despidió al académico y escritor de conocimiento enciclopédico, de espíritu generoso y divertido, de vida profundamente comprometida con la ética y el laicismo.

Hay autores que acompañan, a través de sus obras, nuestra trayectoria intelectual y en mi caso este semiólogo y filósofo italiano era uno de ellos.  El primer libro suyo que leí fue Apocalípticos e Integrados ante la Cultura de Masas (Lumen, 1973), siendo yo estudiante de Filosofía en la Universidad de Chile.  Eran tiempos en que el profesor Juan Rivano nos enseñaba sus proposiciones sobre la totalización tecnológica, introduciendo al provocador pensador canadiense Marshall Mcluhan en nuestros ambientes académicos. En esta obra, Umberto Eco analiza las ideas de McLuhan y, además, distingue dos posturas frente a los cambios culturales, sociales y políticos acarreados por las tecnologías electrónicas de comunicación (cambios de tal impacto que hacían prever el nacimiento de una nueva civilización):  la de quienes retrataban los acontecimientos mundiales con un diagnóstico pesimista y proclamaban caos, crisis de valores y deshumanización (los “apocalípticos”) y la de quienes veían en ellos manifestaciones de una época mejor, de un progreso evidente en la evolución de las sociedades humanas (los “integrados”).  Esta distinción  –apocalíptico/integrado, equivalente a conservadurismo/progresismo y correspondiente también a  pesimismo/optimismo–   fue por años para mí  una útil herramienta de medición de actitudes humanas frente a toda clase de experiencias sociales que significaran transformaciones radicales.

Fui leyendo, más tarde, otros libros de su autoría.  No solo textos filosóficos y de análisis social, sino también sus novelas.  Porque Eco decidió, a sus 48 años, incursionar en los thriller literarios de corte histórico.  Su primera obra de ficción, El nombre de la rosa  –cuya trama versa sobre unos crímenes cometidos en un monasterio medieval–, alcanzó rápidamente un éxito planetario.  Más tarde fue llevada al cine por el director Jean-Jacques Annaud y protagonizada por Sean Connery (como el fraile franciscano William de Baskerville) y Christian Slater (como el novicio Adso de Melk). Para quienes no la han visto, recomiendo buscarla…

Número Cero (Lumen, 2015), una intriga en las esferas de los medios de comunicación, donde se prepara la edición de un diario que se adelantará a los acontecimientos en base a suposiciones e imaginación y en que, para ello, los periodistas deben indagar en archivos secretos de la CIA, del Vaticano y en la vida de Mussolini, fue la última novela que escribió.

Y de sus obras de no ficción   –de las muchas que publicó sobre análisis filosófico, social, cultural–  ha llegado recientemente a nuestras librerías De la estupidez a la locura (Lumen, 2016), texto editado póstumamente y que reúne un interesante conjunto de artículos que Eco publicó en medios de prensa  desde el año 2000 hasta el 2015, y que seleccionó él mismo poco antes de morir.

Verdadero maestro del humanismo laico, Eco nos otorga páginas plenas de argumentos eruditos, fundamentados, algunos muy graciosos y todos motivadores de reflexión, sobre temas de candente vigencia que importan a la marcha del mundo, ejemplos del tránsito de la humanidad a ratos por parajes cercanos a la estupidez o a la locura.  Así, analiza variadas características de nuestra “sociedad líquida” (sigue a Bauman en esta denominación) señalando que estos fenómenos no son hoy cabalmente comprendidos ni por las castas políticas ni por la mayoría de los intelectuales, quienes siguen insistiendo en tratar lo nuevo con instrumentos conceptuales del pasado. Algunos de los fenómenos que analiza son: la crisis de las ideologías y de los partidos; la pérdida de privacidad en las redes sociales y sus consecuencias; las exigencias de la educación y la función del  profesor en la era de internet; la pornografía en la red; la extendida credulidad de la gente que la lleva a ver conspiraciones por todas partes y la vuelve fácil presa de la charlatanería de adivinos, astrólogos, tarotistas, videntes y espiritistas; las diversas formas de racismo contemporáneo; la religión como causa de los mayores actos de violencia humana, por lo que más que ser “opio de los pueblos” (al decir de Marx) ha sido más frecuentemente su cocaína; la amenaza expansionista del fundamentalismo islámico; la extendida confusión e ignorancia ante los descubrimientos científicos, como por ejemplo ante las abundantes pruebas de la teoría de la evolución; los riesgos de un descontrol de la ideología de lo políticamente correcto…

Al ser artículos cuyo destino eran los lectores de notas periodísticas, cada escrito no se extiende más allá de cinco o seis páginas, lo que convierte este libro en un volumen muy adecuado para andar trayéndolo y leer estas “píldoras de sabiduría” en esos ratos de que disponemos al desplazarnos en el metro, al estar en alguna sala de espera o en la noche antes de quedarnos dormidos. Al cumplirse un año de su muerte, Eco nos sigue regalando su pensamiento lúcido, irónico y firmemente asentado en los valores fundamentales del ser humano.