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Año IX, 18 de noviembre de 2017

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Juan Pablo Cárdenas S.

Canibalismo político y otras prácticas sucias

Juan Pablo Cárdenas S. | Lunes 20 de marzo 2017 9:29 hrs.

Aunque es tema de los investigadores sociales evaluar su verdadera dimensión, parece evidente que una de las características más pronunciadas de la política actual es la feroz descalificación no solo de los adversarios sino de quienes se supone aliados o compañeros de ruta. En estas últimas semanas, ya no sabemos si presidenciables como Alejandro Guillier y Sebastián Piñera reciben más acusaciones de fuera o desde el interior de sus propios referentes. Demoledora resulta también la guerra de diatribas que se alimentan a través de los medios de comunicación y las llamadas redes sociales contra cualquier figura que emerja como líder o abanderado de todas esas expresiones políticas vanguardistas que hace tiempo debieran estar constituidas en alternativa a la Nueva Mayoría y a la derecha. Fenómeno que de buena forma inhibe o explicaría su incapacidad de converger todavía en un frente amplio unitario y exitoso.

Mientras manidamente se proclama  la necesidad de “discutir ideas y propuestas programáticas”, lo cierto es que hoy lo que más destaca es el linchamiento personal, la búsqueda de cualquier detalle que sirva para desacreditar a los principales actores públicos. Consolidándose, entonces, todo un escenario de ofensas que no vacila en recurrir a la mentira y la calumnia en el afán de obtener notoriedad pública ante una cantidad de consumidores de noticias que difícilmente disciernen entre los medios de expresión serios y los indecentes. Es así como se pude comprobar toda suerte de  conflictos artificiales que soslayan la falta de identidad que hoy prevalece y opaca la política, el pensamiento y los valores republicanos. Cuando los compromisos y el enrolamiento político, por lo demás,  han devenido en asociaciones instrumentales y no ideológicas.

Cualquiera sea la opinión que se pueda tener sobre los hombres y mujeres públicos, desgraciadamente lo que se destaca y se fomenta son sus caricaturas. Poco tiempo se mantiene incólume cualquier figura política, social, intelectual o incluso moral que cae en manos de los “opinógos” que hoy modelan la opinión pública, pululando siempre en la basura. En manos, como estamos, de una cantidad de medios del internet que lo que más persiguen es ganar “clic” de aprobaciones en el ejercicio de un periodismo sin rumbo ético y en la que intervienen toda suerte de injuriadores anónimos o conocidos plumarios que ven en las redes sociales la única posibilidad de destacarse públicamente. Cuando parte importante de los medios que alguna vez los acogieron han debido prescindir posteriormente de ellos por su insolvencia profesional  y que no tienen más opción que radicarse en facebook, twitter y otras expresiones convertidas en sus inodoros.

Quienes oficiamos en los medios de comunicación que se proponen aportar a la política, fustigar con fundamento y pruebas  además, por cierto, de prescindir de la farándula y otras prácticas que tanto ultrajan la noble tarea de informar, consta que hacemos denodados esfuerzos por eliminar de nuestras páginas digitales aquellos comentarios de provocadores anónimos motivados y expertos en ofender y descalificar. A sabiendas, obviamente, que no existirían todos los jueces y tribunales necesarios para perseguir sus despropósitos, como sus fragrantes y reiterados abusos contra la libertad de expresión.  Valiéndose de que el internet difícilmente tiene jurisdicción nacional  y, por supuesto, de la impunidad que hoy favorece, ya no solo a muchos criminales, sino también a los ofician de injuriadores.

En estos últimos días, nosotros mismos hemos sido objeto de falsas, arteras e infamantes denuncias provenientes de elementos que no tienen el coraje, por supuesto, de denunciarnos donde correspondería hacerlo y prefieren descargarse a través de las redes sociales y medios que les sirven, reitero, de verdaderas letrinas. Pero, en realidad, lo que más lamentamos es que la política esté hoy tan sometida a toda suerte de reyertas que no se inspiran en el bien del país, ni se proponen servir a las ideas, propuestas y programas de acción. Apreciamos cómo desde el mundo de las grandes empresas y entidades patronales se disponen, incluso, recursos para financiar y cooptar a las autoridades y medios de comunicación a fin de rendirlos a sus intereses. Donde consiguen cobertura a sus siniestras operaciones para desacreditar a quienes los fustigan o proponen reformas que acaben con sus privilegios.

Ingentes recursos que en este verano, por ejemplo,  se destinaron para desacreditar las denuncias y propuestas de NO+AFP, como en vilipendiar la justa y limpia huelga de los mineros de la Escondida. Onerosos aportes directos o encubiertos para alimentar, además,  la acción de aquellos medios que levantan acusaciones falsas contra el periodismo digno e independiente, como el que intentamos cumplir en nuestra Radio y en estas páginas bajo el auspicio de la Universidad de Chile.

Quienes luchamos por tantos años para romper el bloqueo informativo de la Dictadura, afrontar las persecuciones más aviesas del régimen cívico militar, nos sentimos de nuevo ciertamente vulnerables, aunque irreductibles, ante estas nuevas mordazas. Alimentadas, como siempre, por los enemigos tradicionales de la democracia y la justicia social, pero también ahora por esta suerte de operadores que intentan silenciarnos.

Por otro lado, es público y notorio que en la política cuesta que prosperen liderazgos e ideas renovadas cuando los partidos y sus organizaciones adláteres continúan tan ligadas a la voluntad de los viejos dirigentes y los crónicos candidatos que ejercen el más brutal canibalismo. Proponiéndose, en definitiva, que nada cambie,  o que sigan sucediéndose los gobiernos sin proyecto histórico y maniatados por el régimen institucional que campea desde 1980.

Aunque la fuerza del descontento social y el fracaso económico puede que esta vez logre tumbarlos en su voluntad de perpetuarse en la política para seguir sirviendo los intereses de los verdaderos dueños de Chile. Parapetados en sus organizaciones gremiales y que tienen como escuderos a comunicadores serviles, a esa suerte de  ”tontitos útiles” que, al ensuciar la política y la práctica del buen periodismo, le provocan a la población una enorme desconfianza en el cambio. Cuanto en la movilización social que se requiere en el propósito de servir a Chile y lograr su consolidación democrática.

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