Diario y Radio Uchile

Año IX, 21 de noviembre de 2017

Escritorio
Wilson Tapia

La marca de la hipocresía

Wilson Tapia | Jueves 6 de abril 2017 7:45 hrs.

Si la realidad chilena estuviera en las páginas de un libro, cada una destilaría altas concentraciones de hipocresía. Y no sería solo en las dedicadas a resumir el ejercicio de la política.  Lo mismo se vería en las destinadas al manejo del poder empresarial, a la salud, a la educación, a las relaciones internacionales, al comportamiento social, a la Justicia, a los valores esenciales, etc.

Abramos la cartulina dedicada a la economía.  El lamento de los sectores más conservadores que manejan el poder económico, es que la economía nacional se encuentra estancada. Exhiben cifras que así lo demostrarían, con un crecimiento cercano al 2%.  Sin embargo, nada dicen de que el decaimiento es global y que el guarismo chileno está entre los mejores del continente.  Muy superior a los del colosal Brasil, del poderoso México, y muy por encima del otro referente sudamericano, Argentina. Y es sobrepasado solo por Colombia y Perú, que comenzaron su crecimiento desde posiciones inferiores a la que hoy ostenta Chile.

Las cifras locales, por otra parte, resultan algo desconcertante. Y el desconcierto sería total si uno pudiera confiar ciegamente en lo que dicen los referentes de la economía local.  Veamos algunos guarismos entregados. El Índice de Precios Selectivo de Acciones (IPSA) señala que, a diciembre de 2016, las empresas que se cotizan en la Bolsa de Valores subieron sus utilidades en 22,84%. Hablando en pesos, eso significa que las ganancias de los bancos fueron de $1 billón 441 mil millones; en las empresas dedicadas a comodities,  $586.077 millones; en la construcción e inmobiliarias, $95.278 millones; en el rubro del consumo, $249.482 millones; en la industria, $137.482 millones; en el retail, $1 billón 138 mil millones; en el rubro utilities, $1 billón 803 millones; en el área, en que se ubican Banmédica, Quiñenco, Entel, Sonda, entre otros, $773 millones 588 mil.

Y el logro es aún más elevado si se considera a 566 empresas de las que recibió información la Superintendencia de Valores y Seguros. En conjunto, sus utilidades crecieron 37%, en comparación con 2016. Estas cifras no muestran, precisamente, a un empresariado destruido. Sin embargo, expertos del sector alertan sobre una desaceleración. Además, plantean su preocupación por el crecimiento del desempleo, que alcanzó al 6,4%, en el trimestre diciembre 2016 – febrero 2017. Esto representa un incremento de 0,5% en los últimos doce meses. Cabe señalar que el nivel de desempleo no ha crecido de manera desproporcionada. El 2015 fue de 6,28%; en 2014, 6,33%; en 2013, 6%, y, en 2012, 6,4%. Además, creció el empleo por cuenta propia. Para analistas internacionales, esta es una realidad que también se está dando en países desarrollados. Respeto a esto último, sin embargo, aquí surge de inmediato la crítica respecto del daño que, a futuro sufrirán esas personas. El dinero destinado a sustentar su vejez experimentará un golpe severo, ya que es muy posible que dejen de hacer imposiciones. Una inquietud real, pero llama la atención que ese argumento lo esgriman quienes se niegan siquiera a pensar en desarmar el lucrativo tinglado -para las empresas- de las Administradoras de Fondos de Pensiones. En la actualidad las AFP manejan un volumen de dinero, que pertenece a todos los trabajadores, que asciende a cerca del 70% del Producto Interno Bruto (PIB) de Chile: US$ 165.000 millones. Ese volumen de dinero es la matriz productiva del país.  Una matriz extremadamente inequitativa, ya que el 50% de los trabajadores gana menos de $305.000 mensuales. Y, como si eso fuera poco, las AFP tienen utilidades desde 2014 que ascienden 22% anual. Pero los fondos de los que ponen la plata, los trabajadores, solo reciben un promedio de 4,6% de interés. Como se puede apreciar, un gran negocio para los dueños de la AFP y para quienes son dueños de la economía chilena.  Es lo que da origen a esta tremenda hipocresía. Una de las realidades que muestra este sistema en que las leyes del mercado no son puestas siquiera en duda.

Y si damos vuelta una página en que se hable de política internacional, el rubor vuelve a acompañarnos. Frente a la realidad latinoamericana el poder ha reaccionado siempre con desprecio.  De allí que no pueda llamar la atención lo que está ocurriendo con Venezuela. Se critica que frente a las últimas actuaciones del gobierno que encabeza Nicolás Maduro, el gobierno de la señora Bachelet no ha tenido una posición clara. Esto, pese a que llamó al embajador chileno a Santiago a informar y a que ella condenó cualquier trasgresión al orden democrático.  Pero los sectores conservadores, de la derecha y la Nueva Mayoría, querían más. Enarbolando los sacrosantos principios democráticos, consideraban que la ruptura de relaciones era lo menos que se podía hacer, bueno, o al menos congelarlas.  Eso era ser demócrata.  El resto, parafernalia.  Sin embargo, los que encabezaban las críticas apoyaron aquí una dictadura y guardan silencio ante un gobierno que no comulgan con los planteamientos de la democracia occidental, pero que permite hacer grandes negocios, como es el que existe en China. En otro segmento político, la Democracia Cristiana, olvidan, muy prudentemente, que el 11 de abril de 2002 en Venezuela se dio un golpe de Estado contra el presidente democráticamente electo, Hugo Chávez.  Quien encabezaba el movimiento era Pedro Carmona Estanga, un economista de reiterada presencia en organismos internacionales latinoamericanos. El presidente Ricardo Lagos se apresuró a reconocer al nuevo gobierno. Su canciller, Soledad Alvear, fue extremadamente diligente para llevar a cabo las gestiones necesarias. Carmona, simpatizante del Copei (Democracia Cristiana venezolana) duró pocas horas en el poder y Chile tuvo que enmendar rumbos y cargar sobre sí el baldón de haber aupado un golpe contra la democracia.

La hipocresía nos acompaña. El libro tiene muchas páginas que es conveniente hojear de vez en cuando. Sobre todo en momentos como los actuales, en que la realidad está apareciendo por los intersticios del tejido económico-político. ¿No habremos acostumbrado ya a esta realidad que a veces resulta repugnante?