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Renato Garin

Lobbistas-columnistas: una especie Made in Chile

Renato Garin | Viernes 7 de abril 2017 10:51 hrs.

Una de las características que más llama la atención del mercado del lobby en Chile es que los principales lobbistas de la plaza son también columnistas de los medios más relevantes. Este el caso, por ejemplo, de Cristina Bitar y Gonzalo Cordero, de la oficina de lobby Azerta. Ambos participan en medios de comunicación como columnistas, tanto en radio como en diarios, sin embargo nunca dejan claro al lector o al oyente que ellos son dueños de una empresa de lobby. ¿Debieran hacerlo? Es una pregunta compleja pues no existe una norma clara en la legislación chilena, ni en sede de medios ni en sede de lobby, que atienda a esta cuestión. En el mundo, además, es una rareza encontrar lobbistas profesionales que ejerzan a la vez como columnistas regulares de medios de comunicación.

Esta práctica, que vincula a las oficinas de lobby con los medios, la llevan a cabo varias empresas, tales como Tironi Asociados, Imaginacción Consultores y Extend. Todas ellas, en forma permanente o temporal, han tenido espacios regulares en los medios de comunicación masivos. Allí, sus ejecutivos ejercen el rol de analistas de la realidad. Es interesante preguntarse si acaso estas personas tienen o no el deber de informar al público sobre sus posibles conflictos de interés como columnistas y lobbistas.

Cabe recordar que, en 2015, fue agregado el artículo vigésimo al Código de Ética del Colegio de Periodistas. En dicho artículo se señala: “El o la periodista deberá transparentar los posibles conflictos de interés que puedan tener incidencia sustancial en la orientación del trabajo periodístico final”.

En una interpretación amplia de este artículo, debemos entender que no solo el periodista individual tiene una obligación de transparentar sus conflictos de interés. Una interpretación amplia de este artículo muestra que es el medio de comunicación, cada diario, cada revista, el que debe informar a su público sobre los conflictos de interés que puedan tener incidencia en la construcción de pauta de dicho medio. A este respecto, debieran ser los mismos medios de comunicación quienes señalen a los lobbistas que escriben columnas como personas que pertenecen a una determinada oficina de lobby.

Junto con eso, pareciera razonable sostener que se debe agregar una norma a la ley de lobby 20.730 en donde se regule la relación entre oficinas de lobby y medios de comunicación. Hasta aquí, rige una total desregulación que permite el flujo de personas entre ambos mundos sin mayores obligaciones. Esta relación ha sido analizada por Enrique Correa, quien escribió junto a Luis Álvarez un artículo titulado “El Lobby y la prensa en Chile: relaciones positivas”. En este texto, los autores sostienen que existe una dinámica positiva entre ambos campos simbólicos pues la prensa entregaría transparencia y visibilidad a la industria. Del otro lado, el lobby necesitaría deshacerse del manto de sospecha que pesa sobre él. Esta dinámica positiva, sin embargo, pierde de vista la posible articulación de intereses privados desde oficinas de lobby hacia medios de comunicación.

A este respecto, no puede sino llamar la atención que el mismo Correa fue columnista por años en los medios de prensa más masivos del país. Misma estrategia que han seguido Eugenio Tironi, Gonzalo Cordero y Cristina Bitar entre otros. Ellos han sabido vincularse en dos niveles con la prensa, por un lado de forma individual como columnistas y, por otro lado, como ejes organizacionales de sus empresas de lobby. Esta dinámica les resulta especialmente útil para el manejo de crisis, cuando necesitan poner por delante la versión de su cliente sobre los hechos ocurridos. También sirve la prensa como tribuna desde donde “sumarse” a grandes causas, como el crecimiento económico, la familia, el clima de acuerdos, lo que garantiza siempre una posición de constructores de realidad.

Las empresas de lobby necesitan, en Chile, dos tipos de profesionales. Por un lado, reclutan científicos sociales, como sociólogos, y, por otro lado, reclutan periodistas o ex editores de medios de comunicación. Ambos perfiles se complementan con la guinda de la torta: los políticos privatizados o en espera de la próxima elección. Esta combinación permite un flujo entre la academia, la prensa, las empresas y las instituciones públicas. Ese flujo ha sido muy bien aprovechado por las oficinas de lobby más grandes del país. Ellos han logrado establecer un verdadero canon de acción para ser “influyentes”.

En una intervención del año 2003, se puede encontrar una frase de Carlos Peña que resulta especialmente útil para el argumento aquí desarrollado. Decía Peña hacia mediados de 2003:

“Es probable que en el futuro, cuando la índole todavía endogámica de nuestra sociedad acabe por desvanecerse (y ¡por fin! nos parezca raro que alguien pueda ser a la vez columnista en un diario, lobbista y evaluador de los asuntos públicos), la prensa se vea estimulada a hacer el escrutinio de quienes se encuentran más alto en la escala del prestigio y del poder”.

Ese momento ha llegado. Por fin nos parece raro que alguien pueda ser columnista y lobista a la vez. Es de esperar que la prensa se vea estimulada a hacer ese escrutinio que pedía Peña a quienes se encuentran más alto en la escala del prestigio y del poder.

*Autor del libro Lobby Feroz.