Diario y Radio Uchile

Año IX, 18 de octubre de 2017

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Hugo Latorre Fuenzalida

Ricardo Hormazábal y la DC

Hugo Latorre Fuenzalida | Martes 18 de abril 2017 17:06 hrs.

Ahora es un ex presidente del Partido, Ricardo Hormazábal, quien emprende el retiro, el exilio obligado, el abandono de la militancia. ¿Motivos? El mismo se encarga de explicarlos en una carta dolida, de afectos contradictorios, pero también contundente en argumentos políticos y, sobre todo, éticos.

Ricardo Hormazábal, es ese dirigente de discurso potente y de argumentación inspirada en doctrina y realidad. Era capaz de remecer las tribunas de las aulas universitarias, donde se debía enfrentar a los líderes de su propio partido que abandonaban la tienda DC para pasarse a la opción allendista, por allá en los ’60 y comienzo de los ’70. Los restantes que quedábamos, en la universidad, éramos todos juventud imberbe, sin experiencia, por tanto Ricardo era nuestra Plaza Mayor y desde su personalidad atronadora es que sosteníamos nuestras bombardeadas posturas con fe e hidalguía.

La retórica de la izquierda era feroz, envolvente, sin espacios a la duda, era totalista. Con todo, nuestro esfuerzo de alfeñiques, de aprendices de político, era inclaudicable, pues intuíamos que la razón democrática estaba de nuestra parte y que lo que se jugaba era el destino de Chile: el destino de lo razonable contra el destino de la tragedia. La historia nos dio la razón.

Ricardo, como unos pocos dirigentes, nos opusimos a las salidas  militaristas, pero muchos dentro del Partido, de manera irresponsable o inocente, fueron partidarios de cortarle las alas de manera drásticas a los “marxistas”.

Cuando caí preso en diciembre de 1973, junto a otros cinco militantes DC, fue Ricardo quien estaba esperándonos a la salida de Investigaciones, que era el recinto en que nos mantuvieron detenidos.

Al regresar a Chile, apoyé la candidatura de Ricardo contra Foxley; perdimos pero seguimos con un grupo de amigos y camaradas (Tote Cisternas y Heraldo de Pujadas) organizando las “bases ciudadanas”, que era un instrumento de participación para dirigentes de base, de los que el Partido prescindió desde el retorno a la democracia, apropiándose del ejercicio del poder de manera cupular. Continuamos luego la lucha interna con Jorge Lavandero, levantamos las banderas de la “Dignidad Nacional”, oponiéndonos a la presencia de Pinochet en el Congreso, luego por la defensa del Royalty y de la recuperación de la riqueza natural de Chile, la que se estaba transfiriendo aceleradamente a las transnacionales y a los grupos económicos nacionales.

Cuando Ricardo fue elegido Presidente del Partido, pedimos con Carlos Tomic y la Maga Alegría, el mismo Heraldo de Pujadas, una reunión para plantearle la necesidad de trabajar con la juventud, la que estaba huérfana de soporte ideológico y doctrinario. No nos acogió y el Partido siguió el ritmo de su hemorragia juvenil hasta el punto de su anemia actual.

En fin, Ricardo, con sus aciertos y errores ha sido un militante de lucha permanente por la restitución de la vieja base doctrinaria e ideológica de la DC. Ha luchado por los derechos de los trabajadores, por su organización sindical, por el término de las AFP y de las Isapres; por una regulación efectiva del sector financiero, por el fin de la economía del hiperlucro, por una educación igualitaria y de calidad, etc.

Podemos decir, entonces, que Ricardo ha sido un luchador por principios progresistas dentro de una DC cogida por un sector tremendamente comprometido con la corrupción y los intereses corporativos, intereses que se engarzan con los fraudes de la dictadura y las marañas expoliativas que amordazan  a los medios de comunicación, a los partidos, al legislativo, a las fiscalías, a los tribunales, a instituciones como SII, Contraloría, Fuerzas Armadas, Iglesia, Universidades, etc.

Su lucha era heroica pero imposible. Los poderes están demasiado enquistados en el sistema y ya por muchos años. Este tipo de sistema cae producto de su propia inercia, por su podredumbre. Los hombres como  Ricardo, o como los profetas antiguos y modernos,  sólo pueden anunciar la inminencia de ese derrumbe, pero no tienen la fuerza hercúlea para hacer caer las columnas del templo por la fuerza de su voluntad.

La lucha ha de seguir, porque no creo que Ricardo, y muchos que le seguirán, claudiquen ante los poderes injustos. Creo, más bien, que de su testimonio se alzará todo un movimiento que retome los principios que un día animaron a la DC, para luchar por otro Chile, otro Partido y otra forma de ejercer el poder; porque el modelo neoliberal nos conduce derecho al horror del enfrentamiento social, a la delincuencia destructiva y a la decadencia de todos los valores que pueden sostener en paz y en progreso a una sociedad. Basta mirar a esos pueblos que no cuidaron la equidad, que no se fijaron en los valores pisoteados en el afán de un avaricioso crecimiento privado; que, además, como en el caso de Chile, no alentaron un desarrollo moderno, sustentado en procesos de industrialización, de desarrollo tecnológico y superación cultural. Esos países están condenados al retroceso, a la decadencia y a la pérdida progresiva de competitividad internacional.

No es el caso de la opción neoliberal un problema dilemático entre crecimiento o distribución; es un problema que supera a ambos temas, pues no puede darse crecimiento sostenido sin industrialización; no puede darse crecimiento balanceado (es decir con desarrollo) sin equidad distributiva e integrativa. La DC ha sido ganada a la “ilusión neoliberal”, de crecer discriminando; pero justamente, el crecer de manera oligárquica termina por detener el crecimiento; eso lo saben todos los teóricos de la economía y los países realmente desarrollados combaten la colusión del poder económico, justamente por ser negativo al desarrollo de mercados competitivos.

No quieren darse cuenta que  quienes crecen son una pequeña fracción del capital integrado a los circuitos transnacionales, mientras que el resto permanece estancado. Ya lo denunciaba Ricardo FFrench-Davis en los años 90, pero el encandilamiento de ese crecimiento circunstancial del primer quinquenio de los 90 (privatizaciones, inversiones mineras, repactación de deudas) indujo a creer a muchos que era el camino milagroso de la economía chilena. La crisis asiática puso fin a ese sueño y destruyó buena parte del avance alcanzado en ese quinquenio, social y económicamente hablando. No fue el desempeño de nuestros economistas lo que permitió superar la crisis, sino la estrategia audaz de China, que al elevar los precios del cobre y otras materias primas permitió a Lagos salir del marasmo decadente que caracterizó la primera mitad de su gobierno.

Sostener, como lo hace la derecha (y algunos DC) que ellos son capaces de llevar a Chile al desarrollo con la sola fuerza de las inversiones privadas, es no querer ver que nuestras inversiones privadas, además de insuficientes son, hasta ahora, deficientes. Que Piñera tuvo la suerte de cubrir un tiempo de reconstrucción, luego del terremoto, factor que activa la economía por dos o tres años y de cubrir la última etapa de las inversiones mineras comprometidas en Chile, antes de la crisis internacional de los precios de las materias primas. Eso es suerte, pero no estrategia; pero la derecha, que siempre ha sido manipuladora eficiente, hace creer a los chilenos que  su gobierno se diferencia justamente por la capacidad de generar estímulos al crecimiento. De hecho, la economía comienza su caía un año antes de la llegada de Bachelet al poder…Pero eso no lo dicen.

Pero el liderazgo DC viene acercándose temerariamente a los postulados del mercado oligárquico y transnacional. Ese liderazgo luchará por estrechar más las filas a ese objetivo, pues los intereses de muchas familias DC, las más encopetadas, están puestos en esa fracción del capital y los negocios, por tanto se han constituido en verdaderos guardianes de los intereses neoliberales y están dispuesto a todo con tal que las cosas permanezcan en esa senda.

Ricardo es una víctima de esta opción ideológica de las cúpulas DC y el destino de ese Partido será el ser absorbido, como un agujero negro, por la gravitación neoliberal.