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Año IX, 17 de noviembre de 2017

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Juan Pablo Cárdenas S.

La muerte de un gran encubridor

Juan Pablo Cárdenas S. | Martes 25 de abril 2017 8:45 hrs.

Por alguna razón que no comprendo del todo, al menos tres personas me han preguntado en las últimas horas si voy a comentar algo  sobre la muerte de Agustín Edwards y, por cierto, no puedo soslayar el deceso de una persona que ha jugado un papel tan importante en la historia de nuestros últimos 50 o 60 años de vida nacional. Del propietario de la empresa periodística El Mercurio y heredero de un clan familiar que se asentó en los grandes negocios de nuestro país y, por cierto, en el diario de mayor gravitación política, como debemos reconocerlo.

Pero no soy de los que piensa que Agustín Edwards Eastman es un personaje “controvertido”, como lo han calificado en estas horas muchos medios de comunicación y entrevistados. No soy de los ponderados que hoy despliegan todo su hipocresía y oportunismo. Soy, sin duda, de lo que creen que se trata de uno de los agentes más siniestros de la dictadura militar, como de un personaje que, antes de servir a Chile, como algunos dicen, dedicó su vida a colaborar con el Imperio,  la hegemonía estadounidense en el mundo, como con los regímenes de facto más repugnantes del Planeta.

Se trata, al mismo tiempo, de un inescrupuloso empresario que corriera terriblemente asustado a los Estados Unidos a demandar la intervención de este país para desestabilizar al gobierno de Allende e instalar en el mando político de la nación a Augusto Pinochet, acaso el personaje más favorecido por la inconsistencia democrática de Edwards y El Mercurio que siempre le sirvieron de plumarios. Como defensores irrestrictos de sus violaciones sistemáticas de los Derechos Humanos, además de partícipes de los montajes criminales más luctuosos de la Dictadura, de la DINA y la CNI.

Público es el reconocimiento que recibiera un millón de dólares de la CIA para financiar las operaciones de su Diario contra la Unidad popular y el gobierno de Allende. En todo un conjunto de embustes que hasta hoy signan a este Diario como el más mentiroso, como el gran defensor de los poderosos del país que siguen posicionados de la economía, la política y la cultura. Toda una vil trayectoria que lo llevara a ser juzgado y expulsado, en el 2015, por el Colegio de Periodistas.

Nosotros tenemos la suerte de contar como editor general al periodista Víctor Herrero, quien ha hecho la biografía más completa de Agustín Edwards y su vida pública. La misma suerte, también, de conocer el magnífico libro que escribiera Mónica Echeverría acerca del entorno familiar de este personaje que tanto laceró la vida, por ejemplo, de su hermana Sonia y otros de sus familiares. Un texto que devela las deplorables conductas de Edwards en su ámbito privado. Así como la posibilidad que tuvimos de conocer, además, los archivos desclasificados por los Estados Unidos, donde queda constancia de su traición a patria y de los sobornos que recibiera desde el imperio.

En efecto, el retrato que podemos hacer de Agustín Edwards es el de un abominable sujeto que por su poder económico salvara del juicio que a personas como él se le hacen cuando los países superan las tiranías y consolidan efectivamente las democracias. Pero ¡NO!, lo que debemos agregar, también, es que Agustín Edwards fue un protagonista de la Posdictadura, un dilecto personaje de los gobiernos que sucedieron al de Pinochet. Un magnate comunicacional favorecido, como nadie, por los recursos fiscales destinados a la publicidad estatal, por la impunidad consentida por los Tribunales de Justicia que, al menos, debieron declararlo cómplice y encubridor de horrendas masacres y deleznables artículos de prensa para justificar estos crímenes o atribuírselos a las propias víctimas de la Resistencia.

Ya sabemos que en virtud de la política de “encantar a los medios tradicionales”, el gobierno del extinto Presidente Aylwin prefirió asesinar a la prensa democrática y condonarle las deudas al Mercurio que contrariar a don Agustín. Como hasta hace algunas semanas el candidato regalón de El Mercurio para suceder a Michelle Bachelet era, sin tapujos, Ricardo Lagos Escobar. Porque, en realidad,  a Edwards nunca le gustó Sebastián Piñera,  y en las reflexiones políticas del matutino se estimaba de menos riesgo que Lagos accediera nuevamente a La Moneda que exponerse a un advenedizo como Guillier o a la tensión social que provocaría la posibilidad de que la derecha vuelva al Ejecutivo. Aunque entre los referentes políticos del duopolio gobernante no existan diferencias muy marcadas, sino más bien la ilusión o la  candidez de algunos en cuanto se trata de opciones diferentes.

Es evidente que en Edwards no se pueden descubrir los talentos  o ideas  propias de quienes poseen o dirigen los más influyentes medios de comunicación. Sus biógrafos dicen que más bien se trataba de un sujeto oscuro, mal hablado, nunca tan hábil como sus predecesores en los negocios, aunque astuto, ladino, como desnudo de normas éticas. Muy parecido, en este sentido, al rústico Pinochet, aunque don Agustín tuvo la suerte de educarse en Londres y en Estados Unidos, de hablar mejor el inglés que el castellano y  rozar tangencialmente la cultura en sus múltiples viajes y estadías en el extranjero. Coleccionista de libros, más que un buen lector, a no ser de aquellos textos taurinos o referidos al rodeo, que fueron sus grandes aficiones.

Por lo mismo que no se conoce nada o casi nada legado por su propia pluma, es que Edwards discurriera reclutar a tantos columnistas en su diario. Entre ellos, a un grupito de “intelectuales de izquierda” que, poco a poco, quizás por el simple hecho de familiarizarse con el Diario, han ido encantándose con la ideología neoliberal y la democracia acotada,  para paulatinamente desvincularse de las convicciones socialistas y vanguardistas que antes profesaron… Y allí siguen y, desde allí, se constituyen ahora en el peor astilla contra la justicia social, la equidad, la soberanía popular y la hermandad con nuestros países vecinos y hermanos. Verdaderamente, consolidados en sus espacios, pero obnubilados, además, con la idea de aparecer en la Vida Social del Diario, en esto que Allende advertía que era uno de los principales defectos de los chilenos: su arribismo social.

Ojalá su muerte haga descansar a Chile y El Mercurio siga existiendo como el gran referente que es de los intereses que hay que neutralizar y que un país digno debiera también sepultar algún día.  Partidarios, como somos, de la diversidad informativa que él, sin embargo, siempre despreció.

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