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Año IX, 16 de diciembre de 2017

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Ricardo Farrú

La izquierda chilena. ¿Una entelequia de la derecha?

Ricardo Farrú | Domingo 28 de mayo 2017 15:34 hrs.

La derecha chilena, siempre más hábil que inteligente, ha logrado construir imágenes y pensamientos en la opinión pública chilena a través de la manipulación y cuidada desinformación de sus medios de prensa, de manera tal, que el ciudadano promedio, con poco acceso a otras fuentes que no sean la del duopolio informativo o de la aguachenta y tibia respuesta de la dizque pluralista televisión estatal, asume por verdaderas y reales.

Posverdad es el término de moda en el mundo actual. En el mundo pre Segunda Guerra Mundial se llamaba “miente, miente, miente que siempre algo quedará. Mientras más grande sea la mentira, más gente la creerá”, frase creada por el cerebro de la propaganda nazi, Joseph Goebbels, vale decir, términos nuevos, manipulación antigua.

Una de las pruebas fehacientes de que esta posverdad existe es la imposición de una “verdad irrefutable”: en Chile habría una izquierda ideológicamente sólida, coherente y cohesionada.

Todos los medios y los políticos de derecha hablan a diario sobre las desgracias que le ha traído al país este gobierno de “centro-izquierda”. Nos repiten hasta el cansancio que, al interior del Gobierno, la izquierda de corazón revolucionario, fundamentalmente el Partido Comunista más unos pocos, muy poquitos del Partido Socialista y uno que otro militante utópico del PPD han logrado que Bachelet y todo su equipo ministerial hayan virado brutalmente hacia una cuasi dictadura tipo chavista.

Y en esa frase se nota lo profundo de la manipulación goebbeliana o posverdad como se dice actualmente, ya que la izquierda chilena y me refiero a la estructurada ideológica y orgánicamente, desapareció hace rato y no queda de ella más que palabras altisonantes, gestos vacíos como el de la mano empuñada o la repetición de frases de Marx, Lenin y, de parte de los más modernos, algunas construcciones semánticas de Gramsci.

La izquierda no es un invento utópico que nace a partir de algunas mentes afiebradas, sino que es la consecuencia natural de las profundas desigualdades, de la miseria abierta o escondida, de las muertes por falta de atención médica a tiempo, por la apropiación de la riqueza producida por la fuerza de trabajo a costa de pagar salarios miserables y pensiones de hambre, es la consecuencia de construir un país ex profeso lleno de analfabetos funcionales y de endeudados de por vida para estudiar carreras sin otro destino que el de enriquecer a los dueños de los colegios y universidades privadas.

La izquierda es la contraparte a los dueños de la salud, de la educación, de los empleos; agrupa a todos quienes se oponen, no quieren y no pueden seguir viviendo en un mundo dominado por los dueños del capital. La izquierda reúne a quienes buscan transformar nuestra actual forma de vida. La izquierda existe para el cambio.

En Chile, curiosamente, y a pesar de tener una fuerte base de descontento nacional frente al sistema, una parte importante de las cúpulas dirigenciales de quienes hasta ayer representaron los intereses de la izquierda se fundieron, asimilaron y rindieron frente al gran capital.

Es cosa de ver los resultados de los cuatro gobiernos de la Concertación y el actual de la Nueva Mayoría, que es igual a los anteriores incluso con la presencia del PC.

¿Cambios desde el 90 en adelante? Claro que sí. El mundo avanza y nosotros con él.

¿Cambios estructurales al modelo neoliberal imperante en nuestro país?

Ninguno que valga la pena mencionar, más allá de haber terminado con los senadores designados y con los asesinatos, las desapariciones y el horror de la tortura, pero no hay nada que haya tocado de verdad y profundamente la base del sistema, ni la constitución del 80, ni la salud, ni la educación, ni las jubilaciones, ni la real dependencia de las FFAA y de Orden y para qué hablar de las empresas de bien público privatizadas de mala manera durante la dictadura algunas y otras durante nuestra pseudo democracia después.

La “renovada”  izquierda orgánica chilena se sumó con inusitada alegría y fuerza al carnaval neoliberal, renunciando al cambio y preconizando solo reformas y “pragmatismo”, y transformándose en una entelequia construida a través de la manipulación mediática de la derecha, renunciando a ser una real fuerza de cambio para remecer las bases de un país abrumado por un modelo que sólo deja respirar libremente a los dueños de este fundo llamado Chile S.A., aunque en realidad debería ser llamado nuevamente Reyno de Chile, por su condición de feudalismo moderno y escondido.

Pero la derecha política y la derecha económica tiene una necesidad fundamental de esta izquierda posverdadérica, fundamentalmente porque le es funcional a sus intereses, que no son otros que mantener el modelo tal y cual está sin cambiarle un punto o una coma, pero al mismo tiempo apareciendo ante la opinión pública como modernos y dispuestos a mejorar las condiciones generales de vida de los ciudadanos, lo que en sí es otra mega mentira, ya que es justamente el modelo imperante el que impide que los chilenos podamos aspirar a una sociedad más igualitaria y, por ende, a una vida mejor.

La construcción es perfecta. Te regalo un cuco – la izquierda perversa, estatista y antiprogreso enquistada en la actual administración- y con ese cuco no tienen necesidad de revelar sus profundas intenciones, ni mucho menos su falta de modernidad ni la carencia de ideas capaces de conducir al país a un estadio de desarrollo superior, ya que su único norte es la acumulación de capital en el más breve lapso posible para sacar ese mismo dinero a paraísos fiscales impidiendo la recolección de impuestos para, curiosamente, mejorar el país que tan patrióticamente dicen defender y amar.

Esta posverdad también le está sirviendo a la derecha nacional para ocultar una transformación cada vez más evidente y desembozada: la derecha golpista no se horrorizó, ni se horroriza con los crímenes de lesa humanidad y eso se nota en el apoyo a los criminales del penal de lujo de Punta Peuco, pero sí se escandalizaba y rasgaba vestiduras ante los desfalcos, los robos y otras menudencias que afectaran el patrimonio privado y, a veces el público. Pero hoy eso lo encuentran absolutamente intrascendente y superfluo si los inculpados son de sus filas por delitos tales como cohecho, soborno, robo, colusiones descaradas o inversiones en empresas pesqueras peruanas en momentos en que el tribunal de La Haya cedía espacios marítimos chilenos a Perú, donde, curiosamente, la empresa más beneficiada es, justamente, la pesquera en la cual un presidente de derecha chileno en ejercicio invirtió para aumentar aún más su ya poderoso patrimonio personal.

El patriotismo y la decencia monetaria del capital chileno llega sólo a las palabras altisonantes si es que las ganancias están a la vista, porque al final del día lo que pesa es el negocio, no su trasfondo ético. Nadie alega, sólo defienden con argumentos pueriles y básicos mientras disparan sus cañones de humo sobre la entelequia de la izquierda chilena ideológicamente fuerte y sentada en La Moneda.

Bravo por la bella manipulación y tres hurras por los “patriotas” del duopolio desinformativo de la derecha económica chilena.

Y obviamente un aplauso cerrado a la izquierda de salón, con sus inversiones en las empresas que el país detesta, mientras se pavonea y enorgullece de sus olvidados símbolos, pero por sobre todo, porque ya carece de todo contacto con la realidad y es incapaz de ofrecer soluciones a una ciudadanía cada vez más empoderada y más consciente de que el camino en el que estamos ha perdido todo viso de viabilidad.

Y, si no creen esto, basta con salir a la calle, subir a un Transantiago, ir a los centros laborales, entrar a un consultorio de salud pública, para escuchar lo que realmente piensan los ciudadanos de este nuevo Reyno de Chile.