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Año IX, 20 de noviembre de 2017

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Mariana Zegers

Derechos de las mujeres

Mariana Zegers | Jueves 6 de julio 2017 13:20 hrs.

Los derechos de las mujeres están consagrados en los instrumentos generales del sistema internacional de derechos humanos, como la Declaración Universal, que proclama la igualdad de derechos sin distinción de sexo o género; la Carta de las Naciones Unidas, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales.

De igual modo, hay tratados y órganos centrados específicamente en el respeto de los derechos de las mujeres, entre los que destaca la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW). Este tratado entró en vigor en 1981, y define la discriminación contra la mujer como “toda distinción, exclusión o restricción basada en el sexo que tenga por objeto o resultado menoscabar o anular el reconocimiento, goce o ejercicio por la mujer, independientemente de su estado civil, sobre la base de la igualdad del hombre y la mujer, de los derechos humanos y las libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural y civil o en cualquier otra esfera”.

En Chile, nuestra república naciente del siglo XIX se fundó bajo los paradigmas de un pensamiento conservador y católico, donde el rol de la mujer se articulaba exclusivamente en torno al espacio familiar, a la esfera de la vida privada. Mujeres sometidas en lo legal al control de sus padres o maridos.

Uno de los hitos que debemos destacar en la historia de emancipación de la mujer chilena es la puesta en marcha del Decreto Amunátegui, en 1877, que abre las puertas de la Universidad a la mujer.  La educación se convierte en un medio de integración de la mujer en la vida pública; en la política, la intelectualidad y el trabajo. En 1887 dos adelantadas de su tiempo se reciben de doctoras, por primera vez en nuestro país: Eloísa Díaz y Ernestina Pérez. Sin duda, la educación es el principal instrumento de emancipación. Y sigue siendo una materia pendiente hoy.

Las mujeres profesionales de principios del siglo XX se organizan. Se inicia una lucha por modificar la desigual situación a la que se enfrentan en lo que a derechos civiles y políticos concierne. En este marco, la lucha por el derecho a voto comienza a perfilarse con este carácter fundamental y necesario. Aunque tuvieron que pasar casi cincuenta años para que la mujer pudiera votar en elecciones presidenciales y parlamentarias.

Las mujeres votaron por primera vez en la elección municipal de 1935, mismo año que nace el Movimiento Pro Emancipación de la Mujer Chilena, MEMCH, bajo la dirección de Elena Caffarena, en una convocatoria que llama a las mujeres de todas las clases sociales, sin distinción de creencias políticas o religiosas, para luchar por su liberación social, legal y económica (Fuente: Memoria Chilena).

De allí en adelante, se presentaron varios proyectos en el Congreso Nacional que abogaban por el pleno ejercicio de la ciudadanía de las mujeres, en las mismas condiciones que los hombres. Entre ellos, destaca el proyecto presentado por las abogadas Elena Caffarena y Flor Heredia al presidente Pedro Aguirre Cerda, en 1941; que no fue aprobado, pese a contar con apoyo presidencial. Sólo a partir de 1946, las campañas públicas a favor del sufragio femenino universal se incrementaron. Esto, gracias a las presiones de organizaciones feministas, como FECHIF Y MEMCH. Finalmente, en 1949 se promulgó el voto universal para las mujeres, durante el mandato de Gabriel González Videla. A partir de esa fecha, las diversas organizaciones feministas se movilizaron con el fin de promover la inscripción electoral femenina (fuente Memoria chilena).

No debemos olvidar, tal como afirma Diamela Eltit en su libro Crónica del sufragio femenino en Chile, que la trayectoria de conquistas sociales y de igualdad de oportunidades y derechos entre ambos sexos la han trazado grandes mujeres, líderes de un inapreciable valor cultural y social. Lamentablemente, muchas de ellas permanecen, cito, “ocupando el lugar del murmullo en los márgenes de la historia. Y esto origina una herida en la memoria colectiva. Una de las tareas que caracteriza al sistema democrático, es, precisamente, democratizar el conocimiento del pasado para así comprender más lúcidamente el presente y proyectar un futuro”.

Por eso, es importante recordar y reescribir esta historia, reconstruir la trayectoria social y pública de mujeres artistas, sufragistas, intelectuales, científicas, que vivieron en el siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX, y que muchas veces permanecen ocultas a la sombra de un célebre, o no tan célebre, hombre. Reconstruir este tejido es fundamental para las nuevas generaciones de mujeres que abogan por el reconocimiento de su identidad.

Las mujeres hoy se han emancipado, producto de la lucha que a lo largo de la historia tantas otras sostuvieron. En Chile contamos con varias: Eloísa Díaz, Isidora Zegers, Amanda Labarca, Elena Caffarena y Olga Poblete, solo por mencionar algunos nombres destacados. Gabriela Mistral, que obtiene el Nobel antes que existiera el sufragio femenino universal en nuestro país.

Ya en los atardeceres del siglo XX, no podemos olvidar a grandes políticas y activistas, como Gladys Marín y Laura Rodríguez. El rol emancipatorio de las mujeres se replica en la historia mundial; en mujeres como Simone de Beauvoir y Simone Veil, quien falleció hace pocos días y que fue sobreviviente de Auschwitz, figura de la política francesa, académica de la lengua e impulsora de la ley que despenalizó el aborto en Francia en 1974.

Terminamos esta locución con las palabras de Amanda Labarca, una de nuestras grandes feministas: “No abogo por un feminismo de superioridad, sino de equivalencias. No pretendo afirmar que todas las mujeres Sean víctimas Inocentes, ni que todos  los hombres olviden o ignoren sus responsabilidades (…) El objeto de mis palabras es otro: es crear una atmósfera de simpatía y comprensión hacia la mujer mal tratada, a la que Chile le está debiendo hoy la vida de muchos de sus hijos (…) varón y mujer tienen derechos correlativos” (Amanda Labarca).