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“Rigoletto” en el Municipal: Un ejemplo de seductora ópera actual

Enrique Morales Lastra |Lunes 17 de julio 2017 8:20 hrs.

Rigoletto 2

La tercera fecha oficial de la temporada lírica 2017, organizada por el principal teatro de Santiago, concierne al montaje que mayor sentido dramático, vocal y musical, se ha expuesto en el escenario de la calle Agustinas, en lo que va del programa regular. El juicio se fundamenta en la presencia del barítono rumano Sebastian Catana, también debido a la innovadora y compleja régie, de Walter Sutcliffe (pese al desorden de su engranaje), y por supuesto que, igualmente, a la dirección orquestal de la Filarmónica, encargada ahora a Maximiano Valdés, y a la versión sonora hecha por el maestro, acerca del clásico verdiano.

Claves:

“Además de lo negro, lo pardo oscuro y lo azul, quedaba otra opción, y llamarla roja sería demasiado eufemístico y demasiado optimista, pero era de un gris levemente teñido de aurora. Un triste color para una cosa triste, en la cual quizá había lugar para un payaso que se había hecho culpable del peor de los pecados en un payaso: despertar compasión”.

Heinrich Böll, en Opiniones de un payaso.

Los resultados de la puesta en escena del británico Walter Sutcliffe (1976), para esta interpretación de “Rigoletto” (1851), puede entenderse como el primer gran acierto particular y suyo, en la dirección general del Teatro Municipal de Santiago, por parte del francés Frédéric Chambert. Por primera vez, en efecto, es que podemos apreciar arriba del tradicional escenario capitalino, los presupuestos anunciados por el profesional galo cuando llegó al país, sobre lo relativo a recuperar los objetivos representativos y simbólicos, en las producciones y funciones preparadas por el recinto, como uno de los principales propósitos artísticos y de desarrollo en su corta gestión (asumió en propiedad recién durante el año pasado).

Apoyándose en las labores de iluminación del chileno Ricardo Castro, y de Kaspar Glaner en lo referente a la escenografía y el vestuario, el régisseur anglosajón preparó un montaje acerca del tradicional título verdiano, inspirado en los admirables fundamentos estéticos y dramáticos de esta pieza. Donde su canto de estilo declamatorio, la corte enmascarada y el destino fatal de los roles protagónicos, se relaciona con las características principales de la tragedia griega, centrándose tanto en la historia como en las singulares biografías de los papeles estelares del elenco.

En efecto, y a pesar de que el relato exhibido por el texto se despliega originalmente en el siglo XVI (se encuentra basado en un libreto teatral del francés Víctor Hugo), el tema de fondo es atemporal, teniendo como transcendental enfoque las contradicciones congénitas a las pasiones humanas, y su inserción estética y literaria en las visiones dionisiacas (festivas) y aciagas de la existencia, la preocupación por el destino del hombre y sus quiebres internos, y la pugna entre el bien y el mal, propios del modelo griego clásico, según se entiende una obra de dramaturgia de esta especie.

La régie de Sutcliffe, sin ir más lejos, y situándose en un contexto espacial y cronológico moderno, ahonda en las características de Rigoletto como un antihéroe y en su rol paradójico y su responsabilidad en la consumación de un desenlace funesto y absurdo, vencido por el cinismo y por la crueldad de sus contendores argumentales.

Más que abordar la complejidad femenina, y un ambiente que propiciaría la opresión en su condición de amuleto, tesoro afectivo e hija única del bufón, por parte de Gilda, la disposición de la escenografía enmarca a sus personajes en una teorización sociológica de acuciante actualidad, sostenida por los vínculos de enajenación y de subordinación, que una sociedad capitalista y “posmoderna”, brinda como única producción simbólica esencial a sus individuos participantes y objetos de consumo, en desmedro y reemplazo a su condición oculta y aminorada de ciudadanos.

Fueron paneles móviles, que se desplazaban dóciles y en un orden encomiable y a sincrónico tiempo, decorados con lo justo y necesario, pero con sumo y preocupado detalle, a efectos de identificar las escenas pertinentes, en el imaginario de los espectadores.

En la iluminación, predominaron, el contraste entre la oscuridad y ambientes psicológicos que traían a la memoria ocular las escenas desoladas, y al borde de la emocionalidad, del género trágico. El uso de actores profesionales al interior del reparto (como apoyo), si bien acertado con el fin de estimular la esencia dramática del montaje, resultó un tanto en entredicho por el dudoso efecto artístico obtenido, creemos, debido al desorden espontáneo y exagerado que evidenciaron estos movimientos coreográficos -en su diálogo con el resto de los cantantes-, y frente a la compañía brindada por los elementos del coro, en la oportunidad.

De ese elenco de actores teatrales, inéditos y echados casi siempre su presencia en falta, dentro de ese grupo, decimos, sobresalieron la idoneidad y las condiciones naturales de la joven Miriam Faivovich Killgus, y la asistencia atenta y diligente en los ensayos previos, de la productora Christine Hucke, según confesión de algunos miembros del cuadro internacional, a los que tuvimos acceso.

El paladar conservador del público nacional (encariñado en demasía con la utilería del cartón piedra y del poliestireno o plumavit), quizás no se haya conforme con los rasgos globales del trabajo de Sutcliffe, pero en su favor diremos que la puesta en escena de “Rigoletto”, observada en esta ocasión, se suma a esos espectáculos memorables que alguna vez fueron posibles de disfrutar arriba de las históricas tablas de la calle Agustinas, tales como “Peter Grimes” (en 2004), y “Otra vuelta de tuerca” (en 2006), ambas con música compuesta por Benjamin Britten, o de “Ariadna en Naxos” (montada en 2011), y en una partitura del alemán Richard Strauss.

La soledad y el arribismo del payaso, los anhelos, la sed de amor y la ingenuidad de Gilda (la hija del bufón), la corrupción, y los impulsos asesinos, utilitaristas y desenfrenados en abierta relajación, de una sociedad descompuesta en su matriz ética y moral, confluyen en esa propuesta del joven director de escena británico, que ofrecen un punto alto de sus ideas creativas y estéticas, en esta visita que ha efectuado y regalado, para la educación ocular y melómana de los operáticos añosos y reaccionarios (por culpa de una crítica autocomplaciente y amiga de las regalías y de las componendas), que se domicilian en la capital chilena.

Maximiano Valdés Soublette, por su lado, recreó la música firmada por Verdi con una dirección de brillante y madura calidad para expresar los matices más sutiles, así como los acordes de mayor dramatismo (abundantes en “Rigoletto”), imponiendo su perspectiva cerebral, antes que sentimental, de la dirección orquestal. Sus tiempos son constantes (en cuanto a su duración sostenida), y el uso de la mano izquierda lo reserva siempre a fin expresar un motivo netamente esencial. La poética de su batuta, se escuchó al servicio de las voces y de su coordinación con los demás concurrentes creativos de esta pieza: con las instrucciones dadas por el director de escena, y con las indicaciones enseñadas por el maestro del coro.

El barítono dramático rumano Sebastian Catana (en el papel de Rigoletto) aprovechó la generosidad ideológica y musical de Valdés, en el propósito de ofrecer su repertorio y talento, para vocalizar el dolor, la ternura, las ilusiones, y la decepción total y mortífera, dueñas del desgraciado bufón. Durante los tres actos, así, ofrendó la fuerza apreciable de su canto y el buen rendimiento obtenido en sus registros, especialmente en la zona grave. Su actuación, también, fue convincente, confirmando la experticia verdiana que lo define, y donde las emociones atragantadas de este argumento terrible, se manifiestan a través de voces con viril energía y notoria potencia acústica.

Los otros elementos vocales destacados en esta presentación de estreno (fechada el viernes 14 de julio de 2017), corresponde a la del tenor lírico chino Yiji Shi (quien encarnó al duque de Mantua). De mediana potencia y firmeza en la proyección de su voz, sin embargo, evidenció un aceptable dominio del registro medio y de apreciable belleza tímbrica en el agudo. El cantante asiático añadió en su regreso al Teatro Municipal de Santiago, los dones de su conocida prestancia actoral, en ese rol como un galán aristocrático, petulante, déspota, calculador, indiferente, poco sincero, y amigo del engaño y de la escasa virtud, y a quien le da igual poseer la castidad inocente de una virgen, o los labios expertos de una amante perita en los ejercicios amatorios. Un don Juan contemporáneo y eterno, sin duda.

El rol de Gilda, por último, abordado en esta presentación por la soprano española Sabina Puértolas (de idéntico apellido al de la famosa escritora y cuentista, de nombre Soledad). Con un registro de soprano lírica, su timbre se escuchó lleno y rico en su tesitura y coloratura, aunque de deficitaria extensión aguda y de volumen, especialmente en esa aria dedicada para su lucimiento “Caro nome”, gestada en la segunda escena del acto primero. La artista ibérica califica para ser llamada como una actriz de cuidado, a la que ayudan sus características tanto exteriores como las propicias a su gestualidad, movimientos y sentido de ubicación al interior de la escena

Una distinción especial en estas líneas para la presencia de la soprano nacional Pamela Flores Vargas, dentro del reparto de este “Rigoletto”, ofertado por la experiencia de Maximiano Valdés y por la juventud creativa de Walter Sutcliffe. La última musa del legendario director de cine chileno, Alejandro Jodorowsky, se encuentra en la plenitud de su instrumento tímbrico y vocal, y su fugaz aparición en el rol de la condesa de Ceprano, dejó con un gusto falaz y con ansias de escucharla mucho más, a un público que la aplaudió en reconocimiento a su entrega y a la espléndida forma en la que enunció la ornamentación compleja, conforme al fragmento que le correspondió cantar.