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Venezolanos votan pese al acoso exterior y la cobertura mediática

Patricio López |Lunes 31 de julio 2017 8:55 hrs.

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Hay una decisión evidente y concertada de provocar un quiebre en Venezuela, por sobre cualquier dato que pueda entregar la realidad. De otra manera no se explica que incluso antes de conocerse los resultados de la masiva participación, o quizás por eso mismo, un grupo de gobiernos de la región, los más cercanos a Estados Unidos -entre ellos Chile-, emitieran una declaración desconociendo los resultados y poniéndose, en los hechos, con la desestabilización.

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La situación de Venezuela luego de la crisis política, los intentos de desestabilización y la masiva convocatoria a la votación de los 545 representantes de la Asamblea Constituyente este domingo, debería llevar a una reflexión profunda y necesaria, sobre la naturaleza de los problemas que enfrenta ese país y sobre la incumbencia que esto tiene para todos los latinoamericanos, incluyéndonos por cierto.

La tarea no es sencilla. No solo porque el presente venezolano induce a posiciones en blanco y negro: también debemos lidiar, especialmente en el caso chileno, con una cobertura grosera que tergiversa descaradamente la realidad política y social de ese país. Lo hace, muchas veces, del mismo modo que cuando cubre las movilizaciones de las demandas sociales en Chile: haciendo de la foto puntual la verdad general, como aquella que aparece en la portada de La Tercera del lunes, que es la misma de El País, donde muestra un atentado realizado por la oposición contra un grupo de motoristas policiales, para acompañar titulares donde afirma que la violencia es responsabilidad del Gobierno.

Es parte de lo que vimos en los últimos días: los previos al proceso electoral, que para la oposición y sus poderosos aliados internacionales debía traducirse sí o sí en la caída del Gobierno, generó el efecto contrario: la cohesión del Chavismo y una exhibición contundente de movilización en las urnas. Desde muy temprano, y sobreponiéndose al temor de la violencia, los votantes concurrieron masivamente a votar, con largas filas en los locales de todo el país, como lo acreditan numerosos reportes espontáneos que desmienten a los grandes medios.

La presidenta del Consejo Nacional Electoral, Tibisay Lucena, anunció en la noche de este domingo que la participación fue del el 41,5%, lo que equivale a 8.089.320 votos, una cifra muy por encima de lo esperado. De hecho, las circunstancias obligaron a las autoridades electorales a prorrogar el horario de funcionamiento de los centros de votación. La masiva concurrencia no se explica solo por el interés en elegir representantes a la Asamblea Constituyente, sino porque se comprendió la importancia política que esta jornada tiene para la construcción de los escenarios futuros.

Las cifras y la realidad, si dejamos a un lado las manipulaciones, demuestran que hoy el Ejecutivo tiene más respaldo que la oposición, y que por lo tanto no es sostenible el argumento de que está en el poder contra la voluntad del pueblo.

Con este corolario, el esmero por restar toda legitimidad al Gobierno y, con ello, justificar una intervención violenta, se ha derrumbado. Este escenario era previsible y es una de las razones por las cuales había premura en generar la desestabilización antes de la jornada del pasado domingo.

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Dicho esto, hay una decisión evidente y concertada de provocar un quiebre en Venezuela, por sobre cualquier dato que pueda entregar la realidad. De otra manera no se explica que incluso antes de conocerse los resultados de la masiva participación, o quizás por eso mismo, un grupo de gobiernos de la región, los más cercanos a Estados Unidos -entre ellos Chile-, emitieran una declaración desconociendo los resultados y poniéndose, en los hechos, con la desestabilización.

Estados Unidos, y junto a él Chile, Perú, Colombia, México (la Alianza del Pacífico completa), y otros países afines como Panamá y Costa Rica, expresaron en declaraciones muy parecidas entre sí su rechazo a la elección de la Asamblea Constituyente. Entre macris, peñasnietos y kuczynskis, sorprende especialmente la posición del gobierno chileno y de sus autoridades. Estos días en Venezuela han tenido un molde muy parecido a las jornadas chilenas de septiembre de 1973: boicot de las trasnacionales y la oligarquía, desinformación de los grandes medios de comunicación, violencia sediciosa, intransigencia opositora, intervención de Estados Unidos, entre otras. Habiendo sido nuestro país y varios de sus actuales dirigentes en carne propia víctimas de lo que pasó, queda para un análisis de otra naturaleza el lugar en que el Gobierno se ha puesto en esta vuelta de la historia.

Todo este análisis no soslaya, por cierto, las dificultades actuales de la vida en Venezuela ni las legítimas críticas que se le puedan hacer al desempeño de un gobierno. Los problemas que ha experimentado el país se han traducido, por ejemplo, en que sectores de la clase media han dejado de apoyar al Ejecutivo, aunque eso no quiera decir necesariamente que les gustaría ver al MUD en el Palacio de Miraflores. Estas dificultades de la vida cotidiana, aunque se expliquen en parte importante por el boicot, deben ser enfrentadas con renovados bríos. Debe tenerse en consideración, eso sí, que los sectores populares siguen siendo fervientes partidarios del Chavismo, puesto que reconocen en los últimos gobiernos a los que más han hecho por combatir la pobreza y la desigualdad.

En una perspectiva para la región, esta nueva contienda electoral, más allá de la foto oficial derechizada de la última cumbre del Mercosur e invitados, en Mendoza a principios de julio, supone otro revés para la consolidación del llamado giro a la derecha en el continente. La posición de debilidad de Temer en Brasil contrasta con la popularidad de Lula, a pesar de los procesos judiciales en su contra; el mal momento de Macri en Argentina deberá lidiar con la segura llegada al Senado de Cristina Fernández en las próximas elecciones legislativas; el descrédito absoluto de Peña Nieto en México y la reciente victoria de Lenín Moreno en Ecuador parecen ofrecer resistencia a una política regional que, por el momento, se acerca a Estados Unidos y promueve la firma frenética de tratados de libre comercio.

Como puede constatarse, hay tanto en juego en Venezuela que la situación local explica, solo en parte, la situación del país y las motivaciones de los actores en su devenir.