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Año IX, 18 de octubre de 2017

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Enrique Villanueva

38 años del triunfo de la Revolución Sandinista

Enrique Villanueva | Miércoles 2 de agosto 2017 7:48 hrs.

En los años 80 todavía éramos un continente, en gran parte, gobernado por dictaduras militares, las que controlaban a su antojo las instituciones y el estado, engendros cívico-militares, que fueron creados y financiados por Estados Unidos, para frenar el avance de gobiernos progresistas. Al mismo tiempo, eran épocas en las cuales los movimientos revolucionarios y democráticos, se organizaban en las luchas sociales, la resistencia política y armada a las tiranías, resistiéndose a vivir bajo la bota militar que empobrecía a nuestros pueblos.

Así surgieron las revoluciones sociales que marcaron un antes y un después en el continente, la revolución cubana en 1959 y la revolución nicaragüense en 1979. Hitos históricos que, en último cuarto de siglo, permitieron avanzar como nunca antes en la región de América Latina; en los derechos sociales y políticos de nuestros pueblos, en la práctica democrática, en la educación y cultura, en procesos de integración.

Para los chilenos el triunfo de la revolución nicaragüense hace 38 años, cuando aún vivíamos bajo la represión dictatorial, fue una inyección de esperanza y optimismo. Ocurrió en un periodo en el cual la derrota, el desánimo, la desorganización de la izquierda y del movimiento revolucionario, era el producto de la despiadada represión y persecución política.

Eso es lo que recordamos en este mes de julio (19), que después de años de luchar por su libertad, el pueblo de Sandino había quebrado los barrotes de hierro de la esclavitud, demostrándole al mundo que era posible derrotar al despotismo dictatorial. Eso, el triunfo revolucionario, significo, en esos momentos, un viraje importante en las formas de lucha para nuestros pueblos, en la organización político militar, estableciendo un decidido avance en la autodeterminación de los pueblos por su libertad.

Sera un tema debatible, pero lo que es objetivo, es que, sin las revoluciones ocurridas en nuestro continente, la revolución cubana en 1959 y la revolución sandinista en 1979, Latinoamérica hubiera seguido bajo la bota del atropello y el saqueo imperialista. A la luz de esos dos hitos, los pueblos latinoamericanos aprendieron a defenderse, vieron en esos ejemplos heroicos, que era posible luchar por sus derechos, su libertad y triunfar, fortaleciendo la organización y la movilización social que luego termino con las dictaduras

Todo eso, hoy, en un mundo que ciertamente es distinto al de las décadas pasadas, las revoluciones sociales se ven como un dato de la historia, lejanas, más aun, para generaciones educadas en un mundo abierto, globalizado, tecnologizado, un mundo neoliberal que, en su apariencia dulce, pareciera permitir el acceso de todos a sus ventajas y beneficios.

En este contexto y durante los últimos veinte o treinta años, las grandes empresas noticiosas, ramificadas por todo el planeta, fuertemente vinculadas a los grandes capitales financieros internacionales, nuevos dueños del mundo se han especializado en lo que Benedetti llamo, clases de amnesia. Haciendo olvidar y tergiversando, todos aquellos hitos históricos que han significado, en la historia de la humanidad y en particular en América Latina, avances significativos para el futuro y el bienestar de nuestros pueblos.

Pero, a pesar de ello, el olvido inducido no apaga la memoria, la que en algún momento nos retrotrae al pasado y golpea nuestras conciencias, frente a la realidad tal como es, haciendo imposible que se tiren al vacío tantos esfuerzos, tantas vidas entregadas por miles de jóvenes, que, en años de dictaduras, opresión y persecución política, lucharon y murieron soñando con crear un futuro más digno para las generaciones venideras.

Los latinoamericanos no podemos olvidar todo esto, por el contrario, tenemos el deber moral de dar a conocer la historia tal como sucedió, la revolución nicaragüense, como lo ha sido la revolución cubana, durante toda su existencia, han sido desprestigiadas, con mayor fuerza en estas últimas décadas, porque son el testimonio de lo que un pueblo hizo y puede hacer, cuando se organiza y lucha por sus derechos.

Quien puede garantizar, por el camino que vamos, construyendo un mundo regido por el éxito individual, como la meta ultima para alcanzar la felicidad, que funciona en base a los beneficios económicos y del mercado, con valores cada vez más lejanos de la esencia social y solidaria del ser humano, no repetir el camino recorrido hace treinta o cuarenta años. Eso nadie lo puede asegurar, cuando vemos que el poder de la codicia y la especulación, la prepotencia del poder, son hoy las causas de las grandes confrontaciones en el mundo, de la desigualdad social y del abandono de millones de seres humanos a su suerte.

Los logros de las revoluciones triunfantes son falseados porque son contrarios a la organización social y económica que se nos impone con la egida neoliberal, el sistema único por medio del cual, son organizadas nuestras sociedades en la actualidad, una organización socioeconómica que es contraria al sueño de libertad y bienestar de millones de habitantes de este continente, indio y mestizo.

A casi cuatro décadas del triunfo de la revolución nicaragüense, el 19 de julio de 1979, lo que no debe olvidarse, es que ésta triunfó y se construyó a pesar de la intervención norteamericana, imperio que entre 1981 y 1990 orquestó una invasión a través de miles de mercenarios. De la misma manera brutal, como lo conocemos hoy en Afganistán, Irak, Libia Siria, los gobiernos de Estados Unidos de la época, desplegaron su maquinaria política, militar y de inteligencia, organizando un ejército mercenario para hacer desaparecer al sandinismo del mapa, obligándoles por casi diez años a desangrar su economía para defenderse.

Muchos latinoamericanos llegamos a Nicaragua, a contribuir, médicos profesores, militares, profesionales de distintas áreas, hombres y mujeres, quienes tuvimos la posibilidad de aportar y aprender. Todos fuimos testigos y participes de como el pueblo nicaragüense construyo su revolución, siempre sobre la marcha, siempre en guerra, respondiendo a una agresión militar en escalada, implacable, una guerra que entre 1980 y 1990 desgasto su economía, y costo más de 60 mil víctimas entre muertos, heridos, mutilados y desaparecidos.

A 38 años del triunfo sandinista, el juicio de lo hecho, de los logros, errores, le corresponde al pueblo nicaragüense, es este el que puede decir si la revolución, sus luchas, le han llevado felicidad, porque las revoluciones se hacen por la dignidad y el respeto de todas las clases sociales y para conducir a sus pueblos por el camino del bienestar y no por la ruta del despojo, que es la que está sucediendo en nuestra américa en los últimos tiempos.

Pero, para los latinoamericanos, la revolución sandinista es un hecho real, que nos dejó grandes enseñanzas, totalmente validas en el siglo 21, el Frente Sandinista fue el que organizo y movilizó a todo el pueblo para combatir y derrotar a la dictadura de Somoza. En el FSLN confluyeron hombres y mujeres de todas las clases sociales, uniendo a todas las fuerzas del país, lo que se constituyó en una capacidad política y militar determinante. Unidad que facilito, además, crear un frente internacional de solidaridad en casi todo el mundo.

Para quienes estuvimos allí, formando parte del pequeño ejército loco, como lo describió Gabriela Mistral, con cariño, cuando apoyaba las batallas liberadoras del ilustre general de hombre libres, Augusto Cesar Sandino, recordamos siempre al pueblo hermano, valiente, en particular, a los que dejaron la vida por la libertad de su pueblo, escribiendo un capítulo, de una historia de la América latina, que aún sigue inconcluso.