Diario y Radio Uchile

Año IX, 20 de octubre de 2017

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Antonia García C.

Las palabras no sirven

Antonia García C. | Miércoles 9 de agosto 2017 7:22 hrs.

Habría que poder publicar nuevamente algunas crónicas de autores que vivieron en otros tiempos, no tan lejanos. Por ejemplo, “Vietcong”, de Clarice Lispector. Crónica publicada el 25 de abril de 1970 en el Jornal do Brasil. Ni falta haría cambiar palabras para marcar su actualidad. No se trata de esa lucha ni de esa guerra. Se trata, más bien, de un estado del mundo que perdura y de cómo hombres y mujeres se ubican en ese mundo.

“Uno de mis hijos me dijo: ¿Por qué a veces escribes sobre asuntos personales?” Así arranca, Clarice Lispector y refuta: “le respondí que, en primer lugar, nunca traté realmente acerca de mis asuntos personales”. Antes de precisar, quizás de conceder: “Ya hablé con un cronista célebre a este respecto, quejándome yo misma de estar siendo muy personal (…). Él dijo que en la crónica no había escapatoria”. El hijo escucha y responde: “¿Por qué no escribes sobre el Vietcong?”.

Sigue la cita:

“Me sentí pequeña y humilde, pensé: ¿qué es lo que una mujer débil como yo puede hablar sobre tantas muertes sin gloria siquiera, guerras que cortan de la vida a personas en plena juventud, sin hablar de las masacres, ¿en nombre de qué al final? Una bien sabe por qué, y queda horrorizada. Le respondí que yo dejaba los comentarios para Antônio Callado. Pero, de repente, me sentí impotente, de brazos caídos. Pues todo lo que hice sobre el Vietcong fue sentir profundamente la masacre y quedar perpleja. Y es eso lo que la mayoría de nosotros hace al respecto : sentir con impotencia rebelión y tristeza. Esa guerra nos humilla”.

Sin haber profundizado en este aspecto, no creo que Clarice Lispector haya sido pequeña ni humilde, ni débil, pero la crónica pone el dedo en la llaga. En una de las tantas llagas que nos aquejan. Esa sospecha que para algunos es certidumbre: las palabras no sirven. Aunque todas las escuelas del mundo proclamen lo contrario.

No se ganan luchas de liberación nacional con palabras. No se detienen guerras con palabras. No es posible detener golpizas con palabras.

Hoy. En otro país, en otra ciudad, en otro momento histórico (aunque esta noción habría que cuestionarla), alguien escribió: “Nos gobierna un grupo de tareas”. No es posible leer esa frase sin sentir un escalofrío. Algo que pone los pelos de punta. Porque es cierto. Uno siente que es cierto. La frase es mención directa a la desaparición, en Argentina, del ciudadano Santiago Maldonado (visto por última vez, hace una semana, durante la represión de Gendarmería en la comunidad mapuche Pu Lof de Cushamen, Chubut). Ayer hubo marcha, hoy conferencia de prensa, el viernes habrá otra marcha convocada, en Buenos Aires, a las 17.00 h. Nuevamente: dirección Plaza de Mayo.

Con una variante. Existe un Comité sobre Desaparición Forzada de Personas de las Naciones Unidas. Existe un protocolo sobre desaparición forzada de personas. Existe una convención internacional sobre desaparición forzada de personas. Textos. Leyes. Ratificaciones. Organismos. Profesionales. Expertos. Tesis. Libros. Una historia larga de denuncia y concientización. En pocos días, se conmemorará nuevamente el día internacional del detenido-desaparecido. Y sin embargo, aquí, allá, y más allá, y más allá de más allá, alguien, un ciudadano incómodo, puede desaparecer. Como si todo lo anterior y todo lo que acá no se cuenta, toda esa terrible experiencia acumulada, fuera lo mismo que nada.

“¿Por qué no escribes sobre Maldonado?” Podría preguntar, hoy, un lector que fuera, de algún extraño modo, un hijo. Su desaparición nos humilla. La impotencia nos humilla. Como nos humilla el estado de descalabro generalizado que padecemos, en este querido país, y en otros que también son queridos.

Y sin embargo la gente escribe. Gente que tiene ese oficio. Y otros que no lo tienen. Dichos y escritos desfilan. Se siguen. Se tapan unos a otros. Algunos tendrán la convicción de que la palabra siempre podrá más que un silencio.

Recuerdo, y muchos recordarán conmigo, con qué pasión algunos profesores de antaño creían en el poder de las palabras. Con qué cariño, con qué paciencia, iban recorriendo el aula marcando, corrigiendo alguna falta, alguna imprecisión. Con la singular creencia de que esa palabra podía hacernos libres. Ciudadanos libres de elegir el lugar que ocuparíamos en el mundo. Las palabras eran herramientas. Y cada uno, con ellas, podía llevar a cabo su propia lucha justa.

Qué difícil se ha vuelto aprender y enseñar hoy en día. ¿Quién se atreve realmente a hacerlo? Cómo decir –confesar– que una y otra vez nos vemos enfrentados a las mismas tragedias. Las palabras, entonces, no sirven. Nunca sirvieron. Quizás, los que mejor supieron expresarse, esos grandes oradores de otros siglos, lo sabían. Pero-no-había-otra-manera.

Algo de eso parece decir Clarice. Clarice Lispector. Pero puedo equivocarme y no me importa equivocarme. No es para servir que las palabras fluyen. Las palabras fluyen. Laten. Sienten profundamente la masacre. Lo mismo que los ojos se abren y se cierran. Y ven. Y lloran. O se mantienen secos y fijos. Sin propósito. Sin programa. Perplejos.