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Año IX, 20 de septiembre de 2017

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Maximiliano Salinas

Cincuenta años de la toma de la Universidad Católica

Maximiliano Salinas | Miércoles 16 de agosto 2017 7:37 hrs.

Esta toma de la UC merece una interpretación histórica muy preciosa, muy precisa. Se trata de un acontecimiento histórico chileno y mundial. No puede limitarse a una interpretación solamente institucional, menos intrainstitucional. Lo que pasó allí remeció la tierra. No fue sólo el paso de lo antiguo a lo moderno, de lo pasado de moda a lo renovado, de lo anacrónico a lo crónico. Eso sería verlo en forma exclusivamente lineal, académica. Lo que allí se desató fue la fuerza poética de la vida. Esto trasciende los dimes y diretes de los pasillos universitarios, incluso los espacios de la catolicidad.

La fuerza poética de la vida!

Ese 11 de agosto se concentró la energía incontenible del vivir y del convivir en justicia y paz sobre la tierra. La paz en la tierra, como la deseaba el inspirador del Concilio Vaticano II, el papa de origen campesino Juan XXIII. Con la toma de la UC se abrieron las ventanas de la iglesia para que entrara el aire libre a ventilar un mundo miedoso de la vida. Para que en la tierra brotara de nuevo la vida, la vida airosa, abundante para todos!

Con este clima alucinante se vivió la celebración de la noche del 10 de agosto pasado en la Casa Central de la UC. En medio de una lluvia torrencial -una señal de la vida incontenible- con la presencia y el habla de Mónica Echeverría, compañera de Fernando Castillo Velasco, y la presencia y el habla de Joan Jara, compañera de Víctor Jara. El rector y el artista, dos ausentes presentes. Con la presencia y el habla de la actual presidenta de la FEUC, Sofía Barahona, quien destacó la lucha por los derechos de las mujeres. Con la presencia y el canto ferviente del Quilapayún, capaz de remecer la tierra. Y, sobre todo, con la presencia y el habla de Miguel Ángel Solar, el portavoz de esta fuerza poética de la vida deslumbrante que nos iluminó para siempre desde el 11 de agosto de 1967. A los cincuenta años, con cincuenta años más, Miguel Ángel Solar continuó fustigando a la realidad, a la universidad, invitando a no quedar de espaldas a la vida de Chile, con sus dolores, sus enfermedades, sus necesidades desatendidas. Sin hacerle caso al frío de la noche, dejando a un lado su chaqueta, Solar invitó a reconocer la verdadera semilla del árbol plantado hace medio siglo. Que no pudo nacer de cero, sino con la savia de los antiguos profesores y médicos de la universidad, en la continuidad larga de la vida sabia. Miguel Ángel Solar llamó a no vivir en la derrota, en la desgracia -síndrome generalizado y lloriquento de elites chilenas y mundiales- sino en la certeza de la vida que no cesa, que no para, que no puede desaparecer, ni en este mundo ni menos en el otro.

Al día siguiente, el 11 de agosto pasado, tuvo lugar la celebración estrictamente académica de la toma de la UC, en el Salón de Honor de la Universidad Católica. Se echó de menos la presencia de los estudiantes, de la música, de la precariedad de la carpa empapada con la lluvia de la noche anterior. Creo que allí empezó a escaparse la vida, y a alzar el vuelo el búho de Minerva. La exposición mejor lograda, más calmada, y con explícito sentido del humor estuvo a cargo del profesor Juan Ochagavía, decano de la facultad de Teología después de la toma de la UC, en 1968. El perito del Concilio Vaticano II señaló que con el proceso de reforma la Universidad Católica se despojó no sólo de su monarquismo, de su clericalismo, sino que hizo llegar íntegro a Chile el espíritu histórico de su tocayo, el Papa bueno, y partidario creativo de la paz. La universidad otorgó más protagonismo a los laicos, a la colaboración académica entre profesores y estudiantes, y, acogió la vida y la poesía de América Latina, en las figuras prominentes de Helder Cámara y Pablo Neruda. Me pareció que un teólogo acertaba con el mejor análisis histórico de la espectacular toma del 11 de agosto de 1967.

Porque al final se trata de la vida misma.

Una visión estrictamente científica y social no parece arribar a la profundidad y a la sencillez de lo que se celebra en este cincuentenario. A los académicos especialistas en el ejercicio del derecho o de la sociología, en las formas históricas del poder, se les escapa la rotundidad de la vida con ganas, de la vida incontenible, de la vida simplemente. La toma de la UC fue parte de la irrupción de la fuerza poética de la vida, el clamor de la tierra por sus hijos, el clamor de los hijos por su tierra, en el apasionante siglo XX. Me parece que esto es esencial, lo que no puede desconocerse, lo que nadie, ni el más obcecado, puede inadvertir. Así se entiende que los protagonistas principales de la toma, aunque tuvieran circunstanciales responsabilidades públicas, no retuvieran ávidamente el poder de los poderosos de la tierra. Esta fue la fuerza histórica y espiritual del rector Fernando Castillo Velasco, del cardenal Raúl Silva Henríquez, y, por supuesto, del presidente la Federación de Estudiantes, Miguel Ángel Solar. Los tres calificados de soñadores, de volados, para quienes se les tornaba difícil emprender el arriesgado vuelo de la vida.

Creo que hoy es importante recordar las palabras dichas por Miguel Ángel Solar, el poeta, el soñador, al más poeta, al más soñador de los sueños de Chile, Pablo Neruda, al recibirlo en la Casa Central de la Universidad Católica en 1969, al borde del desborde de los sueños colectivos en 1970: “El amor es indivisible y el beso y la caricia son verdaderos si son gestos injertados en la ancha solidaridad, en la generosidad extensa de los hombres. Hay verdad en aquello de que para saber hacer la revolución, hay que saber hacer el amor, y que para saber hacer el amor hay que saber hacer la revolución. […]. [Los sueños individuales] serán plenamente maduros al incorporarse al sueño colectivo, a los profundos anhelos de todos los hombres, al sueño del pueblo de un mundo mejor, de un tiempo nuevo. […]. Un tiempo en que los hombres se entusiasmen […] por cultivar la tierra y para que el hijo del campesino que arrancó a la ciudad y formó la callampa, vuelva a su tierra natal a obtener el trigo y el vino. […]. Un tiempo verde, en que cada niño chileno aprenda de memoria al menos un poema de Neruda. […]. Un tiempo al rojo, sin Raphaeles, sin Mercurios, en que los hijos de Violeta canten la alegría de su patria […]. Todos los que obstruyen la construcción de una tierra nueva están en contra del pueblo, son enemigos de él y están condenados, tarde o temprano, a desaparecer. La juventud de hoy será libre si somete conscientemente su vitalidad al territorio y al pueblo que la vieron nacer, […].” (Miguel Ángel Solar, Pablo Neruda, Palabra de juventud y palabra de poeta. Santiago: Ediciones Nueva Universidad, 1969).