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Año IX, 18 de noviembre de 2017

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Hugo Latorre

¿Qué significaría para Chile un triunfo de la derecha?

Hugo Latorre | Jueves 24 de agosto 2017 6:27 hrs.

La cabra siempre tira para el monte, enseña el viejo decir. La derecha siempre hará lo que sabe hacer, lo que ha hecho en toda su historia y en todas partes donde alcanza el poder.

Lo que acontece con nuestro país es que por ser una sociedad en fase de desarrollo, aún bastante rezagado, un ciclo más de retraso- asumo que la derecha es inmovilismo y por tanto retraso, en una sociedad que debe ser  siempre  y cada vez más dinámica-, puede implicar una postración de Chile a largo plazo. Eso es lo preocupante.

La derecha dirá que ha representado el progreso para Chile; que durante todos estos años son ellos quienes han lanzado a Chile al estrellato en América Latina; dirán que nunca el país estuvo mejor que ahora, y eso es gracias a la economía de mercado y a la apertura al mundo de la economía nacional.

Sin embargo, no todo lo que brilla es oro. Es cierto que Chile ha tenido una fase  afortunada de crecimiento, luego de la “década perdida”, pero esta fase afortunada se debe a factores que no corresponden al esfuerzo productivo cónsono con el desarrollo moderno ni con la creatividad y competitividad de nuestros empresarios o nuestros estadistas.

Tuvimos la fortuna de contar con altos precios de las materias primas por una década, lo que permitió crear la idea de una “década prodigiosa”, opuesta a la década perdida, donde el endeudamiento externo fue el heraldo negro. Pero los sucesivos gobiernos han contado con acciones que llevaron a profundas crisis y a salidas casi titánicas, emulando el mito de Sísifo.

Crisis de 1975 (ajuste económico recesivo); crisis 1982-83(devaluación y ajuste  recesivo); 1990-92 (moderado ajuste levemente recesivo por el “tequilazo”); 1998 (crisis asiática, recesión de 6 años); crisis de 2008 (subprime, recesión de 18 meses); 2013-2017 crisis europea y caída de las materias primas (vamos a completar 4 años de recesión)#

Todas las políticas desarrolladas por Chile, desde el régimen neoliberal militar hasta ahora, son de corte capitalista liberal con total apertura a los mercados externos y con absoluta discreción para las iniciativas empresariales nacionales como transnacionales, por tanto no se puede argumentar que las variaciones de políticas están detrás de esta variación de resultados económicos.

La política de los consensos ha dominado el escenario desde la salida de la dictadura, por tanto la única intentona de cambiar a políticas socialmente más audaces lo constituye el actual gobierno de Bachelet, pero bien sabemos que el Parlamento se encargó de neutralizarlas (reforma tributaria, laboral,  etc.). En todo caso, las bases económicas del modelo han permanecido intactas en sus sesgos de acumulación oligárquica y de estructuración oligopólica durante los últimos 40 años.

La condición extremadamente concentrada del aparato productivo y de consumo chileno, representa esa arista que abona la postura  “empresocéntrica” de nuestra realidad. La carga tributaria ha sido mínima para los empresarios y los incentivos a la acumulación y uso de recursos del ahorro nacional (incluso del trabajo) por parte del sector financiero e inversor, hace que la lógica de funcionalidad centrípeta se salga de la media nacional de ingresos a niveles tan enormes que nos pone en el índice de Gini (mide desigualdad) con la cota más elevada, luego de México.

En consecuencia, no ha habido bandazos de política económica, detrás de los resultados en la economía chilena. Todos los gobiernos, desde el retorno a la democracia, han sido de tinte derechista, pro-empresarios y restados a toda reivindicación social, las que están a la vista, de puro ausentes que están.

El empresariado chileno ha sido bastante nulo en la creación de áreas de nueva economía. Se han dedicado a explotar las transferencias de recursos que el Estado les ha regalado y si uno mira la historia de medio siglo, no ha existido ningún cambio estructural ni estratégico de la economía nacional, con excepción de los últimos desarrollos en energía renovable (solar y eólica) que, por demás, se hacen con propuestas desde el sector público y contratos privados.

Las otras áreas que han sustentado el modelo en los últimos 40 años han sido la explotación elemental de los recursos naturales, sin agregar valor; el consumo masivo de artículos importados (retail) y las empresas inmobiliarias, que drenan la acumulación excedentaria  hacia la inversión en segundas viviendas o viviendas de agrado, tanto como las de alquiler.

Estos han sido los motores de una economía que, dados los parámetros internacionales, se percibe incompetente, rezagada, decimonónica y sustentada en bienes menguantes.

Una economía en la que casi el 50% de la inversión es responsabilidad del sector minero, de explotación extractiva de submateria prima, ya habla de la regresión en la calidad del desarrollo nacional. Una sociedad que invierte con ese sesgo en materias primas, define su futuro sobre ingresos bajos en el trabajo, sobre acumulación excesiva en pocas manos (típico de la minería) y decaimiento de las demandas tecnológicas y de competencia inteligente.

La derecha tuvo la fortuna con Piñera de asumir el poder luego del terremoto del 2010 y de gobernar durante la última fase de las altas inversiones mineras (comienzan a caer el 2013), lo que le valió un impulso enorme en las inversiones de reconstrucción, lo que vino a representar al menos 2,5 puntos más del crecimiento del PIB durante 2012 y 2013; esa situación es difícil que se repita en una segunda fase, lo que hace que el horizonte de crecimiento para la etapa 2018-2022 no supere la expectativa del 3% de crecimiento del PIB, siempre y cuando el cobre y otras materias primas experimente una nueva fase expansiva en ese período (situación bastante posible).

Lo definitivo, es que si gana la derecha, podrá mantener la inmovilidad del esquema actual de acumulación, y eso representa posponer los cambios estructurales de la economía hasta un tiempo que puede ser tarde para abordar los desafíos del mercado internacional, con soberanía de programas y con búsqueda efectiva de un desarrollo soportado en capacidades nacientes. No podemos seguir actuando con el provincianismo resignado de país rezagado y obtuso. Los gobiernos y el empresariado pueden, junto a las universidades, abrir ventanas hacia otro desarrollo, que aborde los temas del futuro con seguridad en sí mismo y con capacidad de condensar voluntades y recursos para dar el salto ineludible hacia el mañana, mañana que viene tan cargado de desafíos y de nuevas realidades, realidades que requieren hombres capaces, flexibles, de mente abierta y acogidos por una sociedad que los alienta, protege y eleva a niveles superiores de humanidad.

# Llamo recesión, no al crecer negativamente (PIB negativo), sino crecer muy lentamente y por debajo del potencial instalado. Hubo años en que el crecimiento fue negativo como la crisis de 1975 y la de 1982-83; las otras crisis han sido de crecimiento muy por debajo del potencial de la economía.