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Año IX, 18 de noviembre de 2017

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Juan Pablo Cárdenas S.

Elecciones bajo la misma “camisa de fuerza”

Juan Pablo Cárdenas S. | Lunes 6 de noviembre 2017 7:45 hrs.

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Entre todos los reproches que se hacen los candidatos presidenciales está el de no ofrecer claras definiciones programáticas o anunciar realizaciones sin precisar de qué forma se proponen financiarlas. Sin embargo, la verdad es que importa bien poco lo que éstos se propongan hacer a la hora de que los ciudadanos definan por quien votar. En la propaganda electoral se hace muy difícil descubrir lo que proponen los candidatos, y se nos ocurre que la inmensa mayoría de los que van a votar no están muy dispuestos a leer mamotretos de 455 páginas o aquellos “compendios” que no alcanzan a ser un relato estructurado, como a constituir un compromiso formal frente al país respecto de lo que se proponen hacer en caso de llegar a La Moneda.

El sufragio estará, una vez más, determinado por las orientaciones ideológicas de los candidatos, como por los referentes que lo apoyan. Incluso por factores que tienen que ver con las oportunidades que tengan éstos de aparecer en los medios de comunicación y financiar sus campañas: de allí que el haber sido periodista, artista o animador de la televisión le da ventaja hoy a algunos postulantes que apenas vienen llegando a la política competitiva. Sin soslayar que la fortuna económica que hayan alcanzado pueda ser más convincente que sus respectivas trayectorias, en un país el que el exitismo o el consumismo ya incorporados al ADN de nuestra “alma” nacional.

Pero un programa de gobierno, en realidad, tampoco es tan importante cuando el primer acto que realizan los presidentes electos es, invariablemente hasta aquí, el de jurar por la Constitución y prometer el respeto irrestricto de las leyes vigentes, lo que equivale de inmediato a ponerse la camisa de fuerza de nuestra institucionalidad. Esto es, reconocer la autoridad suprema del Tribunal Constitucional, o  la imposibilidad de realizar una Asamblea Constituyente si el Parlamento no la aprueba con un quórum prácticamente imposible de alcanzar. Así como aceptar, además, el estado subsidiario, los impedimentos del Poder Ejecutivo de ejercer un papel rector en la economía, emprender por sí mismo actividades productivas y recaudar la tributación necesaria que le permita realmente cumplir aquella promesa tan recurrente como la del “crecimiento con equidad”.

Por lo mismo es que los gobiernos de la posdictadura han sido todos “a medida de lo posible”, es decir de lo que les permitan el sistema neoliberal vigente, los intereses creados de las grandes empresas y sus poderes fácticos. Además de lo que les toleren las FFAA, cuyos irritantes privilegios previsionales, presupuestarios y tantos otros se han prolongado por todos los años seguidos a su dictadura castrense. Es decir, por más tiempo,  todavía, que aquellos fatídicos 17 años.

Todo lo anterior explica el desencanto, el descontento popular, que los políticos desde sus cúpulas son incapaces de observar. Cuando las puras cifras de abstención debieran tenerlos realmente abochornados y a muchos haberlos inhibido de volver a postular a los diferentes cargos públicos que se definirán luego, ya, en la que ya llaman una nueva “fiesta de la democracia”. Ministerios, subsecretarías, bancadas parlamentarias, embajadas y otros que ya no son instancias de servicio público, sino uno de los botines más apreciados de la actividad político competitiva. Cuando un diputado puede llegar a ganar todos los meses más de 20 veces el salario mínimo o, incluso, promedio de todos los trabajadores del país.

Todo esto explica, asimismo, que tengamos candidatos que se declaran “independientes”, lo que es muy distinto a no tener militancia partidaria.  Postulantes, por lo mismo, altamente pragmáticos, dispuestos a navegar a la deriva de lo que marcan las encuestas y, lo más trágico de todo, a lo que convengan sus operadores políticos. Es decir, estos sujetos caracterizados tan solo por su gran destreza y movilidad entre una asesoría y otra; o para desplazarse de un ministerio a un municipio dentro de ese marasmo de siglas que constituyen la administración pública. Por supuesto, sin que importe un bledo su formación, capacidad o propuesta, sino solamente su afán de medrar para ellos y sus colectividades, como olfatear a tiempo los nuevos aires del poder.

Lo mismo que explica, además, que nuestro país se haya convertido en la embajada más austral de la Casa Blanca, del Pentágono y del Fondo Monetario Internacional. Que hayamos perdido toda esa vocación latinoamericanista de antaño, cuyo impacto más patético son esos inmigrantes que llegan al país en el convencimiento que da lo mismo, pero sin tantos riesgos,  avecindarse aquí que en los Estados Unidos. Quienes están padeciendo, ya, el racismo de tantos desquiciados que los discriminan, explotan y  agreden cotidianamente. Incluso si son europeos, los que a poco de estar aquí, descubren que aquellos estados “de bienestar” que dejaron  eran y siguen siendo capaces de garantizarles un nivel de vida superior al nuestro. En que la educación, la salud, la vivienda y otros derechos son efectivamente gratuitos y las pensiones alcanzan para jubilarse dignamente.

Solo unas pocas voces disidentes se atreven a desafiar en sistema que nos rige, exponiéndose al desdén de los demás candidatos y al sarcasmo de los medios de comunicación. Incluso de aquellas mediáticas figuras que, aun sin tragarse la ficción de nuestro régimen democrático y representativo, disfrutan  también, cual monos enjaulados, del “orden imperante” y de las golosinas que reciben de los verdaderos dueños del país. Comunicadores que, por supuesto, ya  se aprestan a reconocer solamente los votos “válidamente emitidos” para proclamar a los vencedores, aunque la mitad o más del país se mantenga al margen de los procesos electorales.

Despreciando, desde luego, las razones de los desencantados, de los que se resisten a hacerse parte de estos shows electorales, de los que protestan en la Araucanía, en los puertos, en las universidades y establecimientos educacionales. Un estado de malestar que lleva crecientemente a muchos chilenos a adscribirse a las organizaciones sociales de hecho. Que a esta altura del desencanto y la corrupción de las autoridades, por cierto, reclutan más voluntades y activistas que todos los partidos políticos, la CUT y otras organizaciones convertidas en verdaderos fantasmas o rémoras del pasado.

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