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Año IX, 14 de diciembre de 2017

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La fúnebre fiesta electoral

Paula Campos |Viernes 17 de noviembre 2017 12:30 hrs.

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Alejados de los grandes escenarios como la Alameda o el Estadio Nacional, los candidatos de hoy cierran sus campañas entre amigos, convencidos de que para ganar necesitan poca votación, la de sus cercanos. Al otro lado de la escena y frente a un televisor, la mayoría de la población nacional mirará como otros, nuevamente, definen su futuro, el de su familia y el del país.

Acostumbrados a los masivos “cierres de campaña” presidenciales que enmarcaron las elecciones locales durante la década del 90, la desolación de los nuevos actos sobreviene como el correlato perfecto para el estado de salud de nuestra sociedad.

Teóricos políticos han estudiado dedicadamente el tema de participación electoral, votos voluntarios y obligatorios, todos llegan más o menos a las mismas conclusiones: los electores acuden a votar si el costo por hacerlo es inferior a lo que recibirán en beneficio de ir a las urnas. Dicho en castellano, si la ciudadanía siente que algo puede hacer con su voto, no le va a importar cuánto le cueste, irá a votar.

Si este análisis lo contrastamos con lo que en 2015 publicó el medio argentino Infobae, podemos dar con el resultado de la ecuación: Chile es, según los datos del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA), uno de los países con menos participación electoral en el mundo. Las cifras corresponden a la última medición del Instituto y, se basan, en el 58 por ciento de abstención de las elecciones presidenciales de 2013, las primeras con voto voluntario.

Politólogos locales han estudiado el fenómeno. Consensuado es que las elecciones de 1988 son un momento único de la democracia nacional. Tal como lo señala Mauricio Morales, lo que ahí se jugaba la ciudadanía era poner término a la dictadura de Pinochet. De ahí en más, durante el noventa, los chilenos siguieron confiando en que con el voto algo cambiaba, sin embargo, algo se estaba gestando en el corazón de este país.

“Esa participación se fue deprimiendo con el tiempo, y antes de la implementación del voto voluntario llegó al 60%”, sostuvo Morales para explicar el por qué se tomó la decisión de implementar un voto que borrara las barreras de acceso. El diagnóstico elaborado en 2004 por la presidencia de Ricardo Lagos era que los jóvenes no se estaban inscribiendo en el Servicio Electoral en respuesta a la apatía del trámite, pero a la generación del “no estoy ni ahí”, no solo le molestaba la inscripción…

Votación voluntaria: ¿la gran culpable?

Hoy es común oír a los defensores del voto voluntario asumir los errores y decir que hay que volver al sufragio obligatorio. Por qué, Ansolabehere e Iyengar sostienen que “mientras más gente vote, más legitimidad tiene todo el sistema”, entonces ¿qué de legítimo tiene una elección en la que más de la mitad de los ciudadanos con derecho a voto se resta de participar?

Pero retornar el sistema antiguo, el obligatorio, donde hay un castigo por no votar, ¿mejoraría las cifras?, pensarlo como una única solución es desconocer que la participación política nacional se hipotecó mucho antes del 2004.

Da lo mismo por quien vote, total tengo que trabajar igual”, más de alguno de nosotros ha oído esa frase, principalmente son los más pobres de la sociedad, esos que en las décadas del 60 y setenta hicieron crecer históricamente la participación política, los que hoy se sienten menos representados por la democracia. Sumidos en la pobreza, el sobreendeudamiento, el estrés cotidiano de un país tan exitista como el nuestro, levantarse a votar parece ser un costo demasiado alto para los beneficios que reporta. La ausencia de educación cívica, recientemente estudiada por la Unesco, suma a esta sopa de desafección política nacional. Según el Estudio Internacional sobre Educación Cívica y Ciudadanía, la mitad de los estudiantes chilenos (también colombianos, mexicanos, peruanos y dominicanos) no logran demostrar algún conocimiento específico y comprensión sobre las instituciones, sistemas y conceptos cívicos y de ciudadanía.

Si a esto le sumamos la confianza en la democracia y cómo en la última década ha caído por el despeñadero, la abstención electoral aparece como una consecuencia lógica posible en un sistema viciado y corrupto.

Por qué alguien que vive para pagar deudas, que trabaja doce horas por día, que pierde más de dos horas en el transporte público, que no ha tenido nunca educación cívica y que, además, ha visto cómo políticos de diferentes sectores se coluden con grandes empresarios para enriquecerse a costa de los recursos naturales y financieros de todos los demás, querría ir a votar este domingo. La pregunta es difícil de contestar.

Al otro lado de la escena y jugando con uno de los contra-argumentos del voto voluntario, (ese que plantea que en algunos casos, los candidatos pueden usar campañas negativas, desincentivando a los votantes moderados e intentando ganar sólo con el apoyo de sus votación dura, con una baja participación del resto de la población), los competidores concluyen sus campañas rodeados de amigos, en restaurantes o sedes improvisadas, dejando de lado los grandes escenarios de antaño como la Alameda o el Estadio Nacional. Hoy nadie llenaría esos reductos, lo más grave es que no les importa hacerlo, la fórmula es perfecta: en el actual escenario nacional, votan los más ricos o los más informados, o los que –de alguna u otra manera- piensan que su voto en algo influirá, mientras que el resto, la mayoría del país, se vuelve invisible, más que invisible un espectador que mira por la tele cómo otros, una vez más, definen su futuro, el de su familia, el del país…