Diario y Radio Uchile

Año IX, 14 de diciembre de 2017

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Maximiliano Salinas

Una bruja me dijo que mi signo es el sur

Maximiliano Salinas | Lunes 4 de diciembre 2017 12:18 hrs.

“Nosotros ensoberbecimos a ese Norte con nuestra inercia; nosotros estamos creando, con nuestra pereza, su opulencia; nosotros le estamos haciendo aparecer, con nuestros odios mezquinos, sereno y hasta justo.”

Gabriela Mistral, El grito, 1922

Esta elección presidencial de 2017 no es para nada cualquiera. Después de décadas de gobernanza neoliberal impuesta por los regímenes militares venidos del Norte ahora son cada vez más quienes levantan cabeza. De a poco, y con mucho cuidado. Sebastián Piñera Echenique nos vuelve a representar la quintaesencia del tiempo criollo y burgués. El de los acomodados de la historia de Chile. Ese tiempo que llegó con la soberbia septentrional. “Mediado el siglo XVIII, Pedro Gringoire de Echenique, joven oficial español, adquirió por el matrimonio con la rica heredera María Paula Mercedes Lecaros y Lecaros la hacienda El Huique, propiedad de varios miles de hectáreas en el departamento central chileno de Caupolicán.” (Arnold Bauer, “La hacienda El Huique en la estructura agraria del Chile decimonónico”, E. Florescano org., Haciendas, latifundios y plantaciones en América Latina, México: Siglo XXI, 1975, 393). Aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Aunque el expresidente se envuelva en las sedas vaporosas de la ‘libertad’ y la ‘clase media’, con sonrisas congeladas, mona se queda. ¡Como la mona, que es!

¿Representa su figura los intereses cotidianos del pueblo de Chile? ¿Quién lo habrá visto alguna vez dándose alguna vuelta por la vida cotidiana del país? Recuerdo cuando en 2009 Jorge Edwards y Mario Vargas Llosa lo proclamaron candidato presidencial en la Biblioteca Nacional de Santiago. Nunca vi una congregación de gente tan ajena a la común y corriente que todos los días asiste y persiste en el bello edificio de Alameda y Mac Iver. La Sala América se llenó esa tarde de un mundo almibarado y perfumado, respingado como el escritor criollo anfritrión. No recuerdo haber visto un titular más decidor que el de la portada del periódico La Segunda hace unos meses. La foto de Piñera acompañada sólo con el monto de su patrimonio. ¿No hacía falta nada más? El hombre reducido a un guarismo: US$ 800 millones. ¡Ecce homo! (La Segunda, Santiago, 18 de mayo de 2017).

Están llegando los tiempos de volver a la vida cotidiana, a la defensa de nuestro verdadero patrimonio humano y cultural. Más consistente en el ser que en el tener. ¿Podrá imponerse el abanderado de Apoquindo 3000? Ello sería a lo más continuar, por un tiempo limitado y limitante, dándole la espalda a la vida viva de Chile, tierra del sur. Sería seguir comprendiendo nuestro destino desde Sanhattan, como malabarísticamente pretendió El País de Madrid al jugársela por la candidatura del multimillonario (“El corazón del nuevo Chile de Piñera”, El País, Madrid, 19 de noviembre de 2017).

Hoy es tiempo de renacer.

Antes que crecer.

El renacer de nuestra democracia malherida, malhecha, maltrecha como nos la dejaron desde el mismo incendio de La Moneda. El pueblo de Chile tiene muchísimos rostros, entre los que gritan y los que no, entre los movilizados y los que no. Ahora sus caras más visibles son las demandas de los Mapuche, el clamor de los estudiantes, las multitudes “no + AFP”. En cualquier caso, en muchos casos, son pueblos vivos, redivivos. Nuevamente es el tiempo de renacer. No sólo con nuestra historia, sino especialmente con nuestra geografía, desde la tierra vasta de la que somos parte. O creemos en los malabares y mal haberes de los privilegiados, que sostienen la frontera rasca de un país entre los de aquí y los de allá, como supieron hacerlo en 1891 y 1973, o apostamos por un mundo de verdad, con diferencias, pero con muchas más semejanzas, un país de gente próxima, de prójimos. De cualquier modo: sureños. Una tarea para muchos años, y que viene de muchos años.

Por esa razón hay que hacerla con la iluminada conciencia de la historia de Chile. Imitando el pensamiento mezquino del Norte, la oligarquía aprendió a descomponer la convivencia del conjunto de los chilenos. Gabriela Mistral lo expresó meridianamente en 1941: “[Me] pasma ese matrimonio de chilenos de nota conservadora y de aventureros nazistoides. […]. Yo no sé sino ahora qué inmensidad de gente había allá adentro para la cual la idea de patria, de independencia, de decoro, de tradición republicana, en buenas cuentas, no les importa nada y que están prontos para tirar por la borda ese conjunto de cosas santas […].” (Gabriela Mistral a Carmela Echenique y Carlos Errázuriz, Petrópolis, 1941, Vuestra Gabriela. Cartas inéditas de Gabriela Mistral, Santiago: Zig-Zag, 1995, 67-68).

Pablo Neruda reparó en esa misma minoría de aparente exaltación patriota en 1963: “Se empeñan y ponen la mayor voluntad en conservar lo que se perdió, en conservar la destrucción, en conservar y prolongar el reparto de los bienes materiales entre unos pocos chilenos y entre muchísimos anónimos extranjeros que forman los poderosos monopolios. Todo esto gritando siempre: ‘somos patriotas, conservamos el bien nacional, queremos nuestra bandera, queremos los héroes’.” (Pablo Neruda, “Conservadores descuartizan Chile”, El Siglo, Santiago, 29 de marzo de 1963).

Como lo soñaron los espíritus más ardientes de la tierra la vida y la convivencia humana, nuestra constitución política y cultural, se inventa desde otra latitud, desde el Sur.

Desatado el clima intolerante y malhadado de la Guerra Fría, que terminara haciendo añicos la democracia chilena, Gabriela Mistral le confesó a su amada Doris Dana en 1952: “Ya sabes tú el terror que yo tengo de Nueva York. […]. Una bruja me dijo hace tiempo que nunca me quede en el norte, ‘que mi signo es el sur’.” (Gabriela Mistral a Doris Dana, 1952, Gabriela Mistral, Niña errante, Santiago: Lumen, 2009, 389).