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Año IX, 12 de diciembre de 2017

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Juan Pablo Cárdenas S.

De los “ofertones” a la cruda realidad

Juan Pablo Cárdenas S. | Jueves 7 de diciembre 2017 7:59 hrs.

Muchos miembros de la clase política se han ufanado en estas tres últimas décadas de haber consolidado un régimen en que ha primado la estabilidad, se han disipado las amenazas del autoritarismo y la administración de la economía nos ha permitido un crecimiento sostenido. Esta armonía habría sido posible con la práctica de la “política de los acuerdos” entre la Concertación, la Nueva Mayoría y las diversas expresiones de la derecha. La que incluso hasta volviera a La Moneda con Sebastián Piñera sin que se produjeran mayores problemas;  esto es, que su gestión continuara haciendo más o menos lo mismo que los gobiernos de Aylwin, Frei, Lagos y la propia  Michelle Bachelet.

Sin embargo, todos sabemos que el costo de esta “estabilidad” se fundó de buena forma en la continuidad del sistema institucional heredado de la Dictadura (aunque con algunos retoques), cuanto en la consolidación del sistema neoliberal reinante en la economía y las desiguales relaciones entre el capital y el trabajo. Las “justicia en la medida de lo posible”, o francamente la impunidad,  que se le garantizó al Dictador tendría también mucho que ver con esta “paz social” que recién empezara a ser cuestionada con las movilizaciones estudiantiles, la efervescencia social en varias regiones y, más recientemente, el surgimiento de protestas tan masivas como las que se oponen al sistema previsional, la espuria Ley de Pesca, los abusos de las isapres, las demandas por una Nueva Constitución y los reiterados atropellos al pueblo mapuche.

A esta elección presidencial llegamos, sin embargo,  en un clima muy distinto al de las competencias presidenciales y parlamentarias anteriores. En la desconfianza de más de la mitad de los ciudadanos respecto de la vía electoral para obtener los cambios, así como en el desaliento social ante fenómenos como el endeudamiento de las familias, los bajos salarios y, para colmo, ahora, un muy discreto crecimiento de la economía. O en la más brutal concentración de la riqueza e inequidad en la distribución del ingreso. Sumando a lo anterior,  al acoso creciente de la delincuencia, la corrupción de la política y de las policías, como otras lacras ya instaladas en las instituciones del Estado y la sociedad civil. El narcotráfico, por ejemplo.

Llegamos ahora a una competencia en que por fin emergieron alternativas de cambio al llamado duopolio político que ha cogobernado el país por tanto tiempo. Además de una movilización social convencida de que es en las calles y no en el Poder Ejecutivo o en el Parlamento donde se pueden alentar e imponer las reformas a la educación, la salud, al sistema previsional y tantas otras.

Aun cuando a la segunda vuelta llegaron, como antes, el candidato oficialista y el de la derecha, es indiscutible que estos han debido variar sus discursos para conseguir el apoyo de los sectores más radicalizados del país: el de la derecha más desembozadamente pinochetista y el de los partidos, movimientos y referentes sociales de una izquierda cada vez más deslindada de las posiciones que han dicho representar partidos tradicionales como el Socialista, el Comunista y otros que se han ido apoltronando en los cargos públicos, demarcándose con frecuencia de las demandas populares.

Es muy difícil hacer pronósticos respecto del futuro político del llamado Frente Amplio,  porque mucho dependerá ello del resultado del próximo 17 de enero, pero de lo que no tenemos duda es que tanto un eventual gobierno de Piñera, como de Guillier deberán enfrentar duras convulsiones sociales, con o sin los nuevos referentes políticos que dicen representar el descontento social y su exigencia por cambiar los actuales paradigmas que regulan nuestra supuesta estabilidad.

Estamos ciertos de que el malestar de la población ya estalló y que quienes nos gobiernan tendrán, sí o sí, que administrar medidas que sirvan a descomprimir las demandas de la población. A no ser que los que gobiernen escojan el camino de la represión y, con éste, más temprano que tarde, se alimente un nuevo quiebre institucional.

De lo que no estamos para nada seguros es que estemos frente a dos candidatos plenamente conscientes del momento histórico que vivimos. Que tengan la voluntad real de asumirse como mandatarios, delegados del pueblo, y no como meros administradores del Estado o gobernantes de continuidad, que hagan caso omiso después de los ofertones que hoy nos hacen para asegurarse el respaldo ciudadano. No estamos para nada convencidos de que ambos sean capaces de encarar las enormes presiones del gran mundo empresarial, de los inversionistas extranjeros y de la propia Casa Blanca,  que nos mira como un país dócil a los intereses mundiales que hoy representa Donald Trump. Que cualquiera de ellos se atreva a acotar los privilegios que aún mantienen las FFAA, propuestos a encabezar gobiernos animados por la probidad, que pongan fin a vicios como el nepotismo, el tráfico de influencias y el cuoteo político.

Que se resuelvan, por ejemplo, a fortalecer el poder y la autoridad del Estado, a corregir esa monstruosa “subsidiariedad” que inhibe a los gobernantes a impulsar inversiones y fuentes de trabajo con los multimillonarios recursos depositados en el exterior,  o que solo les reditúan intereses a los administradores privados y extranjeros, como a los dueños de la AFP y de los grandes bancos.

Que tengan la posibilidad de acompañar sus decisiones con la calle, el respaldo ciudadano y la consolidación de una democracia participativa, más que representativa. Que no cedan al día siguiente de su elección a la faena de repartir cargos, buscar los equilibrios políticos conforme al poder de los partidos representados en el Congreso Nacional. Cuando sabemos que allí oficiaran como “representantes del pueblo” parlamentarios con menos del dos o tres por ciento de los votos efectivos y se mantendrán otros que son herederos del sistema binominal y cuyos referentes políticos tuvieron más que un lamentable desempeño en los últimos comicios. Que ya se encuentran divididos o incluso desaparecidos legalmente hablando.

Cuando a lo anterior debemos agregar que las reformas que para bien se le hicieron a las normativas electorales trajeron por consecuencia, desgraciadamente, que la composición de las cámaras legislativas resultó menos representativa que antes respecto de la verdadera voluntad de los sufragantes. Por esto de que ahora dentro de las listas electorales, y por los llamados subpactos, tuvimos candidatos de primera, segunda o tercera clase, conforme a las decisiones previas de las cúpulas políticas.

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