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Wilson Tapia Villalobos

Evitar males mayores

Wilson Tapia Villalobos | Viernes 15 de diciembre 2017 17:21 hrs.

Ese parece ser el eslogan más repetido en la clase intelectual chilena en víspera del balotaje. Para algunos, el mal mayor es la continuidad de la actual administración.  Para otros, es el regreso a la plutocracia, o que la administración del Estado caiga, nuevamente, en manos de los más ricos. Tras ambos sectores se esconde la aspiración, de unos, de conservar el poder político y, de los otros, de acrecentar con éste el poder económico que ya poseen.

En el anochecer de dos días más sabremos quienes han triunfado. Sin embargo, con Alejandro Guillier o Sebastián Piñera como presidente electo, seguirán girando problemas que van mucho más allá de la contienda por el poder en Chile. Pero que son esenciales para los chilenos y los habitantes del planeta.

La campaña presidencial que ya concluye -más que otras del pasado reciente- ha  servido para desnudar una política que es una adecuada muestra de los elementos centrales que impulsan a la civilización actual. La búsqueda de votos se hace sin contenidos ideológicos, aunque estos subyacen en el alma conservadora de la derecha, y en los recovecos revolucionarios de una izquierda que se quedó sin respuestas exitosas.

Los programas de los candidatos son una suma, a menudos bastante desordenada, de ofertas que responden a demandas puntuales. Así se abordan la educación, la salud, las pensiones para una población cada vez más envejecida, el miedo por el aumento de la delincuencia. Sin embargo, quedan afuera de las propuestas una estructura valórica que debería responder a los nuevos desafíos de un cambio científico-cultural que es inocultable. O que, producto de estos mismos descubrimientos, van diseñando un mundo en que el esquema laboral actual tendrá que cambiar abruptamente.  Y ello redundará, de manera inevitable, en una merma importante de la demanda de mano de obra como la que tenemos hasta ahora. Tampoco se ven miradas que pongan a Chile en un estatus diferente al país dependiente del comercio de materias primas que es hoy. La investigación científica y la producción de talento sigue siendo un terreno que los dirigentes políticos no osan hollar. Y la convivencia en los espacios públicos parece ser un tema que a nadie interesa, pese a que todos debemos soportar la basura, la falta de respeto a los monumentos, a las obras de arte, a objetos religiosos, a los medios de locomoción colectiva. Tampoco se conocen propuestas para limitar realmente la emisión de gases que envenenan el ambiente. Nuestras calles se han transformado en verdaderos atolladeros. Pero la venta de automóviles sigue sin límites y las exigencias, para cada modelo, son menores a las que aplican las naciones desarrolladas. Y no es exagerado decir que la suerte de los chilenos -y su bolsillo- está librado al albedrío de los comerciantes. El Estado no cumple la labor esencial que le corresponde: fiscalizar a todos por igual.

Es cierto que gran parte de estos problemas son mundiales. Pero no por eso no tienen solución o hay que desconocerlos. Detrás de esta urdiembre, que se ha demostrado nociva, se encuentra el sistema económico que hoy nos rige. Este tiene manifestaciones en las más diversas áreas. Un primer punto es que la política ha dejado de ser un “arte de hacer posible la vida en sociedad”. Hoy es, más bien, el manejo del poder para eternizarse en él a través de un ajuste de factores numéricos -técnico económico– que han terminado por desarrollar una cultura en que el fin justifica los medios.  Ese fin es la acumulación de dinero.

Todo esto agravado por la evidencia de que vivimos el momento previo a un cambio de paradigmas. De cómo podamos acomodarnos a la nueva realidad dependerá el futuro humano.  Sin dejar de reconocer, por cierto, que los períodos civilizatorios tienen comienzo y final, tal como las especies y la vida que conocemos. Es lo que nos demuestran la cotidianeidad, la paleontología y los vestigios prehistóricos que hoy tanto nos sorprenden.

El resultado que arrojen las urnas el domingo 17 de diciembre será un anuncio de cómo ven los chilenos su realidad y cómo se acomodan a lo que viene. Es posible que muchos no tengan conciencia de ello y otros muchos ni siquiera vayan a emitir su sufragio. Pero a todos afectará. Especialmente, porque los problemas no tratados se agudizarán. Las aspiraciones de una sociedad que ostentan cada vez más aspiraciones de clase media, continuarán en aumento. Y las concesiones que están dispuestos a hacer quienes detentan el poder económico tienen límites más bien restringidos.

Hay quienes sostienen que este no es un problema del sistema. Su argumento central es que naciones, como las nórdicas, han logrado una convivencia respetuosa y ordenada. Dinamarca, Suecia, Noruega, por citar a algunas, exhiben una realidad sin los quiebres que se soportan en naciones más atrasadas. Pero eso no es sólo el resultado de una cultura más antigua.  También es que la organización que se han dado le otorga al Estado el poder suficiente para ordenar. Y nadie, ni el más poderoso, puede quebrantar las reglas que éste impone.

Este nuevo ejercicio democrático tiene que dejar lecciones que los dirigentes políticos aprovechen. Con seguridad uno de ellos será que para orientar a la sociedad es necesario mirar hacia lo que viene. Porque no es mucho lo que se gana sólo denostando al adversario. Y esto también es una advertencia para los medios de comunicación.  Los periodistas no son más que profesionales encargados de dar a conocer el acontecer: No tienen por qué creer que son faros para las conductas humanas.  Y tampoco pueden pretender imponer sus puntos de vista que, legítimamente, tengan para orientar su propia existencia.

En síntesis, el “mal menor” no puede ser el objetivo que resuelva los problemas de la democracia.  Como tampoco lo es que sentirse ajeno al ejercicio y obligaciones que tal esquema social impone.

Bienvenida la nueva etapa que enfrenta Chile.