Diario y Radio U Chile

Año X, 20 de mayo de 2018

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Vivian Lavín

Esperanza a como dé lugar

Vivian Lavín | Viernes 19 de enero 2018 16:03 hrs.

A pocos días de la visita del Sumo Pontífice, comienzan los balances de uno de los acontecimientos más importantes del siglo XXI en Chile. Balances dispares, dependiendo de la fuente, pero de enorme significado. El periodismo la evalúa según la cuantía de la concurrencia de feligreses a los actos y liturgias, pero sobre todo, la reacción que despertaron los dichos del Papa en varios temas. La Iglesia en cambio, con su perspectiva milenaria, celebra los gestos y la bendición que implicó su visita. Para el periodismo algunas de las palabras clave de la gira son: Obispo Barros y abusos sexuales, como también bendición, alegría y esperanza. La esencia del mensaje cristiano se centra justamente en esta última palabra, la esperanza, una de las virtudes teologales junto a la fe y a la caridad. Para la Teología Cristiana estas virtudes son infundidas por Dios mismo en el alma humana para conducirla a la vida eterna. El cristiano entiende, por lo tanto, a la esperanza en función de lo ultraterreno pero, qué sucede con los que no creen en Dios, ¿tienen esperanza?

Rebecca Solnit, es una lúcida columnista y autora de varios libros, entre los que se cuentan Los hombres me explican cosas (Premio Ensayo 2017 de los libreros de Madrid) y Esperanza en la oscuridad. La historia jamás contada del poder de la gente, ambos editados por la editorial Capitán Swing. Este último libro fue publicado hace más de una década, como una reacción al gobierno de George Bush Jr. y su maquinaria de guerra en contra de Irak, y ha sido reeditado, en tiempos de Trump, adquiriendo por ello más significado y urgencia.

Para Rebecca Solnit, la palabra esperanza no tiene relación con la religión y cobra un sentido distinto, profundamente enraizado en el presente y en cómo enfrentamos el futuro. “La esperanza no es como un billete de lotería que puedes tener apretado en la mano, sintiéndote afortunado, sin moverte del sofá. Lo que quiero decir es que la esperanza es un hacha con la que romper puertas en caso de emergencia; que la esperanza debería empujarte a salir de casa, porque hay que hacer todo cuanto esté en nuestra mano para evitar que el futuro consista en una guerra tras otra, en la aniquilación de los tesoros de la tierra y en la opresión de los pobres y los marginados”. La esperanza más como activismo que un don heredado; un trabajo personal y colectivo más que celestial; una fuerza que empuja y moviliza. Y lo que hace en su libro, es demostrar cómo hay cientos de historias no contadas que permiten abrigar esperanzas para un mejor vivir… en la tierra. El milagro está justamente en la posibilidad de cambiar las cosas y lo más importantes es que un creciente número de hombres y mujeres cada vez toman más conciencia de ello, vale decir de la comprobación de que ha estado siempre en sus manos y ellos sin darse cuenta. A veces el gesto se presenta de manera modesta, mínima, casi invisible, y otras, a través de multitudinarias manifestaciones que cohesionan a la especie humana. La constatación que hace Rebecca Solnit es la del “reconocimiento de lo poderosas que son las fuerzas idealistas y altruistas que están en marcha en el mundo”, de las que la cristiandad también se ha hecho parte, pero lo más interesante es que no sólo ella. Los medios de comunicación aquí han jugado un rol central escuchando y amplificando para el conocimiento universal desde la gesta del Movimiento Zapatista en Chiapas hasta los asfixiados gritos de las mujeres de Tanzania obligadas a la mutilación genital. Es el poder de la gente el que surge como una fuerza cada vez más importante y global y que para Rebecca Solnit produce esa llama llamada esperanza.

Otra de las constataciones que ha sorprendido a la autora estadounidense es “saber cómo personas responden a los desastres urbanos” que, en el caso de Chile, habría que sumar a los de la naturaleza, a partir de los cuales surge lo mejor de quienes habitamos estas tierras. Hombres, mujeres, ancianos y niños que adquieren ribetes heroicos a la hora de ir en ayuda de quienes lo necesitan, concibiendo formas creativas, altruistas y generosas. Estas historias que alimentan la parrilla televisiva hasta el hartazgo en momentos de catástrofe, y que luego, de un modo esquizofrénico, una vez que ha pasada la emergencia, son reemplazadas por el relato del miedo y el terror.

La ingenuidad es pensar que la esperanza, del tipo que sea, cristiana o no, es por generación espontánea. “La memoria produce esperanza de la misma manera que la amnesia produce desesperación”, señala el teólogo Walter Brueggemann. De modo que, al igual que la esperanza cristiana, hay una historia desde la cual embeberse. Para la primera es la Biblia, para la otra, es la relación de los hechos y el periodismo. Pues

“aunque la esperanza se refiere al futuro, los motivos para la esperanza yacen en los registros y en los recuerdos del pasado. Podemos hablar de un pasado que no consistió más que en derrotas, crueldades e injusticias, o de un pasado que respondió a una maravillosa edad dorada ahora irremediablemente perdida, o podemos hablar de una historia más complicada y precisa, una en la que hay sitio para lo mejor y lo peor, para atrocidades y liberaciones, dolor y júbilo. Una memoria acorde con la complejidad del pasado y con todo el elenco de participantes, una memoria que incluye nuestro poder que produce una energía dirigida hacia delante llamada esperanza”, explica Rebecca Solnit. Y de manera más gráfica, como que “las ramas son la esperanza y las raíces son la memoria”.

Por dolorosa o feliz que sea, la memoria sostiene a la esperanza. Bueno sería, que lo tuvieran en consideración los otros poderes: espirituales y temporales.