Diario y Radio U Chile

Año X, 22 de septiembre de 2018

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Juan Pablo Cárdenas S.

El peligroso eufemismo de la “capacidad política”

Juan Pablo Cárdenas S. | Domingo 25 de febrero 2018 14:36 hrs.

Desde que fue elegido Presidente, Sebastián Piñera ha trabajado exitosamente en la conformación de su primer gabinete y equipos de trabajo. Hasta aquí, lo que siempre es una etapa en que los partidos políticos demuestran su peor rostro y celo, parece haber culminado un proceso en que ha predominado la armonía entre los partidarios del nuevo gobierno. Al contrario de lo sucedido en su primera administración o en los gobiernos de la Concertación y de Michelle Bachelet, tal parece que en todo este proceso ha habido más prolijidad. En efecto, todavía no se descubren ministros, subsecretarios y otros hombres y mujeres de confianza embadurnados por los negocios turbios o en sus relaciones políticas más vergonzantes, aunque todos al parecer fueron pinochetistas y, la mayoría le reconoce hasta hoy al Dictador más méritos que desaciertos. Pero sin duda se trata de gente muy conocida en el ámbito de las tareas públicas, de la empresa privada y de la parafernalia de la llamada alta burguesía chilena. Esto es, la que ha recuperado páginas y fotografías en la llamada Vida Social de El Mercurio, especialmente en esta época estival que culmina.

Hay analistas que valoran la buena formación profesional de varios de los designados que asumirán el próximo 11 de marzo en La Moneda, los ministerios y otras reparticiones públicas. Incluso se valora el retorno de algunos de ellos a las mismas o similares funciones del anterior gobierno de Piñera. Algo que avalaría, por supuesto, su experiencia y buen desempeño, más que su mera militancia política. Se sabe, incluso, que el Presidente Electo desestimó a varios de los candidatos que les propusieron las colectividades de derecha sin que ello provocara tensiones que afectaran la autoridad del nuevo Mandatario, a quien todavía todos reconocen como su único y más sólido líder.

De esta forma es que terminando el trámite del fideicomiso ciego, Sebastián Piñera podrá iniciar su gestión sin mayores cuestionamientos, más allá de las sospechas que siempre provocarán su extrema riqueza y afán por ganar todavía más dinero. No es, ciertamente, un altruista el que vuelve al poder, sino el mismo Piñera de siempre como se empeñan en advertir sus adversarios.
Sin embargo, este fin de semana surgieron algunas voces, como la de la Presidenta de la UDI, haciendo votos porque en las próximas designaciones presidenciales, como las de los Intendentes y gobernadores, el nuevo Jefe de Estado tenga más en cuenta la “capacidad política” de los escogidos. De lo que se trata, muchos dicen, es que el éxito de la nueva Administración se demuestre en cuatro años más con la elección presidencial de alguien que forme parte de la derecha o de la centroderecha, como se prefiere decir. Y en esto se ha incurrido, ya, en una inmensa falta de pudor al barajarse nombres para el sucesor de Piñera, antes siquiera inicie éste su nueva administración.

Pocas cosas pueden ser más difíciles que definir la “capacidad política” de quienes se desempeñan en este oficio, cuando la historia nos demuestra que con frecuencia los más destacados gobernantes han demostrado ser aquellos primerizos que con apenas veinte o treinta años demostraron liderazgo, afán de servicio y probidad. Parlamentarios brillantes que en nuestro propio país descollaran apenas cumplida su mayoría de edad. Jefes de estado y caudillos que, como nuestros jóvenes libertadores, lograran la gesta de la Independencia y edificaran las bases institucionales de nuestras repúblicas. No negamos que los años dan experiencia, pero la que más reconoce la buena política es la de aquellos intelectuales, profesores, técnicos y otros que han incursionado en el servicio público justamente para reivindicarlo, cuando la clase política pierde altura de miras o se desacredita. La historia venera, por ejemplo, a aquellos ancianos que se hicieron cargo de recuperar a Europa después de las guerras mundiales.

De allí que temamos que tal invocación intente amarrar al nuevo mandatario con los nombres de aquellos “operadores políticos” que lleven a buen puerto a los partidos. A personajes que suelen ser más siniestros que certeros en sus habilidades políticas, y que terminan haciéndose imprescindibles para los gobiernos que quieren administrar el poder con propósitos que contradigan la razón de ser del servicio público. Ministros, subsecretarios y otros que suelen acompañar a sus gobiernos hasta el último día “por todo lo que saben” y las corruptas operaciones en que han estado involucrados, donde el dinero es indispensable para no ser un “político pobre” o “un pobre político”. Seres como el actual subsecretario del Interior o el propio Director General de Carabineros atornillados en sus cargos, pese a la gran demanda pública por su destitución. Amigos personales, recaudadores que se hacen inamovibles y temidos por muchos de los que ya saben son capaces de hacer para concebir operaciones tan escandalosas como las de la Araucanía y el financiamiento ilegal de las elecciones.

Peligros elementos que, por supuesto, ya tienen infectada a toda la política en la falta de probidad, y que verán forma de dejar sus tentáculos en todo el aparato del Estado para seguir medrando o hacerse reconocer por las cúpulas políticas, empresariales o castrenses más corruptas que los necesitan. Varios de cuyos nombres, por lo demás, reconocimos en el pasado como vociferantes izquierdistas para luego acabar en plena connivencia con los delincuentes de cuello y corbata o charreteras.

Se trata, sin duda, los “hijos de las tinieblas” que suelen ser más sagaces que los “hijos de la luz” y a varios de los cuales hemos visto en estas semanas empeñados en hacerse gratos a los recién elegidos. En un país que, desgraciadamente, reconoce el oportunismo como virtud republicana y talento político. Cuando en las más sólidas y probas democracias los que se van del poder y los que llegan a éste lo hacen generalmente con dignidad. Muchas veces, retirándose a la vida privada más pobres que antes, pero reconocidos por el pueblo en las calles por su legado más que por haberse “pasado de listos”.

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