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Año X, 22 de abril de 2018

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Riqueza y azar: ¿son los ricos más inteligentes?

El estudio muestra que las personas más adineradas no son, necesariamente, las más inteligentes, sino las más afortunadas, en la medida que no hay un individuo un millón de veces más inteligente que la media, y así y todo, en la distribución de los recursos económicos de Bezos, Gates o Slim, se observan tales brechas. Dado, pues, que dichas distribuciones (riqueza-inteligencia) no coinciden, debería haber otros parámetros que influyen en la forma en que hoy se reparte la riqueza.

Roberto Meza A.

  Martes 27 de marzo 2018 10:36 hrs. 
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Un reciente artículo de la MIT Technology Review revela un interesante estudio de Alessandro Pluchino et al, académicos de la Universidad de Catania, que modela el proceso de creación de riqueza, intentado emular los mecanismos sociales y económicos que intervienen en él en la realidad.

La investigación consistió en modelizar computacionalmente el talento humano, el azar y el modo en que los individuos los usan para aprovechar las oportunidades que se les presentan. De acuerdo al artículo del MIT, el punto de partida de la investigación fue la constatación de que la distribución estadística de la riqueza no coincide con la que debería presentarse si ésta se comportara según la distribución normal de inteligencia entre los individuos.

El argumento base es que el modelo meritocrático para crear riqueza no es para nada consistente con que hay ricos y recursos económicos distribuidos probabilísticamente según una ley potencial (Econofísica) que muestra que la brecha entre los ricos y los megaricos tiene un comportamiento exponencial similar al observado entre los ricos y los medianamente ricos, así como respecto de los sectores medio y/o pobres.

Sin embargo, y a pesar de que el concepto de meritocracia viene de capa caída por las sucesivas revelaciones sobre corrupción y connivencia entre empresas y políticos para conseguir malsano éxito, sigue perviviendo cierto sentido común inercial de que las personas ricas serían las más exitosas, al tiempo que se deduce que aquellos de más éxito económico serían los más inteligentes.

El nuevo estudio, empero, muestra que las personas más adineradas no son, necesariamente, las más inteligentes, sino las más afortunadas, en la medida que no hay un individuo un millón de veces más inteligente que la media, y así y todo, en la distribución de los recursos económicos de Bezos, Gates o Slim, se observan tales brechas. Dado, pues, que dichas distribuciones (riqueza-inteligencia) no coinciden, debería haber otros parámetros que influyen en la forma en que hoy se reparte la riqueza.

La simulación de Pluchino se compone así de un modelo con N individuos caracterizados por diferentes atributos de destreza, inteligencia, habilidad, que siguen una distribución normal en torno a la media, tal como se observa en la realidad. Buscando nuevos parámetros que expliquen la no coincidencia entre las citadas distribuciones, los investigadores italianos incluyeron medidas azarosas, como la ocurrencia de eventos beneficiosos económicamente que tienen lugar por suerte para unos individuos y no para otros. La simulación asume, además, un periodo de 40 años (vida laboral media), y que los eventos aleatorios favorables que experimentan ciertos individuos sólo pueden ser aprovechados si éstos disponen de un talento mínimo.

Tras la serie de ejercicios para dar validez al modelo, el resultado más significativo es que la distribución de la riqueza en la sociedad simulada acaba presentando una distribución de 80-20: es decir, que al término del proceso, un 20 por ciento de los individuos acumulan 80 por ciento  de la riqueza, igual distribución, por lo demás, que termina alcanzándose, en la práctica, en buena parte de las sociedades humanas. Y en ellas, son los individuos que en la simulación han experimentado más eventos azarosos positivos y que los han aprovechado mejor gracias a un mínimo umbral de inteligencia, los que terminan acumulando más recursos económicos.

En su artículo, el MIT dice que las conclusiones de la investigación debieran provecharse para ir más allá de la explicación de por qué unos individuos acumulan más riqueza que otros, dado que la simulación también entrega luces sobre cuestiones como la maximización de los efectos beneficiosos de las subvenciones públicas a la investigación científica o la inversión en startups. Por de pronto, tal como se maximiza la probabilidad de éxito en la ruleta al apostar a mayor cantidad de número, también mejora tales probabilidades repartir los recursos disponibles entre más actividades potenciales, es decir, dado el factor azar, poner los huevos en diversas canastas es una práctica tan recomendable hoy como en el tiempo de nuestros abuelos.

Los resultados del estudio también aportan en materia de inversiones en proyectos innovadores y en ciencia y tecnología, tal como, por lo demás, parecen haberlo comprendido los llamados “inversionistas ángeles” que, en 2017, triplicaron en Chile sus aportes a emprendimientos de esta naturaleza, llegando a casi $1.700 millones.

Asimismo, en materia de políticas públicas, la investigación entrega elementos para maximizar los resultados de las subvenciones estatales en la medida que recomendaría como más eficiente el distribuirlas en más amplios proyectos de sectores medios y pequeños, más que hacia  las grandes firmas, las que ya cuentan con capacidad para su desarrollo, a condición, empero, de contar con ejecutores capaces, pues la productividad y renta de un emprendimiento depende más de su gestión que de si es apadrinado por entidades públicas o privadas.

No habría que olvidar que muchos de los grandes descubrimientos de la ciencia y de grandes empresas de reconocido éxito, tuvieron inicios con significativos golpes casuales o serendipias, la más conocida de las cuales es, nada menos, que la penicilina, o la que llevó a la cima tabacalera el golpe de suerte en su propia marca: “Lucky Strike”.

Como es sabido, en los primeros años de emprendimientos científicos o empresariales, la caja es lo que cuenta. Y si no hay recursos, no hay desarrollo, haciendo perder, eventualmente, relevantes ocasiones de progreso socioeconómico general. Ampliar la panoplia de proyectos reasignando recursos hoy mal gastado en programas y becas de innovación ineficaces desde su concepción, podría tener significativo impacto en la creación de riqueza y en el ritmo de crecimiento del país.

Como conclusión, aunque es obvio que la riqueza exige mínimos umbrales de inteligencia por debajo de los cuales es improbable acumularla o incluso mantenerla, afirmar que los más inteligentes son siempre los más ricos, constituye un evidente error, dado que, ahora estadísticamente comprobado, el azar tiene una dosis nada despreciable en ese proceso, por lo que, desde una perspectiva de políticas públicas, no habría mejor forma de generar riqueza que creando el caldo de cultivo para la multiplicación de proyectos, investigación, innovación e ideas que, a su turno, expandan las probabilidades de acierto y progreso.

 

Un reciente artículo de la MIT Technology Review revela un interesante estudio de Alessandro Pluchino et al, académicos de la Universidad de Catania, que modela el proceso de creación de riqueza, intentado emular los mecanismos sociales y económicos que intervienen en él en la realidad.

La investigación consistió en modelizar computacionalmente el talento humano, el azar y el modo en que los individuos los usan para aprovechar las oportunidades que se les presentan. De acuerdo al artículo del MIT, el punto de partida de la investigación fue la constatación de que la distribución estadística de la riqueza no coincide con la que debería presentarse si ésta se comportara según la distribución normal de inteligencia entre los individuos.

El argumento base es que el modelo meritocrático para crear riqueza no es para nada consistente con que hay ricos y recursos económicos distribuidos probabilísticamente según una ley potencial (Econofísica) que muestra que la brecha entre los ricos y los megaricos tiene un comportamiento exponencial similar al observado entre los ricos y los medianamente ricos, así como respecto de los sectores medio y/o pobres.

Sin embargo, y a pesar de que el concepto de meritocracia viene de capa caída por las sucesivas revelaciones sobre corrupción y connivencia entre empresas y políticos para conseguir malsano éxito, sigue perviviendo cierto sentido común inercial de que las personas ricas serían las más exitosas, al tiempo que se deduce que aquellos de más éxito económico serían los más inteligentes.

El nuevo estudio, empero, muestra que las personas más adineradas no son, necesariamente, las más inteligentes, sino las más afortunadas, en la medida que no hay un individuo un millón de veces más inteligente que la media, y así y todo, en la distribución de los recursos económicos de Bezos, Gates o Slim, se observan tales brechas. Dado, pues, que dichas distribuciones (riqueza-inteligencia) no coinciden, debería haber otros parámetros que influyen en la forma en que hoy se reparte la riqueza.

La simulación de Pluchino se compone así de un modelo con N individuos caracterizados por diferentes atributos de destreza, inteligencia, habilidad, que siguen una distribución normal en torno a la media, tal como se observa en la realidad. Buscando nuevos parámetros que expliquen la no coincidencia entre las citadas distribuciones, los investigadores italianos incluyeron medidas azarosas, como la ocurrencia de eventos beneficiosos económicamente que tienen lugar por suerte para unos individuos y no para otros. La simulación asume, además, un periodo de 40 años (vida laboral media), y que los eventos aleatorios favorables que experimentan ciertos individuos sólo pueden ser aprovechados si éstos disponen de un talento mínimo.

Tras la serie de ejercicios para dar validez al modelo, el resultado más significativo es que la distribución de la riqueza en la sociedad simulada acaba presentando una distribución de 80-20: es decir, que al término del proceso, un 20 por ciento de los individuos acumulan 80 por ciento  de la riqueza, igual distribución, por lo demás, que termina alcanzándose, en la práctica, en buena parte de las sociedades humanas. Y en ellas, son los individuos que en la simulación han experimentado más eventos azarosos positivos y que los han aprovechado mejor gracias a un mínimo umbral de inteligencia, los que terminan acumulando más recursos económicos.

En su artículo, el MIT dice que las conclusiones de la investigación debieran provecharse para ir más allá de la explicación de por qué unos individuos acumulan más riqueza que otros, dado que la simulación también entrega luces sobre cuestiones como la maximización de los efectos beneficiosos de las subvenciones públicas a la investigación científica o la inversión en startups. Por de pronto, tal como se maximiza la probabilidad de éxito en la ruleta al apostar a mayor cantidad de número, también mejora tales probabilidades repartir los recursos disponibles entre más actividades potenciales, es decir, dado el factor azar, poner los huevos en diversas canastas es una práctica tan recomendable hoy como en el tiempo de nuestros abuelos.

Los resultados del estudio también aportan en materia de inversiones en proyectos innovadores y en ciencia y tecnología, tal como, por lo demás, parecen haberlo comprendido los llamados “inversionistas ángeles” que, en 2017, triplicaron en Chile sus aportes a emprendimientos de esta naturaleza, llegando a casi $1.700 millones.

Asimismo, en materia de políticas públicas, la investigación entrega elementos para maximizar los resultados de las subvenciones estatales en la medida que recomendaría como más eficiente el distribuirlas en más amplios proyectos de sectores medios y pequeños, más que hacia  las grandes firmas, las que ya cuentan con capacidad para su desarrollo, a condición, empero, de contar con ejecutores capaces, pues la productividad y renta de un emprendimiento depende más de su gestión que de si es apadrinado por entidades públicas o privadas.

No habría que olvidar que muchos de los grandes descubrimientos de la ciencia y de grandes empresas de reconocido éxito, tuvieron inicios con significativos golpes casuales o serendipias, la más conocida de las cuales es, nada menos, que la penicilina, o la que llevó a la cima tabacalera el golpe de suerte en su propia marca: “Lucky Strike”.

Como es sabido, en los primeros años de emprendimientos científicos o empresariales, la caja es lo que cuenta. Y si no hay recursos, no hay desarrollo, haciendo perder, eventualmente, relevantes ocasiones de progreso socioeconómico general. Ampliar la panoplia de proyectos reasignando recursos hoy mal gastado en programas y becas de innovación ineficaces desde su concepción, podría tener significativo impacto en la creación de riqueza y en el ritmo de crecimiento del país.

Como conclusión, aunque es obvio que la riqueza exige mínimos umbrales de inteligencia por debajo de los cuales es improbable acumularla o incluso mantenerla, afirmar que los más inteligentes son siempre los más ricos, constituye un evidente error, dado que, ahora estadísticamente comprobado, el azar tiene una dosis nada despreciable en ese proceso, por lo que, desde una perspectiva de políticas públicas, no habría mejor forma de generar riqueza que creando el caldo de cultivo para la multiplicación de proyectos, investigación, innovación e ideas que, a su turno, expandan las probabilidades de acierto y progreso.