Diario y Radio U Chile

Año X, 22 de julio de 2018

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Antonia García C.

Aprender de la vida de nuestros muertos

Antonia García C. | Martes 3 de abril 2018 6:31 hrs.

Hace ya muchos años, emprendí una investigación sobre desaparición forzada de personas en Chile. Por ese entonces estudiaba en Francia y esa investigación devino tesis de doctorado. Un tiempo considerable fue necesario para dar la tesis por terminada. Y fue ahí, una vez el escrito concluido, sin ninguna posibilidad de cambiar ya una coma, que me asaltó una duda. ¿No me había equivocado de trabajo? ¿Era válido analizar la forma en que se mató en Chile sin prestar la misma atención a la vida?

Si bien esta dimensión no estaba ausente de la investigación, de pronto me parecía que no ocupaba el lugar adecuado. Que la vida había quedado desplazada hacia un lugar marginal, siendo que era central. Al menos por dos razones igualmente importantes: porque esa vida contenía la explicación de la muerte; porque esa vida, al igual que un libro abierto, contenía en potencia múltiples enseñanzas para quien supiera leer. Yo no había sabido.

Inicio esta reflexión con una mención personal, para que quede claro que yo tampoco hice lo que, en esta columna, quisiera reclamar como urgente y necesario, pero ¿a quién? ¿A quién podría reclamarle? A nadie, porque las personas hacen lo que está a su alcance en una coyuntura determinada y eso es todo.

La idea se me presentó nuevamente hace unos días, cuando gracias a la recomendación de una amiga, pude ver, desde Buenos Aires, el documental “Guerrero”, dirigido por Sebastián Moreno y dedicado a Manuel Guerrero Antequera. Primero, me di cuenta que desconocía las posiciones que tomó en su juventud tras el asesinato de su padre. Segundo, me di cuenta que a Manuel Guerrero Ceballos solo lo conocía como muerto, en una asociación inmediata e ineludible con las circunstancias de su asesinato. Lo primero me resultaba relativamente perdonable. Lo segundo, no.

¿Cómo fue que no me interesó saber quién era en vida Manuel Guerrero Ceballos? Sin duda, no ignoraba que era un militante comunista. ¿Y luego? ¿Podía esa expresión darme alguna información crucial sobre el hombre que fue Manuel Guerrero? No. Sin duda el hecho de que haya sido un militante, un dirigente comunista, es un elemento importante, importantísimo, pero no se agota en sí mismo. Ese dato pide ser desmenuzado. Desarrollado. Narrado. Dado a conocer en sus múltiples episodios, vale decir, en las múltiples decisiones que tomó Manuel Guerrero a lo largo de su vida. Desde ese punto de vista, el documental entrega elementos, pero no es su propósito. No tiene como eje de su narración al padre sino al hijo y, más precisamente, una filiación: lo que uno hace y es capaz de construir en torno a sus filiaciones, a sus amores, a sus dolores, a-sus-esperanzas-a-pesar-de-todo.

¿Quién escribirá la historia de los muertos cuando estaban vivos?

Mucho se ha escrito en Chile, y sobre esto también. No lo ignoro. Algunas experiencias, que no necesariamente han elegido la forma escrita, se han interesado también por la vida. Pero ninguno de esos trabajos tiene la visibilidad que han podido alcanzar otros emprendimientos cuyo eje es la muerte.

Por otra parte, el elemento propiamente político sigue incomodando. Más bien, no se termina de “acomodar”. Pocos son los relatos que, como los del propio Manuel Guerrero Antequera, apuntan al nexo.

Hace unos días Manuel publicaba en su Facebook: Rafael, Eduardo, Paulina, Santiago, José Manuel y mi padre eran personas de acción. Con sensibilidad, reflexión, estudio, sí. Pero de acción. Por eso los mataron. Porque no se quedaron rumiando la derrota. Le hicieron frente, sin miedo. Con amor y coraje”.

Sin duda, hay que buscar en la vida la explicación de la muerte. Pero, también, hay que buscar esa vida por la vida. Porque gracias a ella, podemos seguir aprendiendo. No de historia. Precisamente, de política. En todos los sentidos. Así entiendo el mensaje de Manuel Guerrero Antequera. Y así entiendo el mensaje de Manuel Guerrero Ceballos cuando –tras una primera detención y tras su exilio– decide volver a Chile a pesar del peligro que esto representa.

Así también entiendo el mensaje de Horacio Maggio, que después de su detención en la ESMA y tras su fuga, escribió informes que dio a conocer, y que luego fueron elementos centrales para determinar qué es lo que estaba ocurriendo en ese centro clandestino. Tras su fuga, la patota de la ESMA fue en su búsqueda. Se dice que cuando lo estaban por apresar nuevamente, Horacio Maggio se defendió a piedrazos.

Ese hombre que no se entrega, ese hombre que hasta el último minuto lucha por su libertad, y que previamente luchó en nombre de la justicia social, tiene en sus manos una clave. Una clave que hay que poder tomar para remontar el hilo y no quedarnos ni en tal escena ni en tal otra. Ni en tal palabra ni en tal otra. Porque las palabras sueltas no cuentan. Ni siquiera las palabras militante, comunista, socialista, mirista, montonero, combatiente. Tampoco las palabras héroes, mártires, víctimas. Es necesario examinarlas, ver de qué materiales están hechas. Luego, hilvanar. Volver visible el tejido.

Pablo Neruda escribió en uno de sus poemas que “conocer una vida no es bastante, ni conocer todas las vidas es necesario”. Por eso, hay que desentrañar. Rascar a fondo.

Que cueste tanto instalar una interrogación sobre la vida de estas personas que conocemos, principalmente, como muertos, debería llamarnos la atención. Pero también el hecho –tremendo– de la invisibilidad que tienen socialmente aquellas personas que están vivas y cuyas experiencias de acción, de decisión, de militancia y/o participación, de trabajo activo, en sus respectivos ámbitos de lucha previos al golpe de Estado (fuera el que fuera, desde ya, las fábricas, pero también la universidad, también el periodismo, también los barrios), no es percibida como relevante, ni menos como parte necesaria de una educación.

Muchas veces se recurre a estas personas como testigos de experiencias de terceros (en particular, en escenarios judiciales, sobre prisión y muerte). ¿Qué pasa con sus propias experiencias? ¿Por qué no se les pregunta por ellas mismas? ¿Cuáles serían los escenarios adecuados? ¿Los interlocutores adecuados? ¿Para pensar qué?

Algunas sugerencias. ¿Qué es lo que hace que, en determinados momentos, ciertas personas sienten que “pueden”? Que pueden transformar una situación. ¿Ser vector de cambio?

Recuerdo, hace unos años, en el taller “Anhelos”, en Valparaíso, un diálogo sobre estos temas. Una persona contaba de qué manera había entendido la importancia de la palabra solidaridad. Y al narrarlo no mencionaba ningún libro de autor famoso, ninguna tesis de sociología, ninguna columna de diario, sino una experiencia familiar, en el contexto de una huelga obrera.

Porque, claro, no se trata de contar cualquier aspecto de la vida, sino precisamente ese. El que hoy molesta. El que hoy genera rechazo. El que dice relación con la cosa política. O más precisamente, y como bien lo dice Manuel Guerrero A., con la acción.

Voy a dar un ejemplo con el que me siento cierta libertad para expresarme. Jorge Cedrón, cineasta argentino, amaba a los animales. Particularmente a los perros y a los caballos. Sin lugar a dudas completa la representación que uno puede hacerse del tal Jorge, saber que amaba los animales. Pero si Jorge pudo en algún momento volverse peligroso para los militares argentinos, no fue por motivo de estos amores, sino más bien por otra forma de amor que lo llevó a interesarse por el destino de hombres en lucha y a registrar sus vivencias. A filmarlas. Y a partir de ahí, a adentrarse en un terreno movedizo donde, desde siempre, mandan los mismos. Cuando Jorge Cedrón se propuso filmar la película “Operación Masacre”, en base a la investigación de Rodolfo Walsh, no contaba con los medios para hacerla. En rigor, no podía. Sin embargo, pudo.

Es ese “poder” que habría que seguir indagando. Poder cuando todo dice que no se puede. Por eso digo que tenemos todavía mucho que aprender de la vida de nuestros muertos… y de nuestros vivos.