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Año X, 25 de mayo de 2018

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Mega concentración de la riqueza: una tendencia suicida

Roberto Meza A.

  Lunes 23 de abril 2018 13:27 hrs. 
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Una reciente proyección realizada por la Biblioteca de la Casa de los Comunes del Reino Unido ha concluido que, de mantenerse la tendencia y ritmo de acumulación de la riqueza observada a contar de la Gran Crisis de 2008, para el año 2030, el 1 por ciento más rico del mundo tendrá derecho de propiedad y asignación sobre el 64 por ciento de la riqueza global.

El trabajo añade que, incluso, en escenarios más favorables para la igualdad -como extender el plazo abarcando años anteriores de menor desigualdad- la proyección no es mucho mejor, pues, rebaja la cifra anterior al 50 por ciento de la riqueza global.

En efecto, según The Guardian, las estadísticas analizadas constatan que desde 2008 a la fecha, los recursos del 1 por ciento más rico se han venido incrementando a razón de un 6% anual promedio, mientras que la riqueza del 99 por ciento restante ha venido experimentando un ritmo de crecimiento en torno al 3 por ciento promedio, es decir, un 50 por ciento inferior.

El resultado de esta diferencia entre ambas variaciones porcentuales, con el efecto multiplicador de una década de tendencia sostenida, arroja el aberrante resultado, el que bien -advierten- podría ser hasta conservador, puesto que los factores que aúpan este crecimiento de la desigualdad se retroalimentan, por lo que no es descartable que esta dispar evolución de la riqueza pueda acelerar aún más su ritmo.

Diversos analistas atribuyen la creciente desigualdad en los últimos lustros a sistemas socioeconómicos nacionales en los que la brecha salarial (o de ingresos) entre ricos y clase media se amplía sensiblemente, lo que suscita, a su turno, una capacidad de ahorro muy superior que estimula a las clases altas a acaparar activos, dejando el “capitalismo popular” como tema de décadas pasadas.

Es decir, la acumulación de activos en las mismas manos (unas 225 mil familias alrededor del globo) ha tenido como consecuencia que aquellas aumenten su proporción de propiedad directa sobre negocios, empresas, acciones, startups, vehículos de inversión y otros activos del sistema, que han terminado mayoritariamente en manos de pocos dueños.

Esos activos, tras la paulatina recuperación de la Gran Recesión de 2008, han recobrado valor, reportando jugosas ganancias a sus tenedores e incrementando aún más las diferencias entre los grupos, haciendo de efecto multiplicador sobre la desigualdad en la distribución de la riqueza.

De esta forma, a nivel académico el debate ya no se centra en la existencia o no de esta fuerte desigualdad económica, la que es innegable, sino en si dicha desigualdad beneficia o perjudica el crecimiento de la economía de un país, así como, en qué forma este fenómeno incide en temas como la justicia social y la gobernabilidad.

Deutsche Welle publicó recientemente un artículo sobre los beneficios o perjuicios de la desigualdad. Entre los diversos argumentos esgrimidos, los especialistas coinciden en que un cierto grado de desigualdad fomenta la meritocracia, incentiva el progreso social y el emprendimiento, aunque una desigualdad excesiva deteriora la economía, dado que la propensión marginal al consumo es más alta entre las clases más desfavorecidas y las medias que entre las ricas. Es decir, el dinero en manos de las clases con más limitaciones económicas tiende con mayor facilidad a ser gastado, y, por lo tanto, a volver al sistema, generando consumo y actividad económica.

El propio Fondo Monetario Internacional (FMI), a quien nadie podría acusar de socializante, ha llamado la atención sobre las negativas consecuencias que la desigualdad extrema está teniendo sobre el crecimiento económico, aunque algunos argumenten en contra de las tesis de este peligroso exceso, presentando cifras que muestran una baja paulatina de la desigualdad global.

No obstante, aunque la desigualdad mundial efectivamente haya descendido, principalmente por el auge de capas medias de países emergentes -como China e India- y a costa del estancamiento o retroceso de sectores medios de países desarrollados (World Inequality Report) -lo que explicaría los fenómenos populistas en EEUU y Europa- la brecha estadística que decrece es la internacional, no la local.

En efecto, al analizar las realidades nacionales, se observa que la desigualdad en cada país o área económica ha experimentado un aumento relevante, generando la paradoja de ser “rico promedio” (medido por el ingreso per cápita) en términos globales, pero que para vivir en cada país con lo que se recibe del pastel interno, no alcance, en una amplia mayoría, ni para vivir como clase media. Tal hecho consolida la “percepción de desigualdad” -que políticamente es más importante que la desigualdad misma- que estimula la inestabilidad social e insostenibilidad del sistema.

Tales circunstancias ponen, pues, un llamado de alerta a las elites dirigentes nacionales en la medida que, si las tendencias se mantienen y la concentración de las riquezas continua, los diversos modelos socioeconómicos democráticos de libre mercado corren serios riegos de ser suplantados por populismos de izquierda y/o derecha, y sus respectivas fórmulas nacionalistas, proteccionistas y autoritarias, tal como, por lo demás, ya comienza a suceder.

Para un aún mayor pesimismo, el World Inequality Report ha afirmado que “los países se han vuelto ricos, pero los gobiernos se han vuelto pobres, lo cual limita sus opciones (políticas) de atacar la desigualdad”, al menos, sin romper las reglas del juego, seguir aumentando la deuda y la burbuja de bonos soberanos.

Estudiosos de la economía mundial advierten que la desproporcionada concentración actual de la riqueza, solo es comparable con la que se observó en los años 30, previo a la II Guerra Mundial, una señal más que clara sobre la urgencia de asumir cambios socioeconómicos que protejan a las capas medias, históricos colchones de estabilidad política de las naciones.