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Año X, 20 de junio de 2018

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La deuda mundial: una alerta política para Chile

La deuda pública promedio de las economías desarrolladas se ubica en el 105 por ciento del PIB, niveles que no se habían observado desde la II Guerra Mundial. En los mercados emergentes y las economías de ingresos medios, en tanto, la deuda estatal se acerca al 60 por ciento del PIB en grados no vistos desde la crisis de la deuda de los 80. Finalmente, en los países en desarrollo, los montos medios de la deuda respecto del PIB han seguido subiendo a un ritmo creciente y ya superan el 40 por ciento a partir de 2017.

Roberto Meza A.

  Miércoles 6 de junio 2018 12:07 hrs. 
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Según recientes cálculos del Fondo Monetario Internacional (FMI), la deuda acumulada mundial ha alcanzado máximos históricos al llegar a un monto de $164 millones de millones (billones) de dólares en 2016, cifra que equivale al 2,25 veces del PIB del orbe (unos 77 billones de dólares) y un 12 por ciento más alta que la de 2009 -crisis subprime-, siendo China la principal fuerza propulsora de dicho débito.

De aquel gigantesco volumen, la deuda de los Estados es la que explica el mayor porcentaje del débito total, buena parte producto de la quiebra económica producida por la crisis financiera de 2008-2009 y la respuesta de política que asumieron los gobiernos, sumado al efecto de la brusca caída de los precios de los productos básicos en 2014 y al incremento del gasto en los mercados emergentes y países en desarrollo de bajos ingresos.

La deuda pública promedio de las economías desarrolladas se ubica en el 105 por ciento del PIB, niveles que no se habían observado desde la II Guerra Mundial. En los mercados emergentes y las economías de ingresos medios, en tanto, la deuda estatal se acerca al 60 por ciento del PIB en grados no vistos desde la crisis de la deuda de los 80. Finalmente, en los países en desarrollo, los montos medios de la deuda respecto del PIB han seguido subiendo a un ritmo creciente y ya superan el 40 por ciento a partir de 2017.

En términos absolutos, los $ 164,4 millones de millones se reparten en $ 119,2 millones de millones de dólares de las economías avanzadas; $ 43,9 millones de millones  de dólares de las emergentes; y $ 1,3 millones de millones de dólares de las economías en desarrollo de bajos ingresos. Como es esperable, los países ricos muestran una proporción de endeudamiento 100 veces mayor a la de los pobres.

Y dentro de las economías avanzadas, los tres países que aglutinan más de la mitad de la deuda global son EE.UU., que desde 2007 a 2016 la subió 43 por ciento, desde $ 33,6 billones, a $48,1 billones de dólares  y cuyo volumen no mostraría reducciones inmediatas dadas las señales político económicas del gobierno de Trump; China, que aumentó en igual lapso un formidable 420 por ciento, desde $4,9 billones en 2007, a $25,5 billones  de dólares en 2016, producto de la prolongada política de bajas tasas para incentivar la demanda interna; y Japón, que subió de $ 15,7 a $18,2 billones de dólares.

¿Qué significa que la deuda de los países más ricos se ubique en sus actuales niveles, es decir, que deban prácticamente el total de la producción de bienes y servicios del país de un año? Lo primero es que, si bien en una deuda mayor el problema no es del deudor sino del banco, tales recursos se les deben a alguien que los ahorró y a quien habrá que pagárselos en algún momento. No tener los recursos para hacerlo en su oportunidad genera problemas para deudor y acreedor.

La citada deuda, además, va acompañada de déficits fiscales que han ido en aumento, dejando a los países deudores muy vulnerables al riesgo de refinanciación, la que se produce no solo a mayores tasas, sino en medio de una dura competencia por capitales, especialmente en aquella con vencimientos de corto plazo (un año). Una situación como la citada suscita rápida reacción de los mercados, los que de inmediato se cierran, al tiempo que los papeles de gobierno se tornan menos atractivos, aumentando aun mas las tasas a las que se refinancian. Es decir, una elevada razón deuda/PIB tiende a ocasionar un alza en las primas de riesgo porque los inversores pierden confianza en la viabilidad de las políticas fiscales y la capacidad de pago del país. La banca, dado que mayoritariamente presta ahorros ajenos, lo hace cuando el sol ilumina para el deudor, y se los quita cuando se inicia el mal tiempo.

A mayor abundamiento, la investigación del FMI, realizada sobre una muestra de 179 episodios de techos de deuda en 90 países avanzados, mercados emergentes y en desarrollo de bajos ingresos, muestra que el mayor impulsor de los picos de deuda pública no se correlaciona tanto con los déficits primarios, como con las contracciones del PIB o el pago de intereses más altos.

Asimismo, altos niveles de deuda pública dificultan la capacidad para enfrentar las necesidades de gasto público dada la caída de ingresos que se produce en contextos de crisis financiera: la combinación de niveles excesivos de deuda fiscal y privada suelen ser peligrosos socialmente en caso de baja actividad económica, dado que, de una parte, emerge la exigencia de subir impuestos para recaudar las pérdidas de ingresos estatales, y de otra, reduce la renta de las familias e impulsa el circulo vicioso recesivo.

Se podría afirmar que, en el caso de Japón, cuya deuda se eleva a un 236 por ciento del PIB nacional -la más alta del mundo- no se han presentado dichos problemas. Sin embargo, se trata de un caso distinto, que explica por qué no ha caído en default: la mayor parte de su deuda (incluidos los bonos del Estado) está en manos de sus propios ciudadanos, por lo que el riesgo de impago es limitado. A su turno, en un entorno de deflación o baja inflación, como el que ha vivido Japón en los últimos años, si los precios bajan y los bonos ofrecen rentabilidad positiva, la rentabilidad real aumenta. Pero, así y todo, en un circuito como el señalado, el país se ve obligado a aumentar el ahorro nacional para que los compradores internos sigan comprando más deuda pública, aunque en un marco en que la población está disminuyendo y envejeciendo. Estas razones hacen prever a los especialistas que, en el mediano plazo, es dudoso que Japón pueda seguir incrementando el ahorro nacional hasta un punto en el que la compra de bonos japoneses sea sostenible, por lo que, más temprano que tarde, requerirán de inversores extranjeros para no caer en default.

La situación de deuda que enfrentan economías de la tradicional fortaleza de EE.UU. y Japón y ahora China, constituye, pues, una clara alerta frente al incremento del déficit y la deuda fiscal de países que, como Chile, han elevado su nivel de deuda estatal a casi un 40 por ciento del PIB, mientras que el del sector privado ya superó el 100 por ciento.