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“Il Siciliano”: exponer más que mostrar

La lógica en que se mueve el personaje de “Il Sicialiano” es el de la de la más básica farándula televisiva. Avatte parece disfrutar de ser el centro de atención y de que la cámara registre cada uno de sus movimientos. No parece haber distancia crítica respecto a sí mismo ni a qué o cómo se muestra, lo importante es mostrarse.

Antonella Estévez

  Domingo 8 de julio 2018 11:13 hrs. 
avatte

¿Debe tener moral el cine? ¿En qué momento una persona pasa de ser sujeto a objeto en un documental? ¿Pueden los realizadores proteger al sujeto de su misma hambre por exponerse? ¿Deberían? Estas y otras preguntas han estado en mi cabeza desde que vi “Il siciliano”, el documental que se centra en los últimos meses de vida de Juan Carlos Avatte, dueño de la conocida tienda de pelucas que lleva su apellido.

La cinta abre con una larga escena en una fiesta – que luego entendemos es un evento de caridad organizado por el protagonista- en donde se mezclan imitadores, cantantes en decadencia, vedettes y gente de la pequeña farándula. Todo esto filmado con una cámara que se mueve de una escena a otra sin situarse, por un largo rato, en ningún personaje en particular. Hasta que llega un momento en que se detiene en Avatte para hacer ver al espectador que es este sujeto el centro de la acción y que el resto de los personajes, de alguna manera, se mueven en torno a él. De ahí en adelante observaremos la cotidianeidad de este sujeto. Su relación con sus trabajadores, clientes y amantes en un vaivén constante que va de la fiesta a la soledad. Aunque pareciera que es este último el estado más permanente del personaje, incluso cuando está rodeado de gente.

Carolina Adriazola, José Luis Sepúlveda y Claudio Pizarro comparten los créditos de dirección, guión y producción de este documental. Los dos primeros son nombres reconocidos del cine chileno por su potente trabajo en Feciso -Festival de Cine Social y Antisocial que tiene como sedes La Pintana, La Granja y San Ramos y que ya va por su 21° edición-  y por la Escuela de Cine Popular, y especialmente, por sus anteriores películas en donde utilizaron de manera radical el lenguaje cinematográfico para acercarnos a realidades que poca presencia habían tenido en el cine chileno. Su anterior trabajo “Crónica de un comité”, del 2014, tiene en común con “Il Sicialiano” una cámara dinámica que privilegia el seguimiento de los personajes al cuidado estético, pero ambos documentales se distancian enormemente en la sensación de que los personajes de “Crónica de un comité” contaban con el respeto e incluso el cariño de los realizadores, cosa que parece no suceder con este último documental.

La lógica en que se mueve el personaje de “Il Sicialiano” es el de la de la más básica farándula televisiva. Avatte parece disfrutar de ser el centro de atención y de que la cámara registre cada uno de sus movimientos. No parece haber distancia crítica respecto a sí mismo ni a qué o cómo se muestra, lo importante es mostrarse. La cámara capta su soledad y su sordidez sin reparos, desnudándolo –metafórica y literalmente- ante el espectador, pero sin darle ni un espacio de luz. No vemos ningún gesto del protagonista con el que pudiéramos conectar, su generosidad es siempre desde el ego y sus relaciones están todas movilizadas por el interés. Aunque muy próxima en términos físicos la cámara –y con ella el relato- siempre guarda una distancia respecto a lo filmado.

La historia del cine está llena de ejemplos en que los realizadores están moralmente o emotivamente distanciados de lo que filman, muchos de estos ejemplos son además muy buenas películas. No es responsabilidad de los cineastas proteger a los personajes de los relatos que construyen respecto a sí mismos, de su necesidad de exponerse o de su inconsciente manejo ante la cámara. Ahora, este ejercicio de distancia y exhibición tiene un efecto directo en las emociones del espectador. Si no hay una conexión emotiva, o la que existe es eminentemente negativa, es posible que constantemente nos preguntemos ¿Por qué me están mostrando esto? ¿Qué me quieren decir con esta historia? ¿Por qué debería detenerme a observarla? En el caso de “Il Sicialiano” podemos hacer el esfuerzo de que esas imágenes nos ayuden a reflexionar sobre la imagen y la superficie –de las que las pelucas son interesante metáfora- sobre la soledad y el interés. Pero las respuestas a estas últimas preguntas resultaron, en mi caso, pobres y no lograron superar el desagrado que me produjo el documental. Aunque probablemente de eso se trataba.