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El gran secreto de la vida

Columna de opinión por Argos Jeria
Lunes 26 de julio 2010 12:40 hrs.



Ocurrió durante lo que en esa época se llamaba quinta preparatoria – hoy quinto básico -en un colegio pequeño en la comuna de Ñuñoa. Llegó la hora del recreo y mis compañeros fueron saliendo al patio. Entonces la escuché decirle a la profesora que ella prefería quedarse en la sala. Le dije que yo también me quedaría. Me miró sonriente y encantadora; “se por qué te quedas” me dijo con mucha naturalidad, “porque yo te gusto”, agregó. Asentí mudo y sorprendido. Fue la primera señal de algo que el tiempo iría incubando de manera persistente en mi cabecita de niño, joven, hombre: las mujeres tienen el control. Se llamaba Begoña. Begoñita.

Dos o tres años después – en otro colegio – me ofrecí a llevar en bicicleta a la chica de mis sueños. Montó en la parrilla ubicada sobre la rueda trasera. Mientras me desplazaba con ella a mi espalda le pregunté si quería pololear conmigo, algo que nunca antes había dicho a chica alguna. Algo dijo como para ganar tiempo mientras yo, en una mala maniobra, terminaba con los tres en el suelo: la bici, yo y ella, tratando de bajarse la falda escolar cubierta de tierra. No recuerdo como siguió el asunto en ese momento, pero se convirtió en mi primera polola formal, con besitos detrás de la puerta de su casa una vez que yo terminaba de jugar a las bolitas. Luego prefirió a los más grandes y bonitos. La conclusión no podía ser otra: ellas mandan.

Era un hecho. Mis compañeras preferían a los mayores, sin importar que fueran los más porros. Intenté pololear con la que ahora es mi mujer pero ella seguía el mismo esquema. Cuando – diez años después – aceptó casarse conmigo, lo consideré un signo de madurez. Pero ellas seguían al mando. Claro que en el intertanto yo también maduraba en compañía de otras chicas que – como planteara el personaje de Nick Hornby en Alta Fidelidad – no llegaron al top five (y espero no lleguen a leer esta crónica).

Me demoré cincuenta años en descubrir el gran secreto de la vida: las mujeres son tan inseguras como nosotros los hombres, ni más ni menos. Es evidente que si dejamos que la inseguridad domine, nunca ocurrirá nada entre un chico y una chica. Hay que hablar con claridad y naturalidad. Piense que, además, las empatías suelen ser mutuas: cuando pequeños nos gusta jugar con quienes nos caen bien y a quienes caemos bien; más grandecitos nos juntamos con quienes nos entretienen y a quienes entretenemos. Así es que abandone los flechazos meramente visuales; meta conversa sin ánimo conquistador, sólo porque si no habla pues nunca ocurrirá nada, nada de nada. Así se busca el Bello Sino.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.