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Rafael Ruiz Moscatelli

Solo unos pocos filósofos hablan de la crisis del sistema

Rafael Ruiz Moscatelli | Lunes 28 de noviembre 2011 17:16 hrs.


Hasta ahora, solo unos pocos filósofos se han atrevido a señalar que la crisis financiera va a provocar cambios en el funcionamiento del sistema capitalista contemporáneo, mientras la élite política internacional en pleno declara que el sistema no tiene alternativa. La excepción es un grupo muy pequeño de figuras políticas entre las cuales destaca Daniel Cohn Bendit europarlamentario francés de origen alemán, líder de la Revolución del 68 en Paris.

El argumento de que no hay alternativa al sistema para quienes vivieron la guerra fría es más fácil de asumir que para las nuevas generaciones. Durante ese conflicto la vida pública era una polémica simplificada entre un capitalismo más regulado que el actual y un socialismo basado en diferenciarse aun en cosas que no eran fundamentales con el capitalismo.  Hoy las alternativas al sistema son más solapadas, más complejas y menos construidas, paradojalmente son más parte del sistema y no por eso dejan de ser transformadoras y quizás puedan ser más efectivas. Las reformas al sistema financiero a nivel mundial han tenido más resistencia de la elite global que las reformas a la propiedad en los setenta.

Una situación como la de la guerra fría, excluía opciones y consumía toda alternativa a los pensamientos únicos implantados en ambos bloques. Cuando el estado soviético se deshizo y con él su área de influencia, no se deshicieron los pensamientos que desde finales del siglo diecinueve cuestionaban y proponían diversas alternativas a la apropiación privada, ellos se han expresado durante las crisis económicas y especialmente en el periodo de capitalismo desregulado inaugurado por Reagan y Tacher el cual pervive hasta ahora. Lo más complejo del periodo es que la impermeabilidad del sistema se instaló como un reflejo condicionado en el cerebelo post moderno, generando hasta hoy dificultades para articular un proyecto de transformación del sistema. El capitalismo desregulado, no es fuerte, no solo ha sufrido de fiebre como señalaron sus calificados defensores, más bien adquirió la fiebre incurable de la malaria, de la cual sus centros estratégicos llevan cinco años tratando de reponerse. Los treinta años de desregulación impulsados por los paladines del  mercado, fortalecieron las mafias y la banalidad, generando desigualdades comparables a las épocas de las monarquías absolutas. La elite  contemporánea es fruto de una concentración del poder económico y político  inauditas en otras épocas de convivencia democrática.

En Chile, escuchamos a la elite refocilarse sin distingo sobre lo bien que marcha todo, y no se preguntan porque una significativa parte de la población no le gusta este modelo de vida. Ese malestar no es ciego, se ha acumulado por años; por la falta de reformas democráticas, por la brecha creciente en los ingresos y la ausencia de mecanismos de participación. Antes del movimiento estudiantil 2011 no se visualizaba fácilmente, sin embargo el reclamo existía, y ahora exige mayores regulaciones para frenar o terminar con las desigualdades más generalizadas. Es una idea fuerte, un sentimiento difícil de desactivar. Es simultáneamente una argumentación y voluntad que incluye variadas posturas anticorporativos y antielitistas. Todavía puede seguir siendo parte de una estrategia sin tiempo y sin espacio, esa ha sido su fortaleza,  pero no  puede seguir por años desarrollándose de la misma forma. Teóricamente es posible acumular más fuerza global para que los conservadores comprueben su precariedad. Si el resultado de una negociación es la mantención del orden cuestionado, no tiene sentido, pues no modifica la conciencia que generó el conflicto y menos la conciencia desarrollada por la movilización misma. El conservador que no entiende lo anterior está a un paso de tomar o respaldar medidas autoritarias.

Nuevamente la disputa está en  terreno de las utopías, la desregulación económica se sostiene en su inercia, es una utopía conservadora. En los últimos cinco años ha tenido un traspié decisivo. La ayuda pública a un sistema financiero privado en crisis da cuenta en si mismo de esa paradoja. Unos lo aceptan por conveniencia, pero son pocos los convencidos de que sea justo y razonable que los más débiles ayuden a los más fuertes para seguir siendo débiles. La utopía de reemplazo está lista, es su contraparte debe reformar lo hecho para crear una base de cambio en la sociedad. En Chile basta partir aplicando las reformas políticas pendientes, las económicas redistributivas y  respetar los derechos sociales para dar inicio a una transformación. Es un programa moderado, sencillo, que hasta iniciado el 2011 se veía inalcanzable, dado el alto nivel de conservadurismo imperante en el país. Hoy ese programa está más asentado en la conciencia de los chilenos y cuenta con una simpatía internacional importante. El desafío es la articulación de fuerzas existentes con las emergentes. Para hacer una síntesis debe surgir  una instancia horizontal en las decisiones públicas.  Se necesita una multipartidaria que no excluya a priori a ninguna organización, y que asuma  las transformaciones como posibles  pues el espíritu de la sociedad chilena cambió nuevamente. En tanto, la elite conservadora percibe que en la reforma está su propio fin, de ahí que no reaccione ni nacional ni internacionalmente para remediar efectivamente la debacle social que genera la crisis financiera. Ese absurdo no durará mucho tiempo.