Diario y Radio Universidad Chile

Año XIV, 6 de octubre de 2022

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La luz de Antares (o cómo esconder la represión contra un pueblo)

Raúl Martínez R.

  Domingo 5 de mayo 2013 9:45 hrs. 
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El suicidio de Ramón Castillo iluminó los noticiarios de los medios chilenos. Enviados especiales a Cusco, entrevistas a especialistas en sectas y funcionarios de la Policía de Investigaciones, enlaces en vivo, todo el despliegue mediático para dar cuenta de la muerte de un desequilibrado. Sencillamente Antares de la Luz como se hacía llamar, se convirtió en el redentor de cuanto editor de prensa no sabía qué hacer para dejar en segundo plano el masivo acto de la Central Unitaria de Trabajadores, su convocatoria a huelga general para el 11 de julio y la brutal represión desatada no contra encapuchados, sino contra cualquier ser viviente que se atrevió a llegar este 1 de mayo a la Alameda de Santiago.

Más de 15 minutos estuvo TVN contando el suicidio de Castillo. La nota sobre el acto de la CUT no alcanzó los cinco. Una proporción desconsiderada, teniendo en cuenta que la manifestación social fue ampliamente respaldada. No significa esto que no merezca el repudio general las actuaciones de esta secta de niñitos bien que buscan la iluminación interna y siempre propia, lo que demuestra de paso el egoísmo que reina en sus almas. Pero lo cierto es que a la principal organización de los trabajadores casi no se le dio bola con sus argumentos del por qué convocar a un paro de actividades.

No se podría explicar el acto sin dar cuenta de lo sucedido con los asistentes. Permanentemente asediados por la policía, desde temprano la gente fue sometida a controles y revisiones de sus pertenencias. En Erasmo Escala con Maturana un policía exige a un joven que dé cuenta del contenido de su mochila. El estudiante le muestra las cosas que lleva sin reclamos. Una cuadra más allá otro policía vuelve a conminar al joven a mostrar lo que lleva en el bolso. “Pucha, si ya me revisaron allá”, le muestra apuntando la cuadra precedente. “Yo te voy a revisar acá poh hueón”, espeta el carabinero. Termina el diálogo con los ojos del uniformado bien abiertos en señal de desafío esgrimiendo que si uno quiere respeto tiene que ser respetuoso. Casi con el gesto de un “choro” de un barrio cualquiera, le pregunta luego de su análisis filosófico “¿O no?”. “Sí señor”, contesta el joven y sus otros dos amigos ya asustados por la actitud del carabinero.

Luego lo que siempre sucede cuando a la derecha no le gusta que el pueblo se reúna: Carros policiales paseándose por las calles donde la gente marcha; amplia presencia de policías con escudos; ordenes de no continuar por tal o cual vereda y otras artimañas que no hacen más que exaltar los ánimos.

Seguro quien no esté de acuerdo con este relato va a argumentar que los saqueos y los vándalos. Esos son actos delictivos. Pero quienes el 1 de mayo fueron a la marcha, no lo hicieron para intentar un robo o para enfrentarse a la policía. Muchos de ellos fueron con sus familias, con sus hijos e incluso varios llevaron a sus bebés. Es la fiesta de los trabajadores, empañada por una represión que no resulta comprensible.

El video de OPAL que da cuenta de la violencia policial, muestra a un funcionario de Fuerzas Especiales que corre y se lanza sobre tres personas que están apoyadas sobre la cortina metálica de un negocio de la Alameda. El policía se da vuelta, casi en un pase de ballet, y luego sigue corriendo. ¿Qué puede explicar este actuar? Bastonazos subían y caían sobre la gente que increpaba a los carabineros por lo que estaban haciendo. Otro grupo que estaba en la marcha debió soportar gases y chorros de agua. El objetivo fue siempre dividir el bloque humano para que las cámaras no captaran la cantidad de gente que fue al acto a escuchar la convocatoria al paro de julio y a sumarse a la exigencia de poner fin a una constitución espuria y antidemocrática, a terminar con un sistema de pensiones irracional que se aprovecha del trabajo de millones de chilenos obligados a entregarles cada mes sus cotizaciones, a cambiar un sistema educativo que nadie quiere y a exigir mejores salarios en un país que mira cómo mil 700 familias se quedan con el pedazo más grande de la torta, mientras el resto debe soportar la precariedad laboral para poder llevar el mínimo sustento que le permita vivir endeudado junto a su familia.

Pero nada de eso se reflejó en la pantallas de la TV. Lo cierto es que Antares dio luz a los noticiarios, aunque fuera esta vez ya muerto.

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