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José Cañas C.

Portales: hombre de Estado; Pinochet: su caricatura

José Cañas C. | Domingo 2 de junio 2013 13:29 hrs.


Habría que recordar, en primer lugar, que en su frenesí por encontrar una legitimidad y quizás un fundamento histórico a su  sangriento putsch, Pinochet  se puso en cierto momento a utilizar el título de Capitán General para sí mismo, desenterrando así una expresión que perteneció a la colonia española, es decir a una época en que Chile era una Capitanía General del virreinato del Perú y de la monarquía hispana. Esta preferencia es en ella misma bastante significativa de lo que eran las inclinaciones profundas  del tirano, quien seguramente se habría sentido mucho más a gusto  en el marco de la sociedad colonial que nuestros patriotas habían echado abajo en 1810.

Pero como el título rimbombante que el dictador había desempolvado no produjo en la ciudadanía el impacto esperado, el autócrata   ordenó a algunos de sus solícitos y serviles cortesanos del momento que le buscaran en nuestra historia algún  acontecimiento o alguna personalidad que pudiera servir de bandera  o de símbolo a una administración como la suya, una administración  que hasta allí no era conocida en el país y en el mundo que  por la tortura que aplicaba a sus opositores y por los negociados en que nadaban la parentela y los  amigos del déspota.

Es así como se llegó a determinar que Diego Portales Palazuelos  sería la figura nacional que Pinochet  enarbolaría de allí  en adelante  como fuente de inspiración de lo que el tiranuelo de los setenta osaba llamar, en términos grandilocuentes, su política nacional.

Desde luego que el dictador debió comenzar por aprender de memoria  el nombre y el apellido materno de este insigne personaje con el objeto  de  no cometer errores mal avenidos en sus discursos oficiales pues, como le ocurría  a un gran  número de chilenos de la época de la dictadura, el  ministro de 1830 había pasado a ser  un ilustre desconocido.

Lamentablemente para nuestra dignidad nacional,  los hechos que relatamos se convirtieron  en un episodio burlesco más en  la  tragedia  de que fue teatro nuestro  país durante 17 años.

En efecto, queriendo presentarse como el heredero político de Portales, el dictador se convirtió en el hazmerreír de aquellos de nuestros compatriotas medianamente informados,  quienes a este respecto  no pudieron impedirse de   pensar en el  célebre juicio de Karl Marx  que afirmaba, en el siglo XIX, que la historia se repite siempre dos veces, una como tragedia y otra como comedia.  Marx se refería  así a  Napoleón III,  una especie de militarcillo putschista, que gobernó Francia en la segunda mitad de ese siglo y que había resultado la perfecta contradicción de su tío, el Emperador Napoleón Bonaparte que es el único a quien recuerda la historia.

Así pues, la comedia del brutal  tirano chileno de los años 1970  no puede pues compararse ni de lejos ni de cerca con la tragedia de Portales y esta comparación resulta  tan imposible en el plano político como en el plano personal.

En efecto, estoy  muy lejos de simpatizar con  el también tirano que fue  Portales ,   pero no se puede  menos que reconocer que la personalidad  y  la acción política del ministro autoritario de los años 1830  no pueden ser de ninguna manera comparadas con la  persona y el proceder del dictador felón de 1973.

Así, bastará con recordar que si a Portales se le recuerda  por su  gobierno tiránico se le recuerda también por su aporte a la organización de nuestro Estado y por su honestidad personal,  hasta el punto de  que a su muerte el  gobierno debió subvenir a la subsistencia de su familia que había quedado huérfana  de todo recurso.  Pinochet en cambio, como todos lo sabemos muy bien,  no solo desmanteló casi completamente el aparato estatal en beneficio de sus amigos pudientes sino que,  utilizando seudónimos variados,  abrió múltiples cuentas bancarias  para recibir  ingentes   beneficios mal habidos durante  su gestión de los asuntos públicos.

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