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Julio Hurtado

Ciclistas, automovilistas y peatones: un conflicto creciente

Julio Hurtado | Miércoles 22 de enero 2014 9:51 hrs.


Un nuevo e interesante fenómeno está ocurriendo crecientemente en las ciudades chilenas, especialmente en Santiago: la irrupción de la bicicleta y su uso como medio de transporte masivo.

Este fenómeno, que deja a la vista la carencia absoluta de una política vial, tiene varias explicaciones, partiendo por la generosa y consciente respuesta de muchos ciudadanos frente a la congestión y contaminación, producto del impune negocio de importación automotriz, favorecido por la irresponsable actitud de las autoridades y por la ausencia de una opinión publica que reclame sus derechos a una mejor ciudad. Pese a que para muchos, la opinión publica está presente, en la medida que la población consume crecientemente automóviles, al cual valoriza como fetiche, ya que aun mantiene su carácter simbólico de estatus.

En ese contexto la irrupción del uso de la bicicleta responde también a nuevos comportamientos culturales de sectores emergentes, con pretensiones culturales, que han viajado, real o virtualmente, y conocen las bondades del ciclismo urbano en otras ciudades, especialmente europeas.

El espacio urbano publico, es decir, el espacio libre que queda entre las fachadas de las construcciones, es limitado y está compuesto por las veredas, las áreas verdes y las calles. Todos estos componentes, con distintos tipos de usuarios, están en constante disputa. Pero, en los últimos veinte años, en esta disputa se ha impuesto arrolladoramente el uso de los vehículos motorizados particulares, lo cual, que duda cabe, es producto del crecimiento económico general y de una incipiente y constante movilidad social.

El fenómeno anteriormente descrito tiene una brutal expresión en la reconversión de hermosos antejardines en lugares para guardar y proteger los automóviles, en la transformación de áreas verdes comunitarias en espacios para estacionamiento. Vemos entonces que, claramente, una parte importante de la población prefiere garantizar la seguridad de sus automóviles, sacrificando el lugar de recreación de sus hijos.

La adaptación de la ciudad al uso indiscriminado del automóvil se traduce también en un constante cercenamiento de lonjas de parques para ampliación de calles, lo cual, además de atentar contra la calidad de vida de los ciudadanos, ha cambiado el perfil estético de la ciudad. Baste citar como ejemplos la Plaza Italia que en los últimos años ha reducido su diámetro a la mitad; en los parques Forestal y Providencia que cada vez son mas angostos, frente al ensanchamiento permanente de las calles aledañas; y, especialmente, el caso de la avenida Matta, que otrora fue un hermoso parque-bulevar, hoy devenida en un simple bandejón central, con una deficiente ciclovía.

Es así que en el espacio publico se presentan múltiples disputas, las cuales poco a poco se están instalando en los medios, en la gente, en los políticos. Lo anterior es muy sano socialmente hablando, pero cabe hacer notar que en esta disputa está pasando desapercibido y sin macula la importación sin control de automóviles. Este es un gran negocio, pero, fundamentalmente, es una decisión política.

Es política la valorización del automóvil; es político subvalorar el transporte publico; es político no racionalizar el uso de la bicicleta; es político exigir estacionamientos en los nuevos edificios, lo cual estimula el consumo automotriz.

Estamos en presencia de una gigantesca presión corporativa de los importadores de automóviles, en asociación fructífera con el sector inmobiliario, que constituyen una alianza poderosísima, financiadora de campañas políticas, lo cual podría explicar el desgano de las autoridades para intervenir en este tema.

En definitiva, ha sido el arrollador crecimiento del parque automotriz y la falta de una política democrática de transporte urbano, lo que ha provocado estos crecientes conflictos entre distintos actores en las ciudades chilenas.

En primer lugar, la competencia entre subutilizados automóviles que disputan con el transporte publico el uso de las calles; también se genera competencia entre todos los vehículos motorizados que disputan (y atropellan) con los ciclistas; y los ciclistas que, huyendo de la prepotencia automotriz, se suben a la vereda disputando (y atropellando) a los peatones. En algunos casos se observa de parte de los ciclistas una falta de consecuencia, ya que tienden a reproducir con los peatones el abuso y matonaje que son victimas de parte de los automovilistas. 

Una pregunta final:

¿Sabia usted que,  pese a las opiniones de la alcaldesa de Santiago y de todos los especialistas en patrimonio, será demolido el magnifico edificio, una verdadera joya arquitectónica, ubicado en la esquina sur poniente de las calles Morandé y Rosas? ¿Nadie puede hacer nada al respecto?

El contenido vertido en esta Columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Diario y Radio Universidad de Chile.