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Año XIV, 12 de agosto de 2022

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Haydée Oberreuter: “La nula voluntad política explica que en Chile aún no se tipifique la tortura”

Para la sobreviviente de prisión política y tortura, el retorno a la democracia ha sido mucho menos de lo que esperaban en materia de Derechos Humanos. A juicio de Haydeé Oberreuter son los mismos personeros que antes decían ser uno de ellos, los que ahora les dan vuelta la espalda y traban cada avance en materia de reparación y justicia para las víctimas de la dictadura.

Paula Campos

  Lunes 8 de diciembre 2014 12:43 hrs. 
recorte Haydee

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Este miércoles se conmemora un nuevo aniversario del Día Internacional de los Derechos Humanos. Tal como en otras materias, Chile se jacta de haber ratificado la convención que los ampara, firma que no ha sido un sello de garantía para las miles de víctimas, sobrevivientes y familiares de aquel golpe de Estado de 1973.

Como cada año, rostros anónimos y otros un poco más reconocidos desfilarán por las calles para visibilizar sus heridas. Las que una y otra vez les han intentando tapar con el transcurso de la historia. En Santiago, la marcha será por alrededor de La Moneda, tomados de las manos, las víctimas caminarán para que las autoridades vean que siguen presentes pese a la insistencia de ignorar sus demandas.

Es en ese contexto que conversamos con Haydée Oberreuter, mujer que por más de cuarenta años se ha dedicado a buscar justicia para los que, como ella, fueron víctimas de tortura durante la dictadura. A esta altura, sus ojos dicen mucho más que sus mismas palabras. Con mesura trata de disimular el desencanto que por años ha debido cargar. El retorno a la democracia fue mucho menos de lo que ella esperaba, al menos en materia de reparación y justicia para quienes deben cargar en silencio los dolores y recuerdos que las autoridades prefieren ignorar.

Entrar en su historia es difícil. Revivir los pesares de una sobreviviente de la tortura no parece justo, no por el mero afán de conmover. Rescatar su lucha entonces se vuelve mucho más pertinente, escuchar sus banderas y transcribirlas, forma parte del ejercicio de la memoria que nos ha sido negado por más de cuarenta años.

Su nombre está en el recuerdo de miles de personas, los que atónitos leían aquella entrevista de Alejandra Matus, quien puso en el papel el dolor de esta mujer que con solo 19 años fue arrastrada a un centro de tortura en Valparaíso, lugar donde –entre muchos otros episodios intrascriptibles- fue despojada del hijo que llevaba en su vientre, marcas que nunca olvidará ni su cuerpo ni su alma.

Pese al infierno que vivió, Haydée es una superviviente. Valentía, fuerza y un toque de azar le permitieron soportar los vejámenes de aquellos que hoy siguen deambulando libres por las calles, impunidad que tal vez sea la huella más dolorosa en el camino de esta mujer.

Al traerla al presente es enfática y categórica: “Nada es tan difícil como tener que encontrarte con el hombre que te torturó en plana calle. Nada es tan doloroso como ver sus condecoraciones mientras tú, la víctima, te pasas por la vida de incógnita, lo más en silencio posible para no alterar aquel orden construido sobre nuestro pesar”.

En conversación con Radio Universidad de Chile contó la historia de quienes han convertido a la búsqueda de justicia en su razón de vivir. Habló de esos que han ido escribiendo sus días a la par con la de un país que avanza dejándolos atrás.

¿Qué sienten cuando una y otra vez, desde diferentes corrientes políticas, les piden avanzar para encontrar una reconciliación que ha tenido de todo menos verdad y justicia?

Yo no tendría cara para pedir eso. Las explicaciones que nos han dado son diversas. Al principio, que no moviéramos las piedras para no alterar la estabilidad democrática. Hoy, que estamos a punto de ingresar un proyecto de nueva ley de reparación que reemplace la que tenemos, con certeza nos darán una nueva excusa.

Nos dijeron que el país no estaba preparado, que representábamos un gasto que no estaban en condiciones de hacer, mil palabras. El problema es que quienes han hecho esas explicaciones son las mismas personas que hoy no cumplen con el programa que comprometió la Presidenta Bachelet. Se mueven por la misma lógica, decir siempre quisiéramos hacerlo, pero no se puede, no están las condiciones, esperen.

Inicialmente tuvimos toda la buena disposición del mundo para tener paciencia y esperar, porque con el retorno a la democracia lo que nos dijeron era que se iba a abordar primero los casos de los compañeros detenidos desaparecidos. Cómo íbamos a estar en desacuerdo si los desaparecidos eran nuestros propios compañeros de lucha.

Pero después las líneas de argumentos con las que históricamente nos han chantajeado han sido diversas. Yo no sé dónde las han construido, pero no les han funcionado, porque seguimos existiendo como organizaciones y seguimos convocando gente, porque mantenemos la cordura y la fortaleza de espíritu para seguir luchando. Nosotros tenemos claro, pese a que muchos son partidarios del gobierno, que ellos son los que nos han engañado y han pretendido dilatar las soluciones a la espera que nos reduzcamos por la vía natural y, de esa manera, reducir el monto que el Estado tiene que invertir.

Es triste porque este país se merecía que las víctimas de la dictadura, que estas organizaciones de personas pudieran aportar al movimiento social y no que nos tuviera secuestrados en la defensa de algo que es evidente.

¿Cuál es su opinión de la situación actual del trato que tienen las autoridades con las víctimas de la dictadura y sus familiares?

Ya quisiera yo darte una respuesta alentadora. La verdad es que a las víctimas de la dictadura se nos ha tratado muy desde la apariencia, pero poco en lo concreto. En la práctica se ha abordado el tema de los Derechos Humanos y de la sobrevivencia a la prisión política y tortura de manera muy errónea, deliberada y por omisión. Lo que ha estado de por medio es una búsqueda de tratar de cuantificar, dimensionar, calificar y luego cuantificar nuevamente. Al fin de cuentas, lo que hace el Estado es querer saber cuánto costamos, es ponernos un criterio de mercado. Cuánto vale esta gente.

Imagínate lo que fue para nosotros el darnos cuenta que unas autoridades que, en la práctica, dejaban atrás el modelo hayan sido continuadores de éste. El que nos trataran como objetos de mercado y no como personas a quienes había que devolver su vida, su integridad. Nosotros éramos luchadores sociales, por eso nos persiguieron, pero aún así no hemos obtenido ni verdad ni justicia.

¿Cuáles han sido esos criterios erróneos?

Se ha abordado con los criterios equivocados. Por un lado, marcado por el temor de abordar una enorme cantidad de personas que iban a costar una fortuna para el Estado. Por otro, el negarnos el acceso a la verdad y justicia, porque es en esa falta donde se construye y establece una ruta en la instauración, profundización y mantención de la impunidad,. Dos situaciones contra las que hemos tenido que luchar los propios sobrevivientes, sin apoyo de las autoridades.

Un elemento que está a la vista es que la Ley 19.992 nunca ha dado ni el alto ni el ancho, y este año cumple 10 años en diciembre. Diez años donde lo único que ha hecho es cerrar la posibilidad de que tengamos acceso a verdad y justicia y a la reparación con dignidad, que es lo que nos corresponde, porque una cosa es que el Estado diga: “Usted es la víctima 547 pase por la caja y cobre esta pensión”, pero eso no es reparación, ni reconocimiento, no es poner las cosas en su sitio.

Otra de las fallas de esta Ley es que no crea un órgano continuador que le entregue a las víctimas asesoramiento jurídico, emocional, integral, de manera que puedan concurrir a los tribunales y pedir justicia. Tampoco ha existido voluntad de parte del Estado para acompañar en los procesos jurídicos, ha dejado a las víctimas –que en su mayoría son muy pobres- abandonados a lo que sus propios recursos les permitan.

El problema es el criterio que hay detrás de todo esto, porque ponerte un cheque en las manos es, finalmente, el pago de tu silencio, es impunidad sobre impunidad.

Cierro este capítulo tomando nota que esta Ley, además, consagra la retención de nuestros testimonios por cincuenta años. Yo no quiero que los publiquen en la plaza pública, queremos que los jueces tengan acceso a nuestros relatos para que reconstruyan la historia y puedan encontrar a los culpables, pero esta mala ley pide mantenerlos en reserva. Ellos argumentan que nosotros pedimos estas comisiones, nosotros tratamos de explicar que si fuimos a dar nuestros testimonios fue, únicamente, para encontrar justicia. Hay una interpretación arbitraria, conveniente para quien quiere consagrar la impunidad. Entonces, por todos esos antecedentes, hoy nos encontramos con el problema que si determinan a un culpable, ese personaje ha tenido tiempo de hacerse viejo, de estar enfermo, de tener mil excusas hasta que se haya inventado la media prescripción, mil argucias para salir inmune.

Nuestro problema es que la sociedad no asume. Es un milagro que no seamos de mal corazón o violentos porque el sobreviviente de prisión y tortura se encuentra en la calle a su torturador, tiene que ver como ese hombre arriba del Metro se ríe en su cara y ese es el mayor problema con la sobrevivencia: que te encuentras con ese hombre en la calle y que, evidentemente, tiene un mucho mejor pasar que tú y, evidentemente, ha tenido reconocimiento y se retiró con honores a su casa. Nuestro único consuelo es pensar que ojalá les pese la consciencia al menos, porque nosotros somos los que debemos revivir todo eso.

En mi caso, en mi relato, en mi historia, fue mi olfato el que lo reconoció en la fila de un supermercado. Mi olfato, porque él, cobardemente, siempre me tuvo vendada, pero jamás podría olvidar ese olor… entonces qué pasó, lo enfrenté, le pedí que me mirara a la cara, pero el huyó…

Esa es la más clara expresión, mi caso se hace público, pero esta es la tónica de la vida del sobreviviente. El problema es que el Estado te dice y la sociedad te dice, vaya en paz, de vuelta la página, agradezca que está vivo… y una sarta de estupideces que no guardan relación con el reconocer que hay cosas que están mal hechas. Hoy se condena a miles de ciudadanos perseguidos por defender sus ideas al ostracismo y a morir de dolor y de pena.

¿Qué sentimientos son los que acompañan esta historia desde el retorno a la democracia?

Hay una gama muy amplia. Cuando la lucha era acabar con una dictadura y quien te apresaba y hacía daño era el dictador y sus secuaces, queríamos mantener el orden, sin tantos matices. Pero, al final de cuentas, el trayecto más largo es el que hemos recorrido de pasillo en pasillo, de ventanilla en ventanilla, de oficina en oficina de quienes han sido, supuestamente, nuestra propia gente, de quienes de alguna manera pusimos en sus puestos de poder, es un sentimiento que lo menos que te produce es tristeza, amargura y no pocas veces rabia.

Pero también hay de otras emociones. Somos pacientes, yo no hablo solo como querellante, sino como parte de ese sector que Pinochet nunca logró desarticular. Seguimos luchando, adelante, organizados, levantando las banderas de los Derechos Humanos, entonces ese sentimiento, pese a los obstáculos, es orgullo. Porque quien quiso matarte lo hizo muy mal, quien quiso inmovilizarte lo hizo pésimo, entonces cada día de tu vida es un canto a la unidad, a la fraternidad y a la práctica unitaria del levantamiento de proyectos.

Son miles de sentimientos, pero si hay algo que hay son sentimientos, sino cómo nos moveríamos en la vida a pesar de todo lo que pasó.

Tipificación de la tortura, un camino de obstáculos e impunidad

Otro de los temas que más desilusión ha causado en la lucha de Haydée Oberreuter es que en el país aun no se tipifique a la tortura como un delito. A su juicio, el mayor problema es que las autoridades trabajan en el gatopardismo dejando todo tal cual ha estado.

¿Por qué aún no se tipifica la tortura como un delito?

Es inexplicable, en Chile no existe tortura. Cuando hablamos de tortura, en verdad, legalmente, estamos hablando de una caracterización de un delito que todos sabemos que ha existido, pero que no existe. Cuando un juez juzga no tiene una figura jurídica que le permita decir tal cantidad de punición. Lo que existe es una mirada internacional sobre el tema y, dado que se asocia a un delito de lesa humanidad, se intenta aplicar ese criterio en Chile, pero la tipificación es algo que no ha llegado.

Desde el extranjero esto no se puede creer. La prueba al canto de que este país no ha avanzado en la materia es que en junio pasado el propio ministro de Justicia (José Antonio Gómez) señaló que en Chile no se podía seguir funcionando sobre la base del eufemismo del apremio ilegítimo y que, ahora sí, se esmerarían en su tipificación. Estamos en diciembre y seguimos donde mismo, porque obras son amores. No sacamos nada con tener presidentes con lágrimas de cocodrilo en la televisión, no sacamos nada con decir nunca más, no nos sirven las palabras bonitas, al principio las creíamos, pero ahora obras son amores y, en la práctica, lo que uno ve es que han pasado décadas de gobiernos y el delito de tortura sigue sin ser tipificado. Ha faltado voluntad política para avanzar en la materia.

No se entiende nada de esto, salvo que lo que esté detrás de todo sea la lógica del poder por el poder. La única explicación razonable es que el poder dejó de ser una herramienta por la que te pones al servicio de los demás y se convirtió en nada más que poder por el poder. En esa lógica debes hacer como que cambias todo, pero no cambias nada. En ese maquiavelismo hay un dato de realidad que tiene que ver con el poder en sí mismo que, para quienes funcionamos bajo la lógica de los valores y que no tenemos un espacio en las esferas del poder y que tampoco lo buscamos, no ha costado comprenderla.

Al principio pasamos años creyendo que no era el tiempo político, que era la derecha la que se oponía… siempre hubo un argumento, pero con el transcurso del tiempo nos dimos cuenta que esto era funcional para ellos. Resultado de esto es que hoy tenemos inculpados que no podemos llevar ni un día a la cárcel porque ya están en un estado de decrepitud. Al final, casi nos tenemos que sentir culpables de pedir verdad y justicia.

Y es absurdo, porque la tipificación de la tortura es algo básico. Por ejemplo, hoy te toma detenida y te tortura un grupo de personas y no tienes ninguna posibilidad de obtener justicia. A lo más vas a tener la fórmula del apremio ilegítimo. Esto es una barbarie sostenida en el tiempo por personas que, incluso, hacen gala de su condición de víctimas y salen diciendo que ellos han sufrido, pero si de verdad no quieren que vuelva a ocurrir ¿por qué no toman las medidas concretas para evitarlo y dejan de adornarlo?

Cuando tipificas la tortura, a partir de ahí empieza a operar, en el caso nuestro no va a servir porque las leyes no son hacia atrás. Más allá de ello, cuántos años llevamos de recuperación democrática, en todo este tiempo se pudo haber tipificado, pero aquí estamos parados en 2014 y seguimos igual. Estamos a diciembre y lo que el Ministro de Justicia dijo en junio que se iba a hacer con tanta celeridad sigue en nada.

Por todo esto, a estas alturas hay que ser práctico y medir por los resultados reales.

Pese a ello hay tres casos que han marcado un pequeño giro…

Sí, ha sido interesante. El primero es el mío, en ese fallo, el juez Llanos -que tomó la causa después del juez Solís- dictó sentencia (en primera instancia) y sienta precedente porque establece cuatro años de prisión efectiva para los inculpados y, en lo civil, una compensación de ochenta millones. Antes de esta decisión de la justicia se estaba castigando a 200 días de pena remitida por tortura (apremio ilegítimo) y hasta 10 millones en dinero.

Pocos días después se dictó una sentencia civil en segunda instancia en el caso de los prisioneros de Isla Dawson: consiguen 150 millones de resarcimiento económico para cada uno de los afectados y se establece que los daños son inconmensurables.

Finalmente, la tercera querella es la del general Bachelet que es exclusivamente penal, se establecen culpables y, si bien es cierto las penalidades son más bajas que las dictadas en mi caso, pese a que el General falleció producto de las torturas, aquí se establece la prisión efectiva a los culpables.

Sabes dónde está el tema, es que si esto estuviera considerada de la forma que debe ser hablaríamos de penas mínimas de cinco años y un día.

¿Por qué cree que ahora ocurrió este avance?

Yo creo que cada cosa tiene su hora. En el caso de la tortura, yo creo que Chile trató de esperar hasta que desapareciera bajo la alfombra, por lo que este resultado más bien tiene que ver con la perseverancia de la que las víctimas hemos hecho gala. Ha sido un esfuerzo titánico de la gente que ha sido organizada, todo lo que tenemos lo hemos peleado nosotros.

Por otro lado, definitivamente desde lo internacional han criticado mucho a cómo Chile ha sido con sus víctimas, ese conjunto de cosas hace que confluya una nueva sensibilidad respecto del tema.

¿Sigue quedando tiempo para esperar a que llegue la solución?

Hasta el último aliento esta pelea la vamos a dar. Aunque estemos viejos, cansados, seguiremos, pero no queda más tiempo. Anda a nuestras asambleas, somos ancianos, cansados, enfermos, que nos movemos con un corazón enorme, con voluntad que nos permite seguir adelante, pero nuestras energías nos abandonan.

Yo tenía 19 años para el Golpe, ahora soy abuela. Espero ser yo quien vea el fruto de este trabajo de décadas, pero si no estoy que sean mis hijos los que sigan peleando. En la práctica cada vez se suman nuestras nuevas generaciones a esta lucha que nos ha llevado la vida entera. No hay posibilidad de que entreguemos la oreja, pero sin duda no nos queda más tiempo para esperar.

El prisionero político muere antes que el promedio nacional, eso es algo que nosotros mismos hemos podido cruzar con los datos, ya no nos queda tiempo. Imagina la rabia que nos da el que seamos nosotros quienes tengamos que recolectar la información, porque ni eso han hecho, ni los datos han recogido, hasta eso nos ha tocado a nosotros.

Y el reclamo es entonces el que ya que no tienen corazón para hacer las cosas, al menos podrían tener sus putos datos (sic) para hacer políticas públicas, pero ni para eso, porque también ha sido una lucha de los sobrevivientes. Se para la autoridad frente a nosotros y nos pregunta a nosotros si tenemos idea cuántos nos morimos al mes, cuando son ellos los que tienen las posibilidades y el deber saberlo.

Hay que querer, tener corazón, sensatez y sentido de proyecto. Si no es así que sea como ellos quieran y que pasen a la historia como les corresponda, porque el siguiente paso, el que no solamente va a consignar la historia de los nuestros, escribirá lo que ellos han hecho para impedir que exista de verdad una política de reparación que ponga al país a la altura de lo que debe ser.

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