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Año XIV, 26 de mayo de 2022

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El Mercurio, la injusticia periódica de Chile

Columna de opinión por Patricio López
Viernes 11 de septiembre 2015 8:57 hrs.



En una post-dictadura que no puede explicarse adecuadamente sin el blanqueo que la Concertación y la Nueva Mayoría han hecho de El Mercurio, a cambio de un supuesto buen trato editorial, una serie de trabajos han tratado de visibilizar la mano de este imperio editorial en el rumbo de los acontecimientos históricos del país. En esa tradición se inscriben trabajos como Cara y sello de una dinastía, de Mónica Echeverría; Agustín Edwards Eastman: Una biografía desclasificada del dueño de El Mercurio, de Víctor Herrero; y, de reciente publicación, Los Agustines, El clan Edwards y la conspiración permanente, de Nancy Guzmán.

Bajo distintos acercamientos, estos libros intentan responder una pregunta que resulta crucial en el Chile de ayer, de hoy y de mañana: ¿por qué es importante escribir sobre Agustín Edwards? Al respecto, lo primero es que los Edwards de hoy, tal como cada uno de nosotros, cargan con sus muertos, con sus antepasados y ellos explican en buena parte lo que ahora somos y hacemos. Es notable saber que el primero en Chile de la dinastía, Gordon Edwards Brown, llegó a Chile, a Coquimbo, a principios del siglo XIX, en un barco dedicado al contrabando e integrado por piratas que tenían problemas con la justicia en Inglaterra. Aquí conoció a la familia Ossandón y particularmente a Isabel Ossandón Irribarren, con quien dio origen a la dinastía.

Aquí, el primer Edwards tuvo problemas. Primero, por el ejercicio ilegal de la profesión de médico, con consecuencias fatales, y luego por una confusa matanza en la que se le implicó, en un barco atracado en Coquimbo y al que las autoridades locales quisieron asaltar para robar la mercadería. El poder en ambas ocasiones, como tantas otras veces sucedería luego, salvó a los Edwards.

Luego su hijo, Agustín de Dios, se dedicó a actividades que solo un eufemismo impediría tratar de usura, y así fue como se dio lugar a la fortuna y a una dinastía que siempre estuvo encabezada por un Agustín. Así se nos demuestra que un imperio como el de los Edwards solo es posible en un orden injusto donde el poder es ejercido abusivamente. Y que si ese imperio data de antes de la fundación de la República y dura hasta hoy, es porque entonces en Chile siempre ha habido un orden injusto donde el poder es ejercido abusivamente.

Estamos hablando de los Edwards para hablar de algo mayor y de suma importancia.

En estos 200 años, en todas las generaciones de chilenos ha habido intentos por hacer avanzar las causas de la justicia social y los derechos humanos, aunque en otras épocas hayan tenido otros nombres. Y siempre, siempre, los Agustines han tomado activo partido…del bando contrario.

Para hablar solo de los últimos 50 años: formando parte de la red de financiamiento de la CIA para la candidatura de Eduardo Frei Montalva, en un intento desesperado por impedir el triunfo de Salvador Allende en las elecciones de 1964; con la sorpresiva e inexplicable presencia de Agustín Edwards en Washington cuando se produjo el Tacnazo liderado por el general Roberto Viaux contra su ex instrumento Eduardo Frei; oponiéndose con un financiamiento millonario de la CIA al triunfo de la Unidad Popular en 1970; coordinando a embajadores, empresarios y emisarios de los militares antes de la asunción de Allende, viajando a Estados Unidos antes de que se asesinara al general Schneider para  reunirse con los propios Richard Nixon y Henry Kissinger para, en las palabras de ellos mismos, “hacer aullar a la economía chilena” y reventar al gobierno del “hijo de puta” de Allende; y apoyando todas las fuerzas que luego decantaron en la mañana gris del 11 de septiembre de 1973.

Entonces una segunda razón para escribir sobre Agustín Edwards es  que su verdadera línea editorial, invariable e histórica, puede resumirse en conspirar siempre para que los gobiernos se pongan al servicio de los poderosos. Esto ha ocurrido desde los primeros tiempos, hasta la entrevista del domingo pasado al ministro Nicolás Eyzaguirre, presentada como una “sorpresiva y sincera autocrítica”. Por eso reparar en este punto es útil también como una suerte de manual para interpretar el diario de cada mañana.

Estamos hablando de los Edwards para hablar de algo mayor y de suma importancia.

Hay una tercera razón, para entrar ya más de lleno a los últimos 25 años. Y es constatar la paradoja de que El Mercurio, el actor que más y mejor ha luchado para que el poder del Estado no sea autónomo del poder económico, ha sido en la práctica un medio sostenido por el Estado durante el último medio siglo. Primero, financiado generosamente con platas del erario fiscal estadounidense entre 1963 y 1973. Luego, apoyado por la dictadura y salvado financieramente cuando estaba a punto de quebrar, a fines de la década del 80. Y luego, gracias al apoyo sostenido de los gobiernos de la Concertación, la Alianza y la Nueva Mayoría que han concentrado en sus páginas el avisaje estatal, asfixiando por inanición los esfuerzos por consolidar otro tipo de periodismo.

Otra razón entonces por la cual es necesario escribir sobre Agustín Edwards es para alertar que el pacto político y el pacto periodístico de la transición son uno solo. Más aún, el pacto periodístico ha sido condición para el pacto político que define el rastrero horizonte de lo posible al que nos hemos acostumbrado.

Por último, es importante mencionar que este pacto de la transición se hizo más férreo y se vehiculó a través del tema llamado seguridad ciudadana, luego del secuestro de Cristián Edwards del Río en 1991. Esto, que en apariencia es un “tema periodístico-político”, es en realidad una nueva forma de control social surgida después de la Guerra Fría,  ejercida en todas partes y que tiene una rápida capacidad de manipular a la población y, de vuelta, a los actores políticos. La amenaza para el pueblo hoy es la amenaza a su propiedad privada, pero a su esquilmada propiedad privada, por lo que se le genera la tendencia a estar más pendiente del ladrón de la esquina que de los grandes ladrones de enorme escala que ahora han salido a luz a propósito de los casos Penta, SQM y otros. Cuando el ministro Burgos o el senador Walker dicen en éste, uno de los 12 países más desiguales del mundo, que el principal problema de Chile es la seguridad ciudadana, es que podemos apreciar la envergadura de la victoria ideológica de Don Graf y de su dueño, Agustín Edwards Eastman, en el Chile actual.

En el directorio de la fundación de creó el dueño de El Mercurio para tal efecto, con el nombre potencialmente irónico de Paz Ciudadana, estuvo desde el principio el ex ministro de la Unidad Popular Sergio Bitar, y actualmente lo integran Soledad Alvear, Eugenio Tironi y Edmundo Pérez Yoma, teniendo como asesores directos a René Cortázar y José Joaquín Brunner. Mientras, en el consejo consultivo están, entre otros, Enrique Correa, Pilar Armanet, Óscar Guillermo Garretón y Mónica Jiménez de la Jara, en su mayoría personeros de la Nueva Mayoría que no se han presentado jamás a una elección popular, o que si lo hicieran hoy tendrían escasa posibilidad de ser elegidos.

Es por último importante escribir sobre Agustín Edwards para hacer apreciar en toda su magnitud el entrelazamiento de estos sectores con El Mercurio y que dicen, al mismo tiempo, ser la opción política para construir un país más justo.

Pero no se puede, la historia lo demuestra, estar con El Mercurio y al mismo tiempo con la justicia. Por eso, cuando el ex presidente Ricardo Lagos Escobar asistió al cambio de folio por los 100 años del diario y afirmó que “sería imposible comprender la historia de Chile  sin tomar en cuenta la existencia de El Mercurio”, lo dijo en un sentido radicalmente distinto al de los trabajos mencionados por este artículo.

Nunca es tarde, entonces, para dejar de cometer los errores del pasado.

 

 

 

 

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