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Septiembre: el verdadero realismo sin renuncia

Columna de opinión por Catalina Gaete
Viernes 11 de septiembre 2015 8:56 hrs.


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Inestable, vulnerable, realista. El Chile de estos días luce sombrío. Las miradas perdidas se hunden en rostros cansados, agotados por el discurso mediático que últimamente sólo parece conocer de malas noticias.

En busca de respuestas para estos malos augurios, muchos las encontraron en una economía afligida por los vaivenes de los mercados internacionales, que tienen al precio del cobre por los suelos y arrastran una larga cadena de malos indicadores. Otros fijaron sus lecturas en el complejo escenario político, ese que se fue desmoronando por los escándalos de corrupción desvelados en casi toda la administración del Estado, desde el hijo de la Presidenta, hasta parlamentarios, alcaldes y uniformados. Y ahí, en medio de todo, reformas inconclusas se diluyen en la soberanía del empresariado.

Los medios de comunicación hacen eco de este ambiente, donde los antagonismos políticos se nutren de un recurso discursivo viciado. La delincuencia aparece como un flagelo ruidoso y angustiante, incluso más indignante que la pobreza y las infinitas desigualdades. Engolosinada, la prensa produce contenidos sin contexto, y lamentablemente, sin el buen ejercicio del periodismo.

Como lo hemos avistado en episodios previos, nuestro análisis de la contingencia nacional carece de anclaje histórico. Las turbulencias de la economía y la política parecen ser leídas sólo por lo que son en sí mismas. No se indaga en las causas más hondas, que son todo menos tecnificadas. Así, sin mirar las heridas más recientes de nuestra historia, Chile vuelve a buscar los motivos de una crisis que parece inusitada, ignorando -por decisión- que la respuesta ya cumple 42 años.

Hoy asistimos a una nueva conmemoración de nuestras propias miserias, esas que marcan el nacimiento por muerte de una sociedad desmembrada, profundamente triste y ultrajada. Durante 17 años, la Dictadura cívico-militar suspendió los derechos fundamentales y republicanos; suprimió subjetividades, desarticuló colectividades e interrumpió profundos procesos sociales. Torturó y masacró a miles de mujeres y hombres, aislándolos, haciéndoles sentir su indefensión, quebrantando su voluntad y “ablandando” el cuerpo para doblegar el alma.

A pesar de la contundente evidencia, la mitad de nuestra nación se mantuvo indiferente frente a estos crímenes, muchos por temor y otros por obediencia. Sin embargo, la fisura que genera el exterminio en cualquier sociedad es incuestionable, y aunque no lo perciban los actuales analistas, sus consecuencias no se resienten en la economía ni en la estabilidad del sistema político, sino en los ojos cansados y desilusionados de nuestros compatriotas.

Con estas miradas como principal motor e insumo, este nuevo 11 de septiembre trae una tarea aún más urgente. Las familias de los detenidos desaparecidos y torturados exhalan sus últimas energías vitales, aunque ya son muchos los que han muerto cargando sus esperanzas. Pero con ellos y ellas, toda la nación espera.

La reparación, tarea insigne de un Estado democrático, es un imperativo que beneficia a las víctimas directas e indirectas, porque aporta a la reconstrucción del tejido destruido y nos fortalece como seres humanos conscientes de que habitamos un mundo compartido. Y ya es tiempo de asumirlo: es en este permanente desafío donde se aplica con toda propiedad el verdadero realismo sin renuncia.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.