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Año XIV, 16 de agosto de 2022

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Análisis deportivo: La “U” de Beccacece

La labor del entrenador debe ser ahora incidir para que cada uno de sus dirigidos asuman el desafío de ser mejores cada día y potenciar con su trabajo la calidad individual y colectiva del grupo.

Francisco Cárdenas

  Martes 23 de febrero 2016 9:37 hrs. 
BECCA

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Cuando Sebastián Beccacece asumió la dirección técnica de la Universidad de Chile muchos pensaron que la “U” terminaría instantáneamente con el mal juego mostrado en los últimos campeonatos. Creyeron que la sola presencia del ex ayudante de Jorge Sampaoli en la banca azul alcanzaría para avasallar a los rivales y ser los mejores del país. Después de meses de trabajo, la eliminación temprana en Copa Libertadores, el mal juego exhibido en el torneo local y el mediocre resultado futbolístico, las críticas han arreciado.

Y aunque resulta imposible no ver y señalar los errores que ha cometido el entrenador azul en este corto periodo, un somero análisis denota que la culpa no es endosable únicamente al cuerpo técnico actual. Si bien es cierto que la imposibilidad de renovar profundamente el plantel (por la limitación de contrataciones) ha sido importante, es mucho más llamativo que los jugadores que ya eran parte del equipo no muestren disposición ni comprensión del estilo y la nueva forma que intenta imponerse. Algunos parecen cansados y otros están tan desganados que no hacen mucho por ayudar a cambiar el rumbo. Si bien muchos de ellos han salido a defender a su entrenador y han expresado públicamente su deseo de revertir la desfavorable situación, en la cancha no se nota ese mismo compromiso.

El equipo juega partido. No hay cohesión grupal ni manejo de los tiempos. La defensa juega muy cerca de su área propia y no achica los espacios cuando el equipo ataca. Esto hace que cuando se pierde el balón la recuperación se dificulte enormemente por los amplios espacios que deben cubrirse. La presión en ataque se realiza por la decisión personal de los delanteros y no es apoyada por el colectivo volviendo estéril el esfuerzo individual. En medio campo no parece nadie que pueda vincular la recuperación defensiva y darle salida limpia y efectiva desde el fondo. Tampoco aparece un nombre que pueda habilitar con ventaja a los de arriba y aprovechar con ello la permanente incorporación de los laterales que se suman con insistencia pero sin sorpresa ni profundidad.

Además, hay jugadores que están físicamente mal preparados y muestran poca disposición para mejorar y crecer. Se enojan si los ponen en otra posición o si su notorio bajo rendimiento los saca del equipo titular. También se sienten incómodos con la exigencia en los entrenamientos y con la propuesta impetuosa de su técnico. Ahí es donde se ve el mayor problema.

Un futbolista profesional debiese ser capaz de jugar en cualquier posición del campo (exceptuando el arco por supuesto), conocer las funciones y responsabilidades de cada zona y aceptar jugar en la ubicación en la que el entrenador considere que beneficiará al equipo. Lo contrario nos habla de las limitaciones y la poca preparación con la que cuentan los futbolistas chilenos y el escaso trabajo que se realiza para enriquecerlos y aportarles nuevos elementos técnicos y tácticos. Un futbolista que cree que no debe mejorar nada o que no debe aprender nada nuevo definitivamente debería dedicarse a otra cosa. La labor del entrenador debe ser ahora incidir para que cada uno de sus dirigidos asuman el desafío de ser mejores cada día y potenciar con su trabajo la calidad individual y colectiva del grupo.

Por otra parte, es notoria la deficiente formación de los jóvenes valores azules. Por dar un ejemplo: Beccacece optó por la titularidad de Nicolás Ramírez y por la proyección de Yerko Leiva y Luis Felipe Pinilla. El caso del defensa es realmente ejemplificador pues su rendimiento no sólo ha sido bajo. Hasta hoy no ha mostrado ningún atributo que permita entender su titularidad y siendo aún más estrictos, cuesta entender cómo ha llegado al profesionalismo arrastrando tantas deficiencias formativas. Ramírez no defiende bien en espacios largos, no es rápido, su porcentaje de pases acertados es bajísimo, tiene un discreto juego aéreo y carece de la fortaleza para desempeñarse a este nivel. Los otros valores jóvenes del equipo no lo hacen mejor y cuando ingresan parecen niños jugando contra adultos. Les falta oficio, preparación y herramientas sólidas para acceder al profesionalismo. Por si esto fuera poco, ni siquiera denotan entusiasmo ni pasión por defender la camiseta de su club lo cual es realmente grave. Los jóvenes deben rendir y esforzarse mucho más pues son ellos los llamados a renovar el plantel y son, al mismo tiempo, el mayor capital de la institución. Hoy están completamente en deuda.

El proyecto de Sebastián Beccacece y Carlos Heller pretende un cambio radical y requerirá por ello de una serie de factores para llegar a buen destino: tiempo, continuidad, renovación, disposición, formación de nuevos valores, identificación con el club y el estilo que se intenta imponer, profesionalismo y gran pasión en el trabajo cotidiano. El desafío es enorme porque implica cambiar muchos malos hábitos arraigados en nuestro fútbol y porque hay que comenzar prácticamente de cero. Nadie puede hacer una revolución en dos meses y sería ingenuo pensar de ese modo. Lo que si resulta urgente es demostrar al menos pequeños avances y mejorías que indiquen que el proyecto va por buen camino y permitan, de ese modo, sostenerlo en el tiempo. Por el bien de la “U”, de su entrenador y del fútbol chileno esperamos que los resultados mejoren, que esta apuesta pueda aportar significativamente a levantar el nivel del alicaído campeonato nacional y devuelvan a la Universidad de Chile al lugar que le corresponde.

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