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Año XII, 3 de abril de 2020

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El silencioso (¿y tardío?) reordenamiento ideológico de la Nueva Mayoría

Bachelet parece incapaz de generar liderazgos políticos más allá de su propia persona. Y el hecho de que ahora suene el nombre de Ricardo Lagos es una clara demostración que a nuestra mandataria le falta visión de futuro político.

Víctor Herrero

  Lunes 4 de abril 2016 6:31 hrs. 





Ha sido un agitado fin de semana para el oficialismo. Dos de sus partidos más vocales en los últimos meses –la Democracia Cristiana y el Partido Comunista– celebraron cónclaves que dan más pistas sobre el futuro político del país que aquellos que, cada ciertos meses, suele convocar la Presidenta Michelle Bachelet.

El encuentro más previsible fue el de los comunistas. En su 25º Congreso volvieron a elegir a Guillermo Teiller como presidente de la colectividad hasta el año 2020 e incorporaron a las legisladoras Camila Vallejo y Karol Cariola al poderoso comité central de esa entidad. En su discurso de dos horas, Teiller dio cuenta de algunas de las prioridades futuras del PC: nacionalizar el agua y estatizar, al menos en parte, el litio; buscar mecanismos para devolver tierras ancestrales a los mapuche, y convertirse en una fuerza política que lidere la lucha contra la corrupción política, dado que ese partido apenas se ha visto afectado por las malas prácticas de las últimas décadas.

Para rematar, el dirigente comunista hizo un llamado a elevar considerablemente el número de parlamentarios de su colectividad en las elecciones de 2017, con el fin de tener una mayor injerencia sobre el futuro político y programático de la Nueva Mayoría… en caso de que esa coalición se prolongue, claro.

Está claro que los comunistas chilenos, y así lo demuestra la historia de su partido, son pragmáticos y más cercanos a la socialdemocracia europea que a un partido revolucionario al estilo soviético, chino o vietnamita. Y ello, a pesar de sus tradicionales saludos a Cuba y Corea del Norte. Claro que no deja de llamar la atención que la izquierda “normal” y hasta “burguesa” de Chile sea representada ideológicamente por los comunistas, lo cual nos habla de cuán corrido hacia la derecha está el espectro político criollo.

Más interesante, en cambio, estuvo la Junta Nacional de la DC. La caída de Jorge Pizarro como presidente de ese partido era la crónica de una muerte anunciada. Sin embargo, en un país donde los políticos muertos se niegan a morir cual zombies, la renuncia obligada de Pizarro no deja de ser un hecho al menos ligeramente refrescante. Las “asesorías verbales” de dos de sus hijos a Soquimich –presumiblemente para hacer caja para la campaña senatorial de su padre, y tal vez también para financiar los paseos de rugby internacional de su progenitor– minaron desde el comienzo su presidencia partidista.

Según afirman antiguos militantes DC, desde 1968 que no ocurría que cayera una directiva de ese partido en pleno ejercicio de sus funciones. En esa oportunidad, fue el propio Presidente de la República, Eduardo Frei Montalva, quien irrumpió en la junta nacional DC para encararle al entonces jefe de partido, Rafael Agustín Gumucio, su falta de apoyo al gobierno y su giro a la izquierda. Frei logró botar a la directiva de Gumucio, pero sus partidarios formaron poco después el Mapu y la Izquierda Cristiana.

Curiosamente, la caída de Jorge Pizarro se celebró tanto en la derecha de ese partido (los príncipes, con los hermanos Walker y el eterno Andrés Zaldívar a la cabeza, y ciertamente también con el apoyo emocional de Jorge Burgos, el ministro del Interior) como en la “izquierda” (por ejemplo, Fuad Chahín, quién, tras ser electo, renunció a la vicepresidencia de la DC tras conocerse el involucramiento de los hijos de Pizarro en el escándalo SQM). Y es que hay que reconocer que la DC tiene hoy en día incluso peor prensa que la UDI. Para la votación de la Ley del Aborto, la mayoría de sus parlamentarios estuvo a favor de las tres causales, pero en los medios de comunicación oficialistas sólo tuvieron espacio para comentar sus detractores: Soledad Alvear y su marido Gutenberg Martínez, Mariana Aylwin y, claro, los tres hermanitos Walker.

Así, con un PC cuadrado como siempre con el gobierno cuando está en el gobierno –como si no hubiera aprendido la lección durante el gobierno de Gabriel González Videla–, y una DC que parece, al menos de manera tímida, sacudirse de sus elementos reaccionarios, La Moneda parece bien encaminada para encauzar su máximo sueño: recuperar la popularidad de Bachelet.

Porque, seamos honestos, si bien el programa de reformas de este gobierno apuntaba en la dirección correcta, el Santo Grial es la popularidad de la jefa. Así sucedió durante su primer gobierno (2006-2010) donde, pese a tener un 80 por ciento de popularidad, fue incapaz de traspasar el poder a un correligionario.

Y ahora no es distinto. Ninguno de sus ministros es hoy en día una carta presidenciable con posibilidades reales (aunque Burgos crea lo contrario). Tampoco lo fue ningún secretario de Estado en las presidenciales de 2009. Bachelet parece incapaz de generar liderazgos políticos más allá de su propia persona. Y el hecho de que ahora suene el nombre de Ricardo Lagos –como lo fue el de Eduardo Frei Ruiz-Tagle en 2009– es una clara demostración de que a nuestra mandataria le falta visión de futuro político.