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“Memoria por correspondencia”: cartas de una infancia terrible

A través de veintitrés cartas, la pintora colombiana Emma Reyes relata su infancia en Bogotá, el abandono y los años en un convento en el que la explotación laboral, la mala alimentación y su condición de analfabeta hasta la adolescencia no mermaron su fortaleza y sensibilidad, la que posteriormente quedó expresada en toda su obra.

Felipe Reyes

  Lunes 7 de noviembre 2016 11:45 hrs. 





El 28 de abril de 1969, la pintora colombiana Emma Reyes le escribió una carta a su amigo, el escritor y político Germán Arcienagas, relatándole algunos pasajes de su infancia, una etapa dolorosa de la que le costaba mucho hablar. Por eso, Arcienagas le había sugerido que la mejor forma de cauterizar esa precoz y definitiva herida infantil sería volcándola al papel. Emma siguió su consejo. Recibido el primer sobre, una vez concluida la lectura, Arcienagas queda sorprendido por lo relatado, pero también por la fuerza expresiva del texto, y le pide a su amiga que continúe las misivas con el relato de esa conmovedora vida. Así, a lo largo de casi treinta años, Reyes le envió veintidós cartas más a su amigo, quien violó más de una vez el acuerdo de confidencialidad suscrito con su autora y no contuvo la tentación de mostrárselas a Gabriel García Márquez quien, maravillado por su contenido,  no dudó en afirmar, en tono perentorio, que debían ser publicadas.

Así nació Memoria por correspondencia, libro publicado por primera vez en Colombia en 2012, casi diez años después de la muerte de su autora, ocurrida en Burdeos, Francia, en el año 2003 a los 84 años, tal como fue la voluntad de Emma Reyes.

De esta forma, ingresamos  a un relato epistolar en el que vamos conociendo la vida de esa niña bogotana que nació ilegítima en 1919. Vivió unos años con su supuesta madre en la capital colombiana y en un par de localidades del interior, para luego ser abandonada y entregada a un convento de monjas junto a su hermana Helena en el que la explotación laboral, la mala alimentación y su condición de analfabeta hasta la adolescencia, se imponen como una consecuencia casi divina, que no se cuestiona, pues para el tablero social y sus articuladores, esa es la única salida para los abandonados como ella. Sin embargo, esa pesada cadena no mermó una fortaleza y sensibilidad que posteriormente quedó expresada en su obra como pintora y escritora.

En sus cartas, Reyes da cuenta de un sistema religioso de acogida no exento de crueldad, y subraya la explotación de niños pobres a quienes se les inculca el miedo como instrumento de control. Esos hijos de mujeres violentadas por ricos oligarcas que las llenan de bastardos. Emma encarna todas las carencias de los más olvidados, de los más vulnerados (no “vulnerables” como el léxico estatal se empeña en llamarlos), “en esos medios uno nace sabiendo lo que quiere decir hambre, frío y muerte”, anota Emma, privaciones a las que se suma el estigma físico de ser bizca, lo que las monjas corregirán por medio de un artilugio que la autora describe con humor, ese salvavidas en el que radica su inmensa fuerza vital y su impulso para sobrevivir. Cada carta es un momento, unas horas, un día, una temporada, con las que va articulando su tránsito por ese mundo paralelo. “Esta es, entonces, la historia de una desgracias”, anota Leila Guerreiro en el prólogo, “pero de una desgracia contada con la más alta gracia”.

Como un bálsamo del tormento, con los ingredientes del humor y la ironía, Emma Reyes aborda el tabú del sexo: la alarma onírica de ese miedo pecaminoso al lesbianismo; como en la carta 21, donde la aproximación erótica consiste en la conexión de un ojo con otro ojo a través de un agujero. El ojo de un tuerto y una bizca.

De esta forma, Memoria por correspondencia propone una lírica deconstruida de los desvalidos, de los que sobreviven entre la precariedad de alimento, el vacío afectivo y el olvido. Con amigos imaginarios y hermanos que no existen. Emma juega a quedarse quieta dentro de un horno de ladrillos para  esconderse o para buscar calor, como la metáfora de ese ausente seno materno. Veintitrés cartas que, sin resentimiento ni autocompasión, desbordan una escritura que conserva la inocencia al relatar los hechos con sorpresa infantil. Hasta que un día cualquiera, Emma decide abandonar el convento e iniciar su “marcha hacia el mundo”, caminó, y no paró de andar, recorrió Sudamérica para instalarse posteriormente en París donde se consolidó como una prestigiosa y reconocida pintora, lugar en el que también acogió y ayudó a otros artistas colombianos.

Luego de leer esas veintitrés cartas, esa bitácora de largos y sufridos años de infancia, ese registro de una reclusión religiosa nada piadosa, sorprende la valentía de una mujer que logró doblarle la mano a su trágico e injusto destino. Un destino que, pese a las décadas transcurridas, sigue siendo el de tantos.

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Memoria por correspondencia
Emma Reyes
Editorial Edhasa, 216 páginas.