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Capellán del Hogar de Cristo: “La Iglesia debe entrar en ayuno de palabras”

Pablo Walker conversó con Radio y Diario de la Universidad de Chile sobre los desafíos de la próxima conferencia episcopal. También puntualizó en las necesidades de la Iglesia y reconoció errores que hoy los tienen alejados de la ciudadanía.

Paula Campos

  Domingo 13 de noviembre 2016 9:12 hrs. 
pablo walker


Finalizada la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal, Pablo Walker, Capellán del Hogar de Cristo, reflexionó sobre los desafíos que Santiago Silva tendrá que enfrentar en la presidencia del organismo, así como en las responsabilidades de la Iglesia en materia social: potenciar acciones y olvidar la retórica son parte del mensaje del sacerdote jesuita.

En sus primeras definiciones, Walker reconoce la credibilidad del obispo Santiago Silva, lo que “no solo viene de su temperamento que es abierto a escuchar y a conectarse, sino también de su formación teológica cercana al aspecto de la teología cristiana que sintoniza con las angustias más cotidianas de mujeres y hombres de forma muy concreta, la corriente sapiencial y profética”.

Si bien reconoció que el nuevo presidente de la Conferencia Episcopal no es una persona “muy bullante” en términos de comunicación, si destacó su capacidad de convocar en torno a la credibilidad.

Aseguró desconocer las denuncias que han aparecido en contra del obispo castrense, en las que se le acusa de encubridor de abusos sexuales al interior de la Iglesia y explicó que en el momento actual, muchos de quienes ocupan cargos de responsabilidad son sindicados por no haber hecho investigaciones más profundas. “Es posible que muchos de los obispos que hayan ejercido en alguna diócesis donde hayan habido procesos canónicos o situaciones de abuso que hayan sido investigados o no, sean escrutados por la opinión pública al respecto. Nos pasa también a los religiosos con algún grado de responsabilidad de gobierno. Lo que me parece más importante de todo es lograr que un arzobispo sea reconocido por su comunidad, independiente que pueda haber voces que encaren su pertinencia de su nombramiento dado que, durante el periodo que él era pastor de determinada diócesis, hubo situaciones que se considera que no fueron suficientemente investigadas”.

¿Qué le parece la declaración final de la Asamblea Plenaria. Diálogo, responsabilidad y misericordia: por un Chile más justo?

Frente a la inmensidad de tareas que tenemos, en la interna de Iglesia debemos hacer que la reforma que el Papa Francisco encabeza en Roma logre llegar a las diócesis chilenas con sus reformas de las curias, el establecer canales para reducir la burocracia, cambiar la formación sacerdotal e instalar la lógica de la transparencia en las finanzas.

Ese ya es un desafío mayor. Por eso, me parece bien que la Iglesia, más allá de eso, ponga en el centro de atención algo que le pasa al país. Es una Iglesia que está mirando más hacia afuera. Eso supone de nuestra parte la valentía de repensar nuestra propia institucionalidad para que se parezca más al evangelio. Al mismo tiempo tenemos que tener la capacidad de establecer diálogos creíbles cuando las agendas populistas son las que están tomando todas las vocerías. Inspirar para el país una forma de entender el desarrollo que no solo sea arribismo, codicia, exitismo y ponga prioridad en los derechos negados a grandes poblaciones de personas, que ponga una cultura de derechos y deberes. Inspirar un modelo de desarrollo para que despierte de la pesadilla clasista en la que estamos metidos.

¿Cómo se reconstruyen las confianzas con la ciudadanía?

Tenemos que hacer un trabajo muy grande para volver a ser dignos de ella. Tenemos que ser fehacientes, despertar no solo fe en Dios sino también en los que nos llamamos testigos de su palabra, de manera de hacernos capaces de ser colaboradores de las situaciones del país, como cuando llamamos a asambleas convocadas para discutir la nueva constitución. En vez de ser docentes, personas que damos cátedras, tenemos que ser facilitadores de espacios creíbles para que el olor a oveja aparezca.

¿Qué le sucede al chileno de clase media que vive agobiado con pensiones de hambre?, ¿qué le sucede a los más pobres que son invisibles en la agenda pública porque no tienen capacidad de presión en la calle?, ¿qué le pasa a la clase de grandes patrimonios que está secuestrada por unos estándares de consumo irreales para el país y que ha perdido la huella de formación cristiana?, de eso nos debemos preocupar.

¿Cómo se recoge en la Iglesia chilena el mensaje del Papa Francisco?

El gran desafío es acoger la interpelación que nos hace para iniciar una reforma al intra y al extra. Al intraiglesia la reforma a la curia y a las instituciones y de las propias formas de gobierno para pasar de la burocracia a la transparencia; al cuidado de los laicos; con una palabra pública entendible en el contexto laico y no solo de cristiandad o pensando que todos los chilenos comparten las mismas verdades de fe.

Al extra, en particular, el aportar a que la prioridad de que el más débil, el excluido, ese con el que tenemos más deudas, sea retomada en todas las agendas. Trabajar en los derechos humanos de los más pobres del país, como de los niños y niñas del Sename; en tener salud mental accesible para todos; retomar los compromisos de los tratados internacionales y, también, aportar en temas de reescolarización o de pensiones indignas con las que tenemos a un grueso de la población.

En el contexto de descrédito en el que viven las instituciones, en las que se incluye a la Iglesia ¿Cuáles son las acciones concretas con las que se intenta revertir esa situación?

En la interna del Hogar de Cristo, por ejemplo, ser parte de Chile Transparente, publicar nuestras finanzas, honrar la confianza de las personas que creen que el Hogar de Cristo no deriva sus recursos para sostener un sistema paternalista, sino genuinamente promotor de los derechos de los más pobres.

En términos de relato, hay que hacerlo de modo que tenga sentido para el resto de la ciudadanía. Tenemos que decir con claridad que lo que hacemos cotidianamente no es un acto de caridad, sino que es pago de una deuda. Eso debe ser explicitado para no pretender tener ese retorno de supuesta superioridad moral, de supuesta aura de santidad ¡Pamplinas!, lo único que debemos hacer es cumplir con nuestro deber, cumplir con lo que le debemos a la dignidad de nuestros compatriotas. Eso tiene que ser dicho, pero también honrado.

Otro aspecto que es necesario para recuperar la credibilidad es acortar la distancia entra la retórica y las prácticas de las instituciones. Por lo mismo, por ejemplo, respecto de la crisis del Sename hemos tenido que ser súper humildes y hacer nuestras autocríticas, evaluar nuestros propios estándares en el trabajo con los niños, niñas y adolescentes vulnerados de derecho.

¿Es la retórica el gran problema de la separación con la ciudadanía?

Deberíamos ponernos en ayuno de palabras y ser mucho más concretos en las obras. A menudo, hemos tapado con documentos, con manifiestos, con declaraciones, las deudas que aun no hemos pagado con nuestros actos de justicia social.

Muchas veces nuestras declaraciones pueden dejarnos instalados en el foro público con una cierta aura de legitimidad. Gracias a Dios, los mea culpa ya no son suficientes si no van de la mano con la transformación de las prácticas. En ese sentido, por ejemplo, nosotros evaluamos nuestras prácticas en relación con la promoción de los derechos de las personas, de la transparencia, de la probidad de los recursos.

Achicar la distancia entra la palabra y la obra se hace imprescindible. Eso es parte del abecedario de la recuperación de la credibilidad, tal como lo decía San Ignacio.

Es muy hipócrita tener una respuesta de aplacamiento, de reparación, cuando no ha habido primero un reconocimiento de los derechos que nuestros compatriotas tienen y que son amparados por la Constitución.

¿Y los abusos sexuales cometidos por miembros de la Iglesia?

No hay que dar vuelta la página, hay que dejarla bien abierta aunque duela. Yo prefiero el horror de saber lo que está pasando que la ingenuidad de no saber. El dejar abierta la página nos deja permanentemente interpelados respecto de la reforma permanente, la mejora permanente, la transparencia permanente de nuestra forma de comportamiento.

A la Iglesia chilena entera, también a nosotros como Compañía de Jesús no ha significado la implementación de protocolos de cuidado para crear espacios que sean protectores, preventores, ágilmente derivadores cuando ha habido situaciones de abuso a niños y enviarlos a la justicia civil de manera de evitar las barreras de denegación de justicia y de ocultamiento de la verdad. Eso tiene que ser insistido y repetido majaderamente, es la única manera de trasformarlo en la base, en el piso higiénico intransable, cultural. Algo que no se va a olvidar.

¿Y la promoción de derechos con relación a la despenalización del aborto?

Cuando nosotros, miembros de las élites, creamos condiciones infrahumanas que hace que grandes mayorías no puedan vivir dignamente. Por ejemplo, en ese caso, ante la mujer abandonada en su embarazo es una hipocresía poner solamente una medida aplacadora, represora, cuando no ha habido una ayuda. Estamos en una democracia que nos costó mucho conquistar y, en una democracia, es la ciudadanía y el Parlamento los que eligen cuáles son los valores que prioriza. Sin duda, como cristianos aprendimos de Jesús el valor supremo de la defensa a la vida, pero pedimos de rodillas no ser hipócritas respecto de ella. Hay que cuidar con el mismo nivel de pasión la vida del que está por nacer del que ya nació y que nosotros abandonamos porque tenemos sueldos demasiados altos, una vida demasiado burbuja, que hace que nuestra riqueza pierda el sentido social que la hace legítima.

Tomando las palabras del Papa Francisco ¿El Dios del dinero vive en la Iglesia, en el sacerdocio?

No tengo la menor duda de que el Dios del dinero nos tienta al interior de la Iglesia. El apego al poder también.

La situación de Karadima es un reflejo de ello. Nuestra falta de lucidez para reaccionar con rapidez fue porque había un vínculo desordenado con un sector de altísimo nivel patrimonial y que producía muchísimas vocaciones. Pero, efectivamente, los que perdimos la libertad para decir que hay un valor mucho más grande que estar cerca de los grandes patrimonios del país y un valor mucho más grande que tener muchas vocaciones sacerdotales: honrar la dignidad sagrada de todos los compatriotas de nuestra tierra como auténticos iguales porque Jesús nos hizo hermanos.

¿Se equivocaron en el tema Karadima?

Sí. Tenemos muchísimo que caminar. Nuestra relación con el poder requiere muchísima conversión.

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