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Año XI, 22 de octubre de 2019

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Pedro Cayuqueo: “Chile es un amor no correspondido para los mapuches”

El periodista y escritor Pedro Cayuqueo conversó con Juan Pablo Cárdenas de su libro "Esa ruca llamada Chile y otras crónicas mapuches", libro fundamental para comprender la histórica relación entre el Estado y el pueblo mapuche. Además, abordó las desigualdades profundizadas por la postdictadura y el cambio cultural que de a poco se gesta.

Paula Campos

  Viernes 9 de diciembre 2016 9:10 hrs. 
cayuqueo

En conversación con Juan Pablo Cárdenas, el periodista y escritor Pedro Cayuqueo abordó el conflicto entre el Estado chileno y el pueblo mapuche. Historia narrada en su libro “Esa ruca llamada Chile y otras crónicas mapuches”.

El autor reflexionó sobre la existencia de la nación mapuche, en ese sentido, dijo que una de las bases fundacionales de la identidad chilena tiene que ver con de la inexistencia de esta nación, argumentando que casi un ochenta por ciento de la población tiene sangre mapuche. La idea, acuñada a posteriori por historiadores como Sergio Villalobos, busca decir que desde ahí surge lo chileno, que lo mapuche ya pasó: “Claramente este es un relato ficticio. No olvidemos que la incorporación del wallmapu (territorio mapuche) al Estado fue a fines del siglo XIX y cuando los próceres de la independencia, los pensadores del siglo XIX estaban utilizando el relato nuestro como sustrato de su identidad, nosotros todavía éramos un país libre”.

Es el propio Bernardo O´Higgins el que hace un reconocimiento a la identidad mapuche el 13 de mayo de 1819. Le reconoce la independencia, a pesar que historiadores y pensadores como Barros Arana, Vicuña Mackenna, Amunategui, el propio Crescente Errázuriz, hicieron una verdadera campaña en contra de los mapuches. Vicuña Mackenna llega a hablar de que se trata de un pueblo bruto, indomable, enemigo de la civilización, dedicado solo a los vicios y embriaguez. Sin embargo, también, en los albores de nuestra República se le reconoce una frontera en el tratado de Tapihue.

En las primeras décadas de la República hubo un reconocimiento de que Chile llegaba hasta Concepción, después se pegaba un salto de Valdivia hacia el sur. Esos límites del Toltén y Biobío existieron, tanto así, que Domingo Faustino Sarmiento, el presidente argentino que estuvo exiliado en esa época, señaló que había una curiosidad en el territorio chileno, él decía: “No se puede llamar Chile a ese territorio que está entre Biobío y Toltén, si es que Chile es el lugar donde se respetan sus leyes y flamea su bandera”.

Sarmiento se dio cuenta que existió un territorio que no era Chile y lo dejó así escrito en sus crónicas. Esto fue así hasta 1852 cuando comienza una crisis económica mundial y la oligarquía plantea la necesidad de campos para el cultivo, la industria del trigo. Es ahí donde empiezan a mirar este territorio libre donde habían “indios malos en tierras buenas”, eso decía Barros Arana.

Desde ahí hubo todo un debate público, columnistas a favor y en contra… En el debate parlamentario donde se discutió crear la Provincia de Arauco, que era incorporar de forma legal el territorio mapuche a Chile, José Victorino Lastarria fue uno de los grandes defensores de la independencia mapuche.

Otra de las cosas que tocas en tu libro es que se ha tratado de reivindicar una identidad nacional del huaso, en circunstancias que en el norte y sur del país eso no existe. Con estos antecedentes, ¿qué es esto de la identidad nacional?

La uniformidad era una constante en el siglo XIX, se creía que eso le otorgaba futuro a las nacientes repúblicas. Se trataba de uniformar una narrativa sobre lo que era la identidad, porque en el pensamiento de la época los pueblos indígenas no existían como tales en la mirada del blanco: se nos miraba como salvajes, indios, que nos oponíamos al progreso, en fin. Todo este relato es paralelo a la conquista del oeste de Estados Unidos.

Uno ve las fechas de momentos históricos y todos son similares.

Así se instala la idea que el Far West que era Temuco no existe. Pese a que aún sigue existiendo, se instala la idea que somos todos iguales, chilenos, mestizos. Para el chileno común y corriente, que está muy desinformado y mal educado en el tema, pareciera ser que el conflicto remite a Cristóbal Colón.

Entonces, yo a todo el mundo le digo, con España “todo buena onda”. Creo que con ellos, los mapuche sacamos cuentas alegres: tuvimos la incorporación del caballo, de la platería, la incorporación de los textiles. Tuvimos una época dorada como pueblo, nos transformamos en ganaderos; la expansión a las pampas argentinas fue también hasta esa época. Entonces, en el caso mapuche fue una relación exitosa. Tuvo sus costos, pero fue exitosa.

En España el Wallmapu era llamado el cementerio de los españoles en América. Eso da cuenta de lo duro que fue la conquista.

El problema del pueblo mapuche es con Chile y con Argentina. Es un problema reciente. Tiene 130 años. Es posterior a la Guerra del Pacífico. Entonces, si esa guerra fue hace 130 y tantos años y en Bolivia está tan fresca la memoria del mar en todo el pueblo, imagínese lo que es para los mapuche que no solo perdimos el mar: perdimos nuestro país, nuestro territorio, nuestro espacio aéreo, soberanía, modelo económico. Nosotros perdimos todo.

Y hasta ahora no hay un reconocimiento formal. En nuestra Constitución, por ejemplo, de la existencia de este pueblo.

Chile dice que respeta los tratados, sin embargo. no respeta este tratado de Tapihue que le dio territorio y reconocimiento a la Nación Mapuche. Así viene el proceso de la “pacificación mapuche”, visto por muchos historiadores como una aberrante ocupación de las tierras, con una secuela infinita de persecución y muerte comandadas por Cornelio Saavedra y Gregorio Urrutia y, desde ahí, viene un largo periodo en el que los mapuche, incluso, no se querían reconocer como tales. Algo que ahora es distinto.

El siglo XX fue duro, yo lo llamo el de la marcha de las lágrimas, porque si uno observaba la mirada de los abuelos de la comunidad, ellos siempre tenían una mirada triste. Yo siempre me preguntaba por qué miraban así. Mi respuesta es que ellos tuvieron que vivir todo el proceso de chilenización forzada, donde te castigaban si usabas la lengua en el colegio; donde viviste el despojo territorial, no solo militar sino también con la violencia racista de los colonos.

Hay episodios trágicos que se pueden comparar con lo que vivieron los negros en la misma época. El famoso caso de la marcación Painemal, que fue un suceso de 1910, donde unos dueños de fundo tomaron a un mapuche y lo marcaron como un animal. Ese episodio marca un hito, trasciende de la prensa local, llega a voces nacionales y se genera todo un debate en torno a lo que ocurría en el sur y a los colonos que habían llegado.

Hay décadas tristes en nuestra historia. Éstas han ido dando paso a generaciones que, recuperando la memoria y adquiriendo herramientas de la modernidad, están revirtiendo ese proceso. Mi bisabuelo era lonko (cabeza de comunidad) y se le entregó un título de merced que se dieron en la reducción del territorio indígena durante la entrega de tierras a colonos, sobre esos títulos de adjudicación van creciendo las nuevas generaciones en el siglo XX: mi abuelo materno heredó el cargo. Él nos contaba que al bisabuelo le entregaron 300 hectáreas para él y 50 familias que eran parte del clan y, un siglo más tarde, más de la mitad estaban usurpadas por fundos que fueron corriendo cercos, o vías acciones avaladas por la justicia.

Fue tal el abuso de los colonos que el Estado se vio obligado a crear lo que se llamó juzgados de indios. Se crearon por 30 años y eran para recibir los reclamos de los mapuche. Emitieron fallos, condenas, reconocieron abusos, pero nunca se materializó el desalojo o pena aflictiva para el usurpador.

¿Cuál es la experiencia que se tuvo con la Dictadura militar y que se ha tenido con la posdictadura?

Marca un quiebre bien brutal en el conflicto del pueblo mapuche con el Estado. Hasta antes de la dictadura venía en ascenso una serie de conquistas sociales y políticas de los mapuche, donde habíamos logrado cosas importantes.

De 1924 al 73 hubo ocho diputados mapuches, algunos reelectos por varios periodos. Ellos provenían del mundo mapuche, no solo tenían un apellido mapuche, eran de tomo y lomo, pertenecían a la dirigencia social y legislaron por las tierras e iban marcando una huella de lucha política. Ese proceso quedó cortado con la dictadura militar. El último parlamentario mapuche electo con primera mayoría en Cautín, zona de latifundistas, fue Rosendo Huenuman por el Partido Comunista. Lamentablemente no pudo ejercer el cargo porque vino el Golpe.

El Golpe cortó ese proceso de empoderamiento político mapuche. La dictadura militar con su carga de brutalidad y asesinato tuvo una cantidad de detenidos desaparecidos y muertos mapuche increíble. En proporción a la población chilena, es mucho mayor. Toda la generación de recambio de dirigentes de comunidades y de zonas urbanas fue asesinado por la dictadura.

Posteriormente, la reorganización mapuche costó muchísimo y se logró gracias a la Iglesia católica. Principalmente el obispo Sergio Contreras entre el 70 y el 80 ayudó a esta reinstalación.

Desde el retorno de la democracia aún no logramos tener un parlamentario. Quedamos completamente excluidos del lugar donde se toman las decisiones. Alcaldes solo hemos logrado en las últimas dos elecciones. Ha sido lento volver a retomar esta huella política y esto da cuenta de la calidad de la democracia que tenemos hoy, que parece mucho más restrictiva y pobre que la de antes.

Durante los gobiernos de la postdictadura también han muerto mapuches. En el libro citas a Daniel Menco, Rodrigo Cisternas, Alex Lemun, Matías Catrileo y Jaime Mendoza Collío que han perdido la vida de manos de los agentes policiales instalados en La Araucanía. Es decir, esta postdictadura sigue siendo muy ingrata con los derechos de los mapuche.

Una de las grandes traiciones de la Concertación fue al pueblo mapuche. Cuando falleció el expresidente Aylwin publiqué una columna muy dura contra él porque en 1989 se firmó el Pacto de Nueva Imperial. En ese momento, el candidato Patricio Aylwin se comprometió con los pueblos indígenas de Chile. Ese pacto incluía reconocimiento en la Carta Magna, Convenio 169 de la OIT, escaños reservados en el Parlamento y no se cumplió casi ninguno.

Por ejemplo, el Convenio tardó casi 20 años en ser ley de la República. En 2009 la Presidenta Michelle Bachelet lo ratificó, pero de reconocimiento en la Constitución, todavía no sabemos nada.

En tu libro manifiestas que son un pueblo que quiere vivir en paz, no en guerra. Que reconocen que viven en un territorio multicultural, que puede ser compartido con todos los chilenos del lugar; señalas que hay víctimas mapuche, pero también colonos que fueron traídos por el Estado chileno para que se instalaran en La Araucanía, pero que hoy son víctimas de la violencia y la situación actual.

Eso, incluso, se reconoce en los informes que entrega el embajador de Estados Unidos a su país, pero vivimos en una situación de conflicto que no disminuye.

Lamentablemente no hay en la clase política una voz que trate de situar el tema en su real dimensión histórica. Tuvimos el caso Huenchumilla que hizo algo interesante desde la Intendencia, pero que fue sacado rápidamente, pero hoy no vemos en los precandidatos algún interés de abordar el tema de forma política: esa es la única salida.

Los mapuche seguimos siendo un pueblo que no está reconocido en la Carta Magna; que somos fruto de la caridad estatal: somos parte del Ministerio de Desarrollo Social, el ministerio de los pobres.

Está la promesa del Ministerio Indígena que creemos no se va a cumplir y se sigue apostando a la criminalización y contención social del problema que es el peor camino; En nuestro ADN tenemos una historia de resistencia y rebeldía. Si tú al mapuche lo agredes, vas a tener respuesta. Nosotros somos libertarios, tanto así que la figura de un lonko no le responde a nadie más. El grado de autonomía y de ingobernabilidad que puede hacer sufrir al Estado es gigantesco. Eso es algo que debieran advertir.

Si nos llevan al plano de rebeldía insurgente, tenemos historia ahí. La gran farra de la democracia chilena es que se están farreando a un pueblo eminentemente político, que está dispuesto al acuerdo, a conceder el derecho de los nuevos habitantes de convivir.

En una encuesta hecha por la Universidad Diego Portales dice que hay un 90,6 por ciento de chilenos que quieren que sean plenamente reconocidos los mapuches; un 77 por ciento creen que debiera haber una discriminación positiva, reservar cupos parlamentarios a la Nación Mapuche. Eso es muy auspicioso.

Soy optimista. Creo que se está produciendo un cambio cultural donde las nuevas generaciones han ido recapacitando y se han sido beneficiando de un batallón de mapuches que están incidiendo en las artes, letras, periodismo, música, poesía, política y que han logrado sensibilizar a una sociedad que es racista por ignorancia.

Chile con los mapuches tenemos un cariño mutuo: el ADN nos dice que somos primos. El racismo tiene que ver con la ignorancia, porque si medianamente le cuentas a un chileno lo que pasó, la solidaridad es inmediata.

Creo que Chile tiene algo pendiente con nosotros. Chile es un amor no correspondido para los mapuche. Yo me emociono con la chilenidad, con el canto popular, con la selección chilena. La pregunta es por qué el chileno no se emociona con las mías, entonces es un amor no correspondido.