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Crónica: Navidad sin fronteras

Edner Laguerre nos cuenta que en Haití escuchó que Chile no es sólo un país que queda al fin del mundo, sino que además tiene paisajes hermosos y muchas oportunidades. Cree que el desafío más grande es romper con los prejuicios y que algún día lo valoren por lo que es

Yasna Mussa

  Viernes 23 de diciembre 2016 11:30 hrs. 
Especial inmigrantes, Revista PAULA. Agosto del 2016


(Escuchar crónica aquí)

Como cada domingo, la feria libre Los Nogales, ubicada en la población con el mismo nombre en Estación Central, está colmada de gente. Parece el lugar indicado para conversar con los protagonistas de esta jornada en que se celebra el Día Internacional del Migrante, decretado por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 4 de diciembre de 2000, a propósito del número elevado de migrantes que existen en el mundo y con el interés de proteger de manera efectiva y plena sus derechos humanos.

En esta feria que ofrece productos comestibles y de primera necesidad, donde se combina con un persa que vende artículos de segunda mano, los migrantes residentes en Chile se hacen parte de ella como vendedores y clientes.

Ronick Chelius es un haitiano que aprovecha de hacer sus compras al salir de su culto pentecostal al que asiste con su tenida elegante cada domingo. Asegura que se siente “super bien. Tengo 6 meses aquí. Estoy bien, aquí estoy trabajando y adorando a mi señor Jesús y me siento bien”.

La experiencia es positiva para este haitiano, como también para los feriantes que no sólo cuentan con ellos entre su clientela, sino que muchos han decidido contratarlos como ayudantes e intercambiar algo más que una experiencia laboral.

“Es bueno porque resulta que estos chiquillos, todos los migrantes, son buenas personas. Son educados, son religiosos, no son como los de aquí que son medios pinganillas. Es una forma también de ayudarlos ya que ellos están de vacaciones. Entonces me dicen: “tío ¿me puede dar un trabajito?”. ¡Ya!, le dije, como lo conozco, entonces trabaja el hombre. Le doy su peguita aquí”, dice Hugo Poblete, feriante de Los Nogales, quien acaba de contratar durante el verano a un estudiante haitiano.

Ban Ki Moon, secretario general de las Naciones Unidas, hacía un llamamiento a la comunidad internacional para que adopte medidas en relación con el pacto mundial para una migración segura, regular y ordenada como contribución importante a un mundo de paz, prosperidad, dignidad y oportunidades para todos.

Hugo Poblete, desde Estación Central, considera que mientras pueda, aportará con su grano de arena, aunque reconoce que en un comienzo hay algunos desafíos que enfrentar. “Cuesta un poco el idioma español porque nosotros hablamos como muy rápido. Pero si yo hablara con ellos en francés, soy cero a la izquierda. Yo creo que si me voy al país de ellos, me muero. Y ellos, yo creo que con su voluntad y por la razón de que tienen más familiares aquí, porque tienen a la mamá y al papá, de a poquito se van adaptando al idioma de nosotros. Y bueno, ha sido bonita la experiencia porque de a poquito ellos aprenden también a vender”, reconoce Poblete.

De amor y odio

Diciembre parece el mes obligado para hacer balances. Este año, el tema migratorio ha marcado la pauta en el debate político y mediático. Los haitianos, incluyendo los que han llegado hace pocos meses y aún no dominan el español, han percibido el rechazo de algunos sectores.
Edner Laguerre es un haitiano que lleva pocos meses en Chile. Aún no domina nuestro idioma, pero cada día aprende nuevas palabras. Vino con su hermano y algunos amigos a la feria Los Nogales y a este joven de 23 años, que en su país era estudiante de Psicología, le ha chocado el rechazo que ha sufrido por parte de algunos chilenos.

“Estoy contento de vivir con extranjeros. Yo me enfoco en vivir con ellos, con el fin de darles la posibilidad de aprender de mis conocimientos y de aprender también aquello que yo puedo practicar. Yo voy aprender de ellos la cultura chilena, porque actualmente eso me conviene. Sin embargo, hay muchas cosas en las que no estoy de acuerdo con ellos. Pero lo que me preocupa mucho es que hay mucha gente que piensa que los extranjeros son ignorantes, que no saben nada, que son peligrosos”, dice Laguerre.

Edner Laguerre nos cuenta que en Haití escuchó que Chile no es sólo un país que queda al fin del mundo, sino que además tiene paisajes hermosos y muchas oportunidades. Cree que el desafío más grande es romper con los prejuicios y que algún día lo valoren por lo que es. “Uno no puede mirar a alguien bajo su forma o su manera de vida. Hay que mirarlo al fondo, al interior, porque lo que más importa es el interior. No es la imagen, no es la persona, porque la persona es una imagen, eso puede cambiar en cualquier momento, con un accidente, por ejemplo. No puedes mirar a las personas por su color, sino que hay que mirar al fondo, al interior”, insiste Laguerre.
Patricia Gallardo ha sido como su madre en Chile. Junto a otros dos compatriotas, asegura que los recibió desinteresadamente en su departamento de La Cisterna, pues para ella resulta natural ayudar a quienes considera sus hermanos.

“Yo convivo con ellos sin hablar el idioma. Yo los conocí en un mes, imagínate lo complicado que era compartir un departamento en que teníamos que relacionarnos sin conocernos de nada. Encuentro que no hay cosa más linda que la riqueza que nos han traído”, dice Gallardo, convencida.

Acá mismo, en esta feria de Los Nogales, en el Día internacional del Migrante, Patricia Gallardo ha escuchado comentarios desafortunados cargados de racismo y odio. No ha dudado en salir a la defensa de sus amigos, en lo que considera un prejuicio que nace de la ignorancia.

“El chileno que habla así o que reniega del extranjero, es porque realmente nunca ha salido al extranjero. Porque él desearía que cuando vaya a otro país sea una riqueza lo que sientan. Que nuestra cultura también como chileno sea conocida a nivel mundial. Lo más importante es que nos tratemos como hermanos, con respecto. Yo sí he visto racismo y he sentido el racismo”, reconoce Gallardo.

Navidad Intercultural

Para combatir esos sentimientos y generar un puente, el Servicio Jesuita a Migrantes (SJM) ha organizado un encuentro con familias chilenas y migrantes para celebrar una navidad intercultural. Ha dispuesto de los jardines del Santuario San Alberto Hurtado, también ubicado en Estación Central, para realizar actividades y juegos para los niños y niñas, como también conversatorios para los adultos.

”Estamos muy contentos de haber tenido un espacio intercultural, para poder compartir entre familias extranjeras y chilenas. Estamos seguros que es un encuentro horizontal, simétrico, para conversar. Rompe prejuicios, nos ayuda a encontrarnos y así compartir y vivir todos juntos y más felices en esta tierra”, dice entusiasta Miguel Yaksic, director nacional del SJM.

Yaksic está consciente que ha sido un año difícil para los migrantes. También para la fundación que representa, pues las trabas burocráticas han impedido una inclusión más efectiva de las familias residentes en Chile. Sin embargo, no pierde las esperanzas para que el 2017 sea un año próspero en materia de migración. ”Mira, tenemos dos desafíos grandes en torno a la migración en Chile: El primero es cambiar nuestra política pública, nuestra legislación, para que facilite el proceso de inclusión de los migrantes. Y lo segundo, es que la migración también nos plantea preguntas a todos los ciudadanos de Chile. Si estamos dispuestos a cambiar nuestra noción tradicional de identidad, de cultura, de país, para abrirnos a un diálogo nuevo con ese otro distinto que se ha hecho parte de nuestra vida. Ese es el desafío para todos los chilenos”, concluye Yaksic.

Pero hoy los festejados son los migrantes, como Maite Barahona, una ecuatoriana que vive junto a su esposo y dos hijos desde hace 7 años en Chile y para quien esta actividad ha sido “super buena, porque así podemos conocer a otras personas, y podemos conocerlos a ustedes como chilenos e integrarnos más poh. Conocer un poco más de las culturas de los otros extranjeros también que están aquí y la encuentro muy bien, muy linda”.

Quienes más se divierten son los niños y niñas que han pasado la tarde sin parar de pintar, saltando y jugando en los jardines. Dos niñas haitianas, hermanas, juegan con su amiga chilena. “A la pinta y al escondite; y a la comida y a las bebés; y a las mamás, y a los papás. Y a mi a lo que sea. A todo”, dicen las niñas emocionadas, como si los juegos, al igual que este día, fuesen infinitos.

Mientras ellas continuar corriendo y brincando, cada representante de los conversatorios en los que participaron los adultos han salido al escenario con una bolsa con tierra para plantar un árbol. Cada grupo ha elegido una palabra que manifiesta sus deseos para incluirla en este acto simbólico de unidad.

“Yo estoy aquí dos años, pero recién estamos aprendiendo a conocer Santiago de Chile, porque hace dos años estábamos encerradas en nuestros trabajos. Solamente de casa al trabajo, del trabajo a la casa. Esa era nuestra rutina, pero gracias al padre Miguel, que es jesuita, nos invitó a esta actividad y ya estamos conociendo Santiago de Chile”, dice Cecilia Ferrufino, boliviana oriunda de La Paz.

En las actividades de esta tarde, Ferrufino descubrió que no está sola en esta aventura de ser migrante. Que hay otros que sienten como ella. Que hay chilenos que tienen ganas de conocerla e incluirla. La experiencia ha resultado tan grata que se adelanta en preguntar si se repetirá el próximo año.

“Muy bien, muy bonito. Todos los chilenos están agradecidos hacia nosotros también y nosotros hacemos todo por ellos y ellos todo por nosotros. Ahora, el padre nos dio a entender que la tierra es para todos nosotros, seamos bolivianos, peruanos, colombianos, chilenos, la tierra es de todos”, concluye Ferrufino.

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