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Año XII, 26 de mayo de 2020

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La fiesta de Sebastián Piñera y la sombría tarde para la Nueva Mayoría

Mientras en el comando del presidente electo ya se pensaba en las características del futuro gabinete, con la insistente repetición del jingle 'Agárrense de las manos', en el comando de Alejandro Guillier el traumático resultado impedía que algunos se atrevieran a encontrar razones.

M. Espinoza y M. Alarcón

  Lunes 18 de diciembre 2017 2:02 hrs. 





El primer informe oficial del Servicio Electoral, proyectado en las cuatro pantallas gigantes del salón principal del Hotel Crowne Plaza, pareció darle el sustento a tanta sonrisa premonitora. No se conocían cifras oficiales pero el aire en el centro de operaciones del comando de Sebastián Piñera era liviano, incluso dulce.

Los dirigentes de los distintos partidos del conglomerado Chile Vamos se paseaban para ser abordados por la prensa que a esas horas llenaba lentamente el hall ubicado afuera del salón. “Tenemos que tirar buena onda”, se excusaba una alegre Karla Rubilar. “Hay proyecciones que permiten cierto optimismo”, adelantaba.

Los de ayer y los de mañana

En el salón principal estaban todos. Realmente todos. Los que se vieron alguna vez y los que probablemente se verán en un futuro próximo. Rodrigo Hinzpeter, Hernan De Solminiach, Andrés Chadwick, Felipe Kast, Cecilia Pérez y un largo etcétera. Luis Larraín, ex presidente de Cruzados SADP, comentaba los primeros resultados con Felipe, mostrándole lo que alumbraba la pantalla de su celular. Las sonrisas de ambos se volvían difíciles de disimular y parecían contagiarse en sus correligionarios pasadas las 18:30, a tan solo media hora de cerradas las primeras mesas del territorio nacional.

Mientras Luis seguía atento al minuto y minuto de su móvil, Felipe lo abandonaba sin que siquiera el ex dirigente de la UC se diera cuenta. La atención estaba con los números, que cada minuto que pasaba parecían acercarse un poco más a la inapelable diferencia entre los contendores. Esto, mientras las cuatro pantallas mostraban a Daniel Matamala en las noticias anunciando el ambiente de fiesta que ya se comenzaba a hacer realidad en el Crowne Plaza. El despacho de la señal de televisión despertó los estruendosos cánticos de arenga, hasta esa hora dormidos.

A las 18:40 la elección dejó de estar cruda. El abanderado de la amplia derecha sumaba un 54,8% de los sufragios y la adherencia ya entonaba los primeros “Se siente, se siente”. Desde ese himno en adelante, prácticamente todos fueron iniciados y empujados por una banda de simpatizantes de camiseta chilena, roja y con un 3 en la espalda, el número que identificaba la opción de Piñera.- – ¿Qué son ustedes?

– ¿Cómo que qué somos?

– Qué rol cumplen acá.

– Somos simpatizantes. No me hagas más preguntas porque no nos dejan hablar,- alcanzó a decir una de las camiseteadas como si en primera vuelta alguno del equipo se hubiese mandado una salida de libreto.

Con la actualización que le otorgó a Piñera un 53,6% de los votos, antes de las 7 de la tarde, la fiesta se desató de forma definitiva. No había modestia que ocultar: el triunfo se quedaba en casa y el local tenía que celebrar. Las sonrisas se tallaron en los rostros de los asistentes, y no se salieron de su lugar hasta el fin de la jornada. Los palmadas en las espaldas, secas, huecas y resonantes, ganaban espacio en el ruido ambiente mientras las camisetas rojas se movían de esquina en esquina para hacer retumbar todo el perímetro del lugar.

Agárrense de las manos

Cuando Cecilia Morel aparece en escena casi no se ve. La tapan decenas de periodistas y gráficos que se abalanzan sobre ella como la prensa acostumbra en estas ocasiones. Recién cuando sube al escenario se puede ver su vestido blanco con flores, pero solo un rato, hasta que la prensa se da cuenta de que puede subir con ella y vuelven a la carga. Morel declara y, a sus espaldas, las pantallas de televisión sintonizan los canales que la muestran hablando. Antes de que los despachos televisivos terminen, un entusiasta animador que se ha preocupado de empujar los ánimos de la asistencia interrumpe a la futura Primera Dama y le da el vamos, una vez más, al jingle que le sugiere a la gente que se agarre de las manos. Parecía estar preparando a los adherentes para una jornada en la que escucharían el jingle al menos medio centenar de veces más.

Son apenas pasadas las 19:00 y la fiesta ya es una realidad. Funcionarios del comando caminan a paso firme en dirección al salón principal para entregar decenas de banderas chilenas para que los simpatizantes agolpados en el salón las flameen sin interrumpir el tiro de las cámaras. Patricio Melero mueve las caderas al ritmo del jingle basado en la popular canción del Puma Rodríguez y María José Hoffmann le hace compañía poniéndole ritmo y algo más de soltura a la danza del ex timonel de la UDI que fue diputado desde 1990 hasta 2014 de forma consecutiva. La música, como si fuera revancha, se detiene para darle nuevo paso a las palabras de agradecimiento de Cecilia Morel.

Andrea Molina escucha atenta el breve discurso de la esposa de Piñera. También tiene una sonrisa imborrable y la retrata junto a Hoffmann y dos mujeres rubias más en una foto que saca Ernesto Silva.

– Diputada Molina, con menos del 10% de los votos parece estar lista para descorchar…

La diputada no aguanta de dicha, me abraza y me da un beso.

– ¡Sí!

Saca su celular y me muestra una conversación de whatsapp que sostiene con su contacto “Katita linda”. Del diálogo me muestra el 54,6% que lleva Piñera, una cifra que hace más de diez minutos es proyectada en las cuatro pantallas gigantes. Pero a Molina eso qué le importa. Perdió hace menos de un mes su elección a senadora pero hoy la sonrisa no la puede esconder. “Falta un poquito, pero estamos casi”, dice mientras sigue pegada a su celular tarareando el jingle del candidato. “Qué calor hace acá”, comenta para sí. Ya nadie la acompaña pero cada cierto rato levanta la mirada para dar afectuosos abrazos de victoria.

Un entusiasta animador les ruega a los periodistas que desciendan del escenario que, dentro de los siguientes minutos, se prepara para recibir al ganador. Todo para darle un nuevo impulso al jingle, cuyo pegajoso coro ya cobraba efectos. El cántico era coreado de forma masiva y los asistentes abrazaban tanto al triunfo como a sus compañeros. “¡Aquí muy fuerte!” gritaba el animador antes de cada coro. Adelantaba los versos de cada estrofa para que lo que no se lo sabían pudiesen cantarlo al unísono. El piso 22 del hotel todavía acogía a un Piñera que, según indicó el desenlace de la jornada, aún no tenía intenciones de bajar.

Evelyn Matthei también celebraba el logro frente a los periodistas que la interrogaban. “Me gustaría ver un gabinete de gente joven. No de técnicos, de políticos. El que dice que es técnico y político no puede estar en el gabinete”, le decía a los micrófonos.

– Alcaldesa, ese es un dardo en contra de la primera decisión de Piñera en su gobierno anterior…

Matthei mira a su asesora de prensa para ver si responde o no al comentario. La asesora mueve la cabeza como diciéndole que no, que para qué, que es momento de festejos, no de preguntas comprometedoras.

– Un gobierno no es una universidad. Los técnicos que se vayan a las universidades-, dice como no pudiendo guardárselo.

Alejandra Bravo, la ex vocera del comando y presidenta del PRI que más de alguna controversia protagonizó en periodo de campaña, también mueve los pies al ritmo del del Puma.

– No se esperaba una diferencia tan abultada, Alejandra.

– Ni en broma se esperaba esta diferencia. Pero la gente se dio cuenta que este gobierno traerá reformas profundas. Son reformas de las que la derecha no sabe hablar, pero nosotros, el PRI, sí sabemos. Entonces la izquierda se va a ir haciendo cada vez más de derecha, porque ellos piden cambios sociales y nosotros vamos a hacer cambios sociales.

– ¿Se celebra a pesar de los malos resultados del PRI en las elecciones parlamentarias?

– Lo del PRI es un problema de tiempo. La gente nos vio en la Concertación. Ahora, con la mayor figuración que te da un gobierno…

– ¿El PRI pide ministerios?

– Algún ministerio, sí. El de la familia, por qué no. Cualquiera que sea social, esa es nuestra vocación. Estuvimos con Piñera desde el comienzo-, dice como queriendo demostrar algo.

Pasadas las 20:00 ya no cabe un alma en el salón. Pareciera ser que la convocatoria fue abultándose en la medida en que el olor a triunfo se tomaba el edificio. Por la ventana se veía a decenas de funcionarios de polera negra montando un escenario en la calzada sur de la Alameda, justo afuera del hotel. Jacqueline Van Rysselbergue se paseaba dichosa.

– ¿Por qué era tan importante ganar hoy día, senadora?

– Porque no nos gusta el modelo que propone la Nueva Mayoría.

– ¿A qué modelo se refiere?

– Al económico-, dice apurada y se va.

Poco rato después las pantallas muestran el protocolar llamado de la Presidenta Michelle Bachelet con el candidato victorioso. La figura de la mandataria es abucheada acompañada de pulgares para abajo en toda la habitación. Cuando aparece el ex Presidente el panorama cambia. Son las primeras imágenes de Piñera desde que se asume el triunfo y el público los acoge con un griterío ensordecedor, sumado al ruido de unas recién arribadas vuvuzelas. Solo se alcanza a escuchar la cola del diálogo telefónico, en el que la actual mandataria sugiere una visita matutina para el día siguiente. Fin del llamado y vuelve el Puma. El jingle ya empieza a cansar.

“Chile se salvó”

Cuando ya lleva un par de repeticiones seguidas el animador vuelve a interrumpirlo. Piñera ha decidido saltarse su discurso al interior del hotel y pasar directamente a la Alameda para emitir su primer discurso como Presidente electo frente a la ciudadanía que lo respaldó. El primero en salir por las escaleras es Felipe Alessandri, alcalde de Santiago, que no se cansa de recibir y entregar abrazos a quien se le cruce.

Al frente del escenario principal hay otro especialmente más pequeño dedicado a la prensa. No cabe un solo reportero más. “El que no salta es Bachelet”, se corea abajo. Desde el podio oficial se suben personeros del comando que entregan banderas con consignas de “Piñera Presidente” y “Tiempos mejores”. También llega una nueva dotación de banderas nacionales y la gente pega codazos para quedarse con una.

Fue más de una hora de espera, como para calzar con el horario del noticiero central. Mientras tanto, suena una y otra vez la voz de José Luis Rodríguez, voz que a la larga se escucharía incluso más que la del mismo candidato. Cada vez que cortan el jingle da la sensación de que es momento de la aparición del protagonista de la velada, pero no. El animador rellena con arengas y con reiterados “¡Ahora sí!”, amagando e ilusionando a la fanaticada piñerista que se aglutina en el frontis del Crowne Plaza. A estas alturas hasta los encargados de la seguridad del evento mueven los pies y gesticulan con la letra de la canción.

Más de un C-H-I con final “viva Chile y Pinochet” se alcanza a escuchar de forma entre tibia y temerosa. Pero no es momento para la timidez. “¡Que salga ya po!” se oye a la distancia. El animador hace el mismo amague y deja a los adherentes pagando una vez más. Y vuelta la canción. Son más de las 9 de la noche y cuando el Puma retumba en los parlantes por enésima vez algunas palmas chocan contra las frentes de los asistentes con cara de hasta cuándo. Pero se baila igual. Cuando la gente ya perdía la cuenta de la cantidad de jingles apareció, en medio de una ovación, Sebastián Piñera Echeñique, el gran ganador de la jornada.

Con un discurso que parecía calcado del que dio en la mañana luego de votar, el ex Presidente elucubró una declaración como a las que tiene acostumbrada a la ciudadanía. Hizo un llamado a la unidad, agradeció a Guillier por la sana competencia, enfatizó en la idea de que son adversarios, mas no enemigos y dio gracias a Dios. Interrumpiendo el discurso para saludar a los adherentes que se agolpaban a su espalda -que al mismo tiempo gritaban un verso que se debatía entre el “Chile se sanó” y el “Chile se salvó”-, Piñera llamó también a sus ex contendores. Subieron a acompañarlo Felipe Kast, quien lo saludó con un cálido abrazo y Manuel José Ossandón, quien le extendió la mano que no supo disimular la distancia.

En la multitud, un busto blanco que vestía una franja presidencial se alzaba entre las banderas. “¡Grande, libertador de Chile!”, se escuchó de un adherente. Un hombre de polera negra con el rostro de Augusto Pinochet estampada en todo el frente de la prenda sostenía la estatua de un Pinochet sonriente. Es la otra cara de la unidad.

Un funeral

Cuando las proyecciones ya mostraban la inminente derrota de Alejandro Guillier, en las rejas papales que rodeaban al Hotel San Francisco un grupo de trabajadores apoyaba sus brazos y encima de ellos los mentones. El rostro era de desazón. Ellos no tenían acreditación, esperaban en las afueras la llegada de su candidato para expresarle su apoyo pese a perder, y sus reflexiones quedarán dando vuelta en sus cabezas en medio de un desayuno quizás silente.

Las acreditaciones las tenían los dirigentes de los partidos políticos de la Nueva Mayoría, como el senador Carlos Montes, por ejemplo, uno de los socialistas con fuerte arraigo laguista, de los que más criticó al candidato escogido por su partido y que se hizo de rogar para entregar su apoyo al abanderado. Eran los dirigentes los que estaban dentro del hotel y sus análisis hablaban más de qué significaba perder el gobierno al menos por cuatro años.

Desazón generalizada en resumidas cuentas. En la previa no existía un ambiente de confianza al interior del comando. A eso de las 15 horas, el equipo cercano estaba preocupado por la abstención, se decía que tan sólo había votado un 75% del universo de la primera vuelta. A eso de las 17, ya se hablaba de un 95% y las esperanzas crecían.

Empezaban a llegar los personajes aún sin certezas, pero figuraban. La Democracia Cristiana se hizo presente, con el cartel de ser el partido que complicó el año electoral del conglomerado al tomar un camino propio. Pero ahí estaban, Víctor Torres y Gabriel Silber, quienes llegaron juntos. Más tarde Yasna Provoste. Todos ellos los más “guilleristas” de la falange.

A las 18 horas se cerraron las mesas y la pantalla gigante dispuesta en el salón principal mostraba en paralelo la señal de dos canales de televisión que iban actualizando los resultados. Pasada algo más de media hora desde el inicio del conteo de los sufragios, se sentía la derrota en el ambiente y los rostros eran un tanto de shock, porque las proyecciones hablaban de una larga distancia entre el ganador y el perdedor, algo que el resultado final confirmó.

El centenar de sillas dispuestas en el salón no cumplió el objetivo que el comando pensó. Casi todas vacías o con militantes cansados por el esfuerzo en vano y las altas temperaturas de la jornada.

Pese a todo, los dirigentes, en su mayoría parlamentarios, intentaban ser cautelosos con sus análisis tras asumir la derrota. Pese a la ingenua pregunta de muchos medios que buscaban la frase que indicara que este es “el fin de la Nueva Mayoría”, la gran parte de los líderes partidistas intentaban no caer ante declaraciones impulsivas y buscaban una reflexión sobre cómo construir la oposición a los cuatro años del segundo gobierno de Sebastián Piñera.

Por ejemplo, el militante del Partido Socialista Fernando Atria, manifestó que hay que esperar el detalle de las cifras para apuntar bien las críticas.

“Por cierto hubo problemas de vinculación entre la candidatura con los partidos, problemas con las acciones y posiciones de los partidos. Todo eso es verdad, pero soy reacio a decir ahora cuáles fueron las consecuencias de eso, porque eso tiene que ser interpretado, pero con una imagen más clara. Lo que viene ahora es un momento de dos dimensiones, mirar para atrás, ver los errores, y por otro lado fijarse un curso de acción”, dijo.

Por su parte la diputada comunista, Karol Cariola, llamó a la unidad.

“Creo que la Nueva Mayoría tiene que reunirse, repensarse, no vamos a permitir que sean otros los que pongan la lápida. Mi llamado es a actuar en unidad, somos una centro izquierda mayoritaria en el parlamento, en votación en la primera vuelta, pero no fuimos capaces de traspasar esa mayoría a la segunda vuelta. Creo que hubo personas que subestimaron el que nos mantuviéramos con este nivel de dispersión”, señaló.

Alejandro Guillier no tenía mucho que decir, la derrota fue aplastante y así lo expresó, pero realizó un llamado a su sector a ser autocríticos, principalmente, a renovar los liderazgos, escuchar más a la ciudadanía, olvidarse de los palacios y acercarse a los sindicatos y juntas de vecinos. Acompañado de su esposa y uno de sus hijos, entregó sus últimas palabras en su aventura presidencial, para ahora volver a los cuatro años que le quedan de senador.