No hay nada fuera de lo común esta mañana. Unas cuantas mujeres y hombres salen de sus casas en el barrio Lastarria, le echan un vistazo a sus respectivos celulares y atraviesan la calle Rosal tal como cualquiera responde a una rutina. La imagen de aquellas piernas descubiertas y tapadas, con un tranco decidido, se mezcla con el olor de acera recién mojada por los funcionarios municipales.
La quietud en esta misma mañana la generan varias ventanas ubicadas a la altura del piso. Detrás de cada uno de esos vidrios se esconde un sótano por el cual se observa la ciudad desde otra perspectiva y que ha sido utilizado como escena en varios textos narrativos, tanto en Chile como en el mundo.
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