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Marxismo y capitalismo a la chilena

José Cañas | Viernes 20 de abril 2018 16:51 hrs.


La caracterización de la sociedad chilena – como pre-capitalista o  capitalista- fue quizás uno de los temas más discutidos en la izquierda nacional de los años 60. Y con razón. De ello dependía en buena medida la estrategia que había de elegirse para la conquista del poder y la construcción de una nueva sociedad, es decir, para definir si se buscaría desarrollar inmediatamente un proyecto socialista o si se preferiría realizar una primera etapa democrático-burguesa , según la terminología de las organizaciones revolucionarias.

Los elementos que considerar eran por supuesto numerosos pero por lo esencial ellos se referían, por una parte, a lo que había sido la colonización española, luego a las formas económicas que habían desarrollado nuestros independentistas y quienes les habían sucedido y, por último, a las transformaciones operadas durante nuestro siglo XX con la constitución de un Estado que lograra controlar unos sectores importantes de la economía. Agreguemos a ello la influencia cultural que podía tener la actualización del proyecto socialista en el sub continente latinoamericano después del triunfo de la revolución cubana en 1959.

El análisis de nuestra evolución histórica debía arrancar, según los militantes de la época, desde el periodo de la conquista y la colonización hispánica que durante más de dos siglos y medio había modelado la sociedad y el país que pasaría a llamarse Chile. Este acontecimiento determinante llevaba a una primera cuestión que era la de poder precisar el carácter – feudal, semi-feudal o capitalista- de las relaciones económicas importadas por los conquistadores desde la metrópolis colonial , unas relaciones  que no podían sino haber dejado una impronta indeleble en nuestras estructuras socioeconómicas y en la realidad del poder. El peso social y político  de los terratenientes o latifundistas en nuestro país así como la condición de atraso del campesinado, que lindaba con las formas más arcaicas de explotación, inclinaba a pensar que nuestra sociedad había conservado más allá de mediados del siglo XX una estructura anacrónica que hacía pensar en un feudalismo apenas disfrazado en el campo.

Sin embargo, aun sin considerar la explotación de los recursos acuíferos de la Colonia – realizados en el contexto de la encomienda de indios- tempranamente en el Chile independiente comenzó a desarrollarse una vigorosa explotación minera ( plata, salitre, luego cobre) que forjó un nuevo empresariado y una clase trabajadora esta vez  asalariada, es decir, sin muchos de los resabios de la época de los siervos de la gleba. La revolución de 1851, la formación del Partido Radical, más tarde de los partidos obreros, figuran entre los indicadores sociales y políticos de esta otra realidad que surgía, especialmente, en el norte de nuestro país  pero que se repercutiría en el centro con las inversiones de los empresarios mineros.

Por otra parte, la presencia del capital extranjero-primero inglés y, luego en el siglo XX, norteamericano- acompañará el despliegue de esta actividad con una de sus características bastante conocidas : extracción de los recursos minerales y exportación sin el más mínimo tratamiento, es decir privando al país de toda posibilidad de valor agregado.

Por su parte, el Estado, gracias a la percepción de los tributos podrá disponer de los recursos que le permitirán cumplir, aunque imperfectamente, su función social ( salud, educación) y luego asumir –sobre todo en el siglo XX- una responsabilidad directa en la economía con la creación de empresas industriales y por fin con la chilenización (gobierno Frei Montalva) y después con la nacionalización (gobierno Allende) de nuestra principal riqueza actual, el cobre.

Sin embargo, a pesar del desarrollo de un sector bancario- financiero destinado acompañar el despliegue de las nuevas actividades, los grupos dominantes asociados a la tierra siguieron pesando fuertemente en la sociedad chilena hasta muy avanzado el último siglo. La prueba de ello es la violenta resistencia que ellos opusieron a la tímida reforma agraria de Frei  y, luego, a la más radical de Allende, unos procesos que fueron revertidos por la contrareforma agraria de la dictadura.

De lo señalado hasta aquí se desprendía,  para el Chile de comienzos del último tercio del siglo XX, la existencia de una sociedad caracterizada por un capitalismo incipiente con importante presencia   estatal . Fue en este contexto que ciertos grupos dominantes, de la finanza en particular, aprovechándose de la expropiación de los recursos y de los bienes del Estado durante la dictadura  han  acelerado el proceso de acumulación capitalista y han dado un salto adelante en el proceso de monopolización de la economía . Esto último acompañado de ciertas inversiones en los países de nuestra cercanía inmediata.

Es aquì donde se impone una referencia  a la clásica secuencia histórica de las estructuras sociales que se atribuye a la concepción marxista. Según ésta, como se sabe, la evolución histórica de las sociedades habría pasado, o debería pasar,  un poco en todas partes del mundo, por varias etapas entre las cuales se disciernen el régimen de la mano de obra esclava, luego el régimen feudal y , por fin, el régimen capitalista, en el que debieran crearse  las condiciones para el paso al régimen socialista.

Sin embargo, Ernesto Mandel,  marxista belga autor de una rica bibliografía de esta concepción teòrica ( ver en particular los tres tomos de su Economía Marxista) afirma que los fundadores de la corriente comunista nunca pensaron en una aplicación mecànica, ni menos aun simplista, de esta sucesión histórica; así como también ellos insistieron en que la  caracterización del estado de las relaciones de producción de una sociedad  determinada podía suponer un entremezclado de elementos pertenecientes a modos de producción diferentes.

Incluso, según el mismo Mandel , los periodos históricos cubiertos por cada uno de estos modos de producción( esclavitud, feudal, etc.) podrían tener tiempos de duración extremadamente variables según las sociedades como, por lo demás, ha sido el caso en lo que se ha dado en llamar el modo de producción asiático , un modo en el que las mismas estructuras socioeconómicas han durado siglos sin sufrir casi la más mínima modificación. Habría así, según nuestro autor, una adecuación tal del sistema al contexto (tradiciones,medio físico, situación geopolítica) que él  podría sobrepasar todos los pronósticos sobre su durabilidad.

Con la perspectiva que da el tiempo aparece así que quienes en los años 60, en la izquierda chilena, se aventuraban a afirmar que nuestro país estaba maduro para el socialismo cometían no tan solo un gran error de apreciación sino que avanzaban  un diagnóstico que ni siquiera tenía en cuenta la plasticidad y la pertinencia del análisis dialéctico del marxismo del que se reclamaban .

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